Anna Maria Maiolino fue una de las ganadoras del
recién creado Premio MASP Mercedes Benz, y como parte del resultado, tuvo la
oportunidad de realizar una exposición en el museo. Con una trayectoria
iniciada en la década de 1950, cuando todavía vivía en Venezuela, la artista
mereció bastante atención de la crítica especializada debido a su participación
en la última edición de la Documenta, el año pasado. Con una gran instalación
con arcilla dentro de una residencia en el parque Karlsaue, en Kassel, la artista
dio seguimiento a la investigación iniciada en los años 90 con la serie Objetos escultóricos. Si el público
esperaba ver trabajos semejantes o adaptaciones en esta nueva exposición en el
MASP, mucho se equivocaba.
El espacio estaba dominado por el color negro de las paredes y del piso. Esa tonalidad oscura acentuaba la importancia dada a las proyecciones de obras producidas en video y otras transcodificadas a partir del super-8. Uno de sus trabajos más famosos, In/out (antropofagia) (1973-1974) recibía al espectador con sus bocas monumentales. El pintalabios que cubre los labios confunde nuestra percepción; ¿serían un hombre y una mujer? Al masticar y mostrar los dientes, acompañados por un sonido vertiginoso, se engullen y vomitan hilos. Estas líneas remiten a otro importante trabajo suyo, Por un hilo (1976), en el que hacía un árbol genealógico fotográfico con la yuxtaposición de tres generaciones de mujeres: su madre, su hija y su propia imagen. Al recordar la biografía de la artista y su vaivén geográfico entre el origen italiano y sus recorridos latinoamericanos, ¿no podríamos visualizar en su poética una reflexión antropofágica sobre la noción de identidad cultural —no a través del documento y del archivo— sino a través del cuerpo y por una vía más existencial?

La presencia de huevos en algunos otros de sus trabajos parece contribuir a esa aproximación y una posible lectura en clave surrealista. Las manos de Paulo Herkenhoff y Bruno Tauz, como en un juego de fútbol, juegan con esos pequeños depósitos de vida, encima de una mesa en + - = - (1976), otro film en super-8. Sin vencedores anunciados en esa partida, esa alegoría del origen queda sin un lugar fijo, de allá para acá, movida entre las fronteras ficticias de una mesa. La superficie en donde se comparte el alimento se transforma en ring. Su carácter religioso tiene también un eco en una imagen de la serie Fotopoemación (2010). El Cristo pintado por Leonardo da Vinci en la Última Cena tiene su superficie deteriorada contrastada con la inserción digital de huevo y plato intactos. Sin posibilidad de desaparecer, el huevo aquí puede ser encarado como una alegoría de la tradición clásica. En otra fotografía de la serie Vida afuera (1981), ese personaje oval se encuentra vigilando lo que parece ser la apertura de una ventana. Entre permanecer en el espacio interno y explorar lo que hay afuera, se indica una vez más la incertidumbre de su destino debida a la fragilidad de su estructura.
Un elemento parece unir esta serie de trabajos de diversos momentos de su carrera: el llamado a la apropiación de los pequeños detalles del mundo mediante el físico. Se da importancia al tacto; él es el responsable de intentar percibir los relieves de las copias fotográficas de esculturas en A flor de piel (2009) y En partes (2010). Entre tanto, en otra parte de su producción audiovisual, la mirada de la artista se detiene sobre la expresividad de las manos. Ellas son las protagonistas de Ad hoc (a propósito) (1982). Si en la imagen se mueven rápidamente y crean un inventario de formas entrelazadas, en el campo del sonido una superposición de textos confunde al espectador. Las líneas de la mano son tan engañosas como las arrugas del rostro. En Quaquaraquaquá (1999-2004) el propio cuerpo de la artista parece ocupar el primer plano y podemos acompañarlo a preparar un alimento en el ámbito doméstico. La mano que manipula la olla está atada a la boca que canturrea la música eternizada por Elis Regina. Esos labios están, a su vez, conectados a una cámara subjetiva que sustituye sus ojos y pasea por el escenario.
Esa manera de ver el mundo en detalle es una constante en la producción de Anna Maria Maiolino y me parece quedar bien delimitado por el propio título atribuido a una de sus series fotográficas: Fotopoemación. Se trata de una articulación entre imagen, palabra y cuerpo; se fotografía, se dice y se mueve. Visión, audición y tacto están atados a eso que llamamos humano. Si no encontramos en esta exposición los mismos trabajos presentados en Kassel, es inevitable que sea posible establecer relaciones. En ausencia de la tridimensionalidad basada en la arcilla, la representación bidimensional del elemento escultórico por excelencia, la carne humana. A falta de los pequeños dobleces de los cilindros de cerámica, las curvaturas de la boca, de los dedos y de una mirada inestable. Salen las pequeñas crisálidas escupidas por las manos de la artista, aparecen esos insistentes huevos.
Al final, la investigación artística de Anna Maria Maiolino gira en torno de una artesanía de la vida. Si, por un lado, se trata de una retrospectiva pautada en imágenes técnicas capturadas, aprisionadas y grabadas por la fotografía, el video y el audio, por otro lado, todas ellas nos remiten a la dimensión del intercambio entre cuerpos. Como muestra muy bien uno de los trabajos, vivimos un momento de la Historia en que cada uno de nosotros está sentado en una silla, llevando un teléfono al oído. Conseguimos ver al otro individuo que está al frente, pero una gran mesa de madera imposibilita nuestro contacto. Entonces, nos queda apenas mirar al prójimo como se analiza un blanco.
RAPHAEL FONSECA
Crítico, curador e historiador de arte.

