La muestra que actualmente recibe el trabajo más reciente de la artista mexicana Tania Candiani (1974) en el Laboratorio Arte Alameda expone una serie de puntos de llegada y posibles plataformas al futuro entre lo que ha sido su obra y lo que podemos esperar de ella. Siendo su primera exposición individual en un museo de la ciudad de México, sin ser una muestra retrospectiva, puede leerse en ella el resultado de los últimos años de intenso trabajo en la ciudad; informando sobre la consolidación de estrategias, intereses y procesos de trabajo que caracterizan ya con bastante solidez sus formas de interrelación entre lenguajes y condiciones de configuración estética.
Cinco variaciones sonoras y una pausa presenta seis instalaciones sonoras en las que alternadamente participan audio, grafía y video en despliegue de los distintos niveles de comprensión y relación que la artista intenta tender entre el sonido, la palabra, la escucha y la escritura.

Entre las seis instalaciones –cada una emplazada en una de las áreas o espacios de disposición arquitectónica, ofreciendo su interacción sobre una cierta topografía independiente–, dos de ellas son especialmente contundentes en la forma lograda por Candiani de conceptualizarlas y materializarlas.
La primera –y seguramente la más espectacular en cuanto a su llamativa y seductora apariencia en despliegue escultórico– es el Órgano. Construido en el lugar que históricamente ostentaría en el coro de la nave principal del extemplo/convento de San Diego, la obra se muestra como una especie de símbolo en decaimiento manierista sobre la imponente verticalidad que solía otorgar a estos instrumentos lugar preponderante en la participación litúrgica. Pero en vez de ascender las notas de sus plegarias al cielo, los tubos-trompeta que ha diseñado Candiani cuelgan sobre el sotocoro formando una especie de cascada blanca tubular y estática.
El intervenido instrumento que recibe cenitalmente a los visitantes cuando acceden al recinto es accionado por un sensor de movimiento, lanzando sobre ellos una secuencia de palabras sonorizadas entre la posibilidad de tonos y secuencias que las notas del órgano permiten. Esto sucede gracias a la gestación de un complejo programa de traducción que combina las letras del alfabeto en 1.201 sílabas, a su vez convertidas en notación musical, programación que la artista ideó en colaboración con dos codificadores y un programador. Las frases que emite el Órgano cuando es accionado por el sensor relatan en voz robótica fragmentos de textos de distintos autores relacionados con temas autómatas.
Pero no es ésta la única manera (ni la más interesante) de accionar esta obra, sino que al acceder al coro por la caracolada escalera de madera, el espectador se encuentra con el frente (o la espalda) del Órgano, donde decidirá si teclear una historia propia sobre una vieja máquina de escribir –que a su vez será traducida en tonos silábicos en cascada cada vez que el espectador/escritor jale la palanca que cambia de renglón– o si interpretar una recordada o improvisada composición sobre el teclado de un órgano convencional, cuyas notas serán también traducidas en palabras, posiblemente sin significado.
La segunda obra que quiero rescatar aquí es la Pausa que Candiani injerta entre las cinco variaciones sonoras. En una de las salas (capilla) laterales se expone en muro una secuencia de discretos marcos que contienen, cada uno, una hoja carta en la que se lee una historia tecleada en una vieja máquina. Los relatos, de muy diversa naturaleza, están firmados por escritores como Mario Bellatín, Guillermo Fadanelli y Alberto Chimal. Al fondo de ese espacio, en un video emplazado sobre el muro, los escritores aparecen de medio cuerpo con rostro serio y contra un fondo negro girando lentamente, conforme aparece al canto de la imagen, como subtitulada, la historia escrita en las hojas del muro.
Con la sensación de haber recibido apenas unas pistas de la trama, la obra se completa en la sala adyacente, donde se proyectan dos videos en gran formato que develan el proceso de creación de la Pausa. Al lado izquierdo se observa el rostro de un escribano entrado en años, mirando con atención a su interlocutor mientras toma notas de la historia que, en la proyección conjunta, el escritor va relatando, para que en un tercer momento capture a máquina el escribano, seleccionado entre los profesionales que, como antaño, pueblan la Plaza de Santo Domingo en el centro de la ciudad de México. El proceso de traslación de la palabra en voz al procesar de la escucha, y su posterior conversión en oraciones construidas por una segunda imaginación/memoria, se deja ver entre los distintos dispositivos que (de)construyen la pieza. La complicidad que estas obras entrelazan entre las distintas formas y tecnologías que permiten la transmisión de las historias propias, íntimas, recordadas, apropiadas o inventadas, entre cuerpos (biológicos, mecánicos o digitales) ajenos o desconocidos, señala y solidifica el centro de creación vital que ha venido buscando el trabajo de Candiani.
MARCELA QUIROZ LUNA
