Al salir de la exposición de Rodrigo Facundo me quedé pensando en dos ideas. La primera es que el ojo de la historia es la imagen. En la sala de exposición, el espectador se encontraba con dos grandes construcciones como dos globos oculares, y en el lugar de la retina, una pequeña pantalla reflejaba imágenes de la historia del hombre: los antiguos rituales del fuego, parejas de una candorosa burguesía, y un desfile de fenotipos humanos con algunos detalles de sus posturas y vestimentas. Una historia del hombre contada con ilustraciones al estilo de las del álgebra de Baldor, sobre todo aquella de la carátula que no he podido olvidar. Esa carátula era para mí lo único maravilloso del libro. Según Wikipedia (un sitio web tan despreciado por los académicos pero tan útil), el álgebra de Baldor es un libro escrito por Aurelio Baldor, matemático cubano, el libro más leído en las escuelas de Latinoamérica, y tengo que decir que le creo a esta enciclopedia virtual; creo que pocos estudiantes se salvaron de leerlo y sobre todo de cargarlo en la maleta. “Wiki” nos cuenta también que la carátula era una ilustración de D. G. Terminel (desconocido como casi todos los ilustradores), que representaba a Abu Abdallah Muhammad ibn Muaal-Jwaizmif en “su natal Bagdad”, un matemático y geógrafo persa y musulmán que vivió entre el 750 y el 850.
Este recuerdo me lleva a la segunda idea que me dejó la exposición. El ojo de la historia es la ilustración en el doble sentido de la palabra: por un lado, la Ilustración, el movimiento intelectual europeo de los siglos XVII y XVIII, y la ilustración como dibujo. Y la exposición, a mi modo de ver, desenmascara a la primera y apuesta por la segunda.

Y es que la ilustración (dibujo) es más libre, atenta a los detalles, capta, por ejemplo, los gestos de una burguesía acartonada que ejerce el poder sobre pueblos con culturas milenarias que la Ilustración (el movimiento europeo) borró con su insistencia en convertir a Europa en el centro de la historia.
La ilustración (dibujo) permite apostar por el sentido del humor, por el artificio, por los códigos privados, por lo fantástico y extravagante y, finalmente, por una ampliación de la culturas humanas al detenerse con curiosidad en su descripción. La ilustración (dibujo) no se contiene y describe saris y chilabas, turbantes y penachos. Apuesta por infinitas posibilidades de contar la historia, donde el fenómeno ovni puede entrar en la discusión, porque las verdades son transitorias, y la ficción y la realidad se mezclan. Con tantos olvidos y borrones de la Ilustración (me refiero a la condición del pensamiento que se tomó por siglos el poder de interpretar y clasificar), todos los días constatamos que la historia está por contar. O por lo menos que debe ser contada desde un lugar menos ilustrado y más ilustrativo, más descriptivo y amplio.
Al parecer la ilustración (dibujo) es un régimen de luz y la Ilustración (como aparato de interpretación) es un régimen de sombra.
Rodrigo Facundo nació en Ibagué (Colombia) en 1958, estudió Arte en la Universidad de los Andes y en la Universidad de Illinois en los ochenta, en plena crisis de las premisas sobre las cuales se ha construido el pensamiento moderno, que lo llevó a definir su manera de hacer arte como un contra aparato interpretativo en permanente construcción, un aparato para desenmascarar, sin renunciar a las invenciones mecánicas, la mayoría de las veces anacrónicas –puras invenciones–, que resultan de la observación de sus recorridos por el centro de Bogotá. Con ellas ha construido algunas de las obras más importantes del arte colombiano contemporáneo. Por ejemplo, Luz de América (1998) y Luz perpetua (1998), obras en las cuales el soporte de adobe (la ruina) recibe las fotografías del estupor o la indiferencia del ciudadano común frente a la violencia colombiana. O En la punta de la lengua (1997), otra invención de numerosos aparatos de visión para despertar la memoria.
Escribiendo este artículo me queda una última idea acerca de la obra de Facundo. Esta exposición se trata del arte como contra discurso visual que ejerce la libertad de trastocar definiciones y explorar modos de hacer, indiferente también a las fórmulas del buen gusto, tan ilustrado, en fin, arte, un régimen de luz para arrinconar los regímenes de sombra.
NATALIA GUTIÉRREZ
