Migración, migrar, migrante son palabras que definitivamente marcan el pasado siglo, y este. Si bien la migración ha sido un fenómeno inherente a la evolución de grandes grupos humanos y al desarrollo de sociedades enteras desde tiempos inmemoriales, en las últimas décadas su devenir ha estado marcado también por el advenimiento de nuevas tecnologías, que acortan las distancias y establecen, además, puentes virtuales. Sus particularidades afectan de manera dramática a las sociedades actuales, y sus consecuencias son visibles en amplias capas de poblaciones, y en países “productores y receptores de migrantes”.
El arte cubano tiene un largo historial de artistas que han tenido como centro de sus obras el tema de la migración, al reflexionar sobre uno de los problemas más dramáticos de la sociedad cubana en los últimos 55 años. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, que profundizan sobre el tema asumiendo las circunstancias de la insularidad y creando un sistema de representación cuyas aristas están enraizadas en el uso de paradigmas visuales ligados de manera específica al caso cubano, Abel Barroso utiliza referencias universales relacionadas con el acto de emigrar, que permiten que su obra rescate elementos que son afines a diferentes culturas.

Su muestra en Panamerican Art Projects, Un país, una ilusión, curada por Irina Leyva-Pérez y Alejandro Machado, utiliza todo un imaginario construido con elementos que, en apariencia, simplifican el acto de viajar (visas, pasaportes, puentes, aviones) pero que, en evidente contrasentido, simbolizan también las restricciones de movilidad que poseen millones de migrantes en el mundo actual.
Trabajando la madera natural y dejándola desnuda, sello distintivo de su trayectoria creativa desde sus inicios en el Instituto Superior de Arte en Cuba, Barroso construye objetos de profundas connotaciones semánticas. Casa-Mochila alude a las cargas simbólicas que arrastra el individuo que, trasladándose de un lado a otro, se ve obligado a llevar, adondequiera que vaya, su casa, sus recuerdos, sus experiencias pasadas. Una casa que no tiene raíz y que lleva como asideros las cintas que le permiten ir atada a su dueño. La libertad de comunicación del individuo es simbolizada en Llamando a casa con un teléfono que se convierte en hogar, refugio, vehículo para mantener a raya la distancia.
Entradas y salidas múltiples recuerda las construcciones artesanales que se colocan en jardines y otros espacios al aire libre, con el objetivo de que sirvan de refugio para pájaros. Apiladas como en una suerte de condominio para aves migratorias, estas casas recuerdan la línea frágil que divide el acto de viajar con el de enraizarse. Su título alude también a los permisos que deben solicitarse en Cuba para entrar y salir del país. Aunque en los últimos meses estas restricciones se han modificado, otros documentos como el pasaporte constituyen el filtro por el que se decide a qué ciudadanos se les niegan o extienden estos permisos. Esta es, quizás, una de las piezas de la exposición que más ataduras conserva con la realidad cubana actual, donde los procesos de migrar mantienen estrechos vínculos con la naturaleza del Estado.
La instalación Pinball del emigrante es la más elaborada de toda la exposición, formal y conceptualmente. La línea de edificios distintivos de la ciudad de Nueva York es el horizonte de siete máquinas en las que los jugadores se disputan el derecho a entrar en una ciudad deseada y a la vez prohibida. La obra compara el proceso de migrar con un juego de azar que exige de los contrincantes, para llegar a la meta, pericia, inteligencia, cálculo, experiencia y sagacidad. Máquinas como esta, tradicionalmente colocadas en bares y espacios lúdicos, son trasladadas por Barroso al escenario de la vida real, en donde se juega seriamente el destino de millones de personas que, persiguiendo sus sueños, apuestan a una vida mejor del otro lado de las fronteras reales entre el llamado Tercer Mundo y el Primero. Despojadas de su glamour y colorido, se convierten en el símbolo de un viaje, muchas veces tormentoso, que poco tiene de placer y en donde la adrenalina que produce el miedo es la principal compañera.
Piezas de Un país, una ilusión, se exhibieron en la exposición Cuando caen las fronteras, en el Museo Nacional de Bellas Artes, durante la pasada Oncena Bienal de La Habana. Esta muestra en Panamerican Art Projects trae a la escena norteamericana obras que provocan reflexión y nuevos bríos a discusiones sobre temas que pertenecen ya no solamente al campo del análisis sobre acuciantes problemas de nuestra época, sino también al escenario artístico internacional.
VALIA GARZÓN
