Exposición Individualmar 2013 - may 2013· Por Raphael Fonseca

Roberto Magalhães

Paço Imperial

En el último trimestre de 2012 tuvo lugar en el Paço Imperial una retrospectiva del artista carioca Roberto Magalhães. Se realizó esta muestra para reflexionar sobre su producción artística, que completaba cincuenta años, ya que su primera participación en el circuito del arte tuvo lugar en 1962. Llamada Quién soy, de dónde vine, para dónde voy, la exposición así llamada hacía referencia a una obra de Paul Gauguin, de 1897, titulada ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Para dónde vamos?. Las edades del hombre se problematizan a través de figuras de mujeres insertadas en un paisaje de Tahití. De derecha a izquierda vemos la infancia, la vida adulta y la proximidad de la muerte.

Roberto Magalhães adapta el título del cuadro de Gauguin para un pastel sobre papel en el que una figura humana es la protagonista. Sin embargo, no hay frontalidad en el rostro. La soledad de un hombre que lleva, aparentemente, un vestido completo es subrayada por la economía cromática. Después de ver su espalda, tenemos la bifurcación del rostro: mitad para la izquierda, mitad para la derecha. No existe una línea recta, y el campo de certeza en la producción de imágenes de Magalhães es, ante todo, una invitación a la duda y a la apreciación más curvilínea de su poética.

Exposición Individual: Roberto Magalhães — imagen 1
Roberto Magalhães. Batalla aérea, 1997. Óleo sobre tela. 40 x 40 cm. (15 ¾ x 15 ¾ pulgadas).

Es interesante constatar cómo esta retrospectiva hace eco a esa otra pintura que procuraba hacer un esquema temporal de la existencia humana. En el Palacio Imperial, sin embargo, la cronología no era un elemento que uniese los cerca de 174 dibujos que fueron rebuscados a partir de un total de más de tres mil. El primer criterio fue matérico: todos los trabajos expuestos estaban realizados sobre papel. Era interesante constatar la versatilidad del artista con esa herramienta de búsqueda y los diversos resultados obtenidos a partir de materiales considerados como más nobles, como el pastel, y otros más banales, como los lápices esferográficos.

Además del papel, el otro elemento que dividía la exposición en pequeños conjuntos era la proximidad formal de su producción. Por lo tanto, era interesante percibir que, en lugar de pensar en “etapas” del artista que podrían ir desde las primeras tentativas hasta el concepto usual de “madurez artística”, gozábamos, en cambio, de recurrencias poéticas. Entre las varias dignas de atención, la que más saltaba a la vista era la utilización del rostro humano. Alargado, fragmentado a través de gran cromatismo o reconstruido mediante el paisaje, Roberto Magalhães parece tener el sujeto de la frase que da nombre a su exposición como fuerza motora: el yo.

La constancia de los trazos masculinos utilizados por el artista y su cercanía con los presuntos autorretratos presentes en la exposición nos llevan a pensar que hay una especie de interrogación sobre la naturaleza humana a través de la arremetida con su propio reflejo. Para ello, pensando en la historia del arte, es posible aproximarlo a diferentes corrientes estéticas que surgieron con el llamado modernismo, especialmente el surrealismo y el cubismo. Si a través del primero podemos leer una recomposición del rostro mediante rarezas que recuerdan a Magritte, con el recuerdo de Picasso podemos aprehender de otra manera la capacidad de Magalhães para fragmentar y hacer claros los contornos geométricos de humanos, objetos y paisaje. En todo caso, lejos de los manifiestos vanguardistas y el autoritarismo de la escritura, esa reunión de imágenes es la forma como se mueve el artista entre diferentes resultados finales, lo que acaba por aproximarlo, creo, a una investigación artística más cercana al pop art y a sus inteligentes apropiaciones de realizaciones de la primera mitad del siglo XX, todavía recientes.

Otra vertiente interesante en su producción se refiere a imágenes que tienen cierto carácter emblemático. En Capricornio (1972), por ejemplo, a partir de la imagen de una montaña, vemos nacer dos cuernos. En el fondo, coronando la imagen, una representación de Saturno y sus anillos. Abajo, completando una construcción con pinta de cartel publicitario, montañas heladas y una anguila flotando. El dibujo, que en el análisis del rostro humano roza el humor, aquí gana el tono de un grabado astrológico. Si el cuerpo humano está ausente, el ansia por darle sentido a la existencia se hace, quizá, más potente. Este esfuerzo que se encuentra en el límite entre la ciencia y la alquimia está endosado por frases y nombres propios en latín, que apenas contribuyen con la aparente certeza de definición de esas alegorías zodiacales.

Esos determinantes nos llevan a otra característica importante de su producción ya enunciada en el inicio de este análisis: la relación entre texto e imagen. Si muchos de sus dibujos se inclinan al humor o a una perplejidad que dejan en claro el carácter abierto de la interpretación del espectador, en los títulos somos convidados a leer sus imágenes a través de una senda impensada. En un dibujo de 1976 nos sorprenden ojos, nariz y boca girados noventa grados, pero que aún permanecen en el contorno de una cabeza. Al leer su título, Ministro del tiempo, volvemos a la imagen y podemos enfrentarla como los punteros de un reloj.

Esta interpretación puede ampliarse, creo, para toda la exposición. Tenemos enfrente la producción de un “ministro del tiempo” capaz de llevar una investigación artística obcecada por el dibujo y la narrativa por más de cincuenta años. Aun así, enrostra al espectador y al crítico la imposibilidad de encuadrarlo mediante una única vía de acceso. Así, como un reloj, son muchas las posiciones de los punteros de la carrera de Roberto Magalhães.

RAPHAEL FONSECA

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