Criaturas que proyectaban una emblemática animalidad señoreaban en el espacio. A merced de la mirada de una de ellas se colocaba el público al adentrarse en la galería. Desde ese posicionamiento, Sapingo encabezaba la exposición. Anticipaba la naturaleza de los retratos que aparecían allí. Con la designación despectiva –casi brutal– de aquel personaje de figura imponente y ojos enormes, desbordados, se aludía (entre otros) al acto de fisgar; cuestionando esa sombra perturbadora que se cierne sobre la vida de quienes se mantienen bajo observación. Ésa era la imagen de la apertura en galería Habana de la exposición “No somos animales”, proyecto personal de Roberto Fabelo, donde el absurdo, la farsa y lo grotesco en su trabajo reciente aparecen como pilares de un enfoque crítico en relación con la vida en la Isla.
La lúdica ironía utilizada para nombrar la exposición reproducía una frase tomada de las calles; la airada respuesta que los individuos esgrimen ante el maltrato en medio del forcejeo con las circunstancias. El enunciado No somos animales, más allá de la serie en que tuvo origen y desarrollo en 2011, es ahora colofón de ese concepto que Roberto Fabelo ha venido desarrollando, en el transcurso de la última década, en relación con el entorno –visto desde una perspectiva global–, cuestionando al ser humano como depredador del planeta. Allí fue activada otra noción de entorno como centro de sus cavilaciones. Una noción cuyas coordenadas están definidas por la realidad en donde vive el artista. Un concepto a través de criaturas que espejan un mundo y son una lectura social de su época.

Fabelo, quien ha dicho sentirse atrapado en la expresividad de la figura humana, lleva en esta ocasión a primeros planos los rostros de singulares híbridos. Los nuevos personajes eran metáforas acerca del presente, dispuestas sobre cinco grandes lienzos que dominaban el espacio de la galería con su expresionismo y figuras mayúsculas. No se perdían en la pintura los fundamentos que el dibujo aporta a su trabajo, así como tampoco en la muestra el diálogo entre medios diferentes, al completarse de manera eficiente la justa proyección dramática de este proyecto, al incluir un significativo grupo de dibujos de pequeño formato.
La presencia de lo animal recorre la obra de Fabelo de un extremo a otro, y él la ha vestido con intenciones diversas. En un inicio, estuvo su proximidad al naturalismo, pero en la misma medida que el dibujo ganó en exaltación, su bestiario comenzó a definirse. Primero, en el transcurso de los ochenta, acompañando el expresionismo visceral de sus instalaciones en papel kraft rasgado (serie Fragmentos vitales). Luego, en las barrocas fantasías de sus acuarelas que se extenderían hacia la pintura, para pasar a ser –en los últimos diez años– esa presencia animal con nuevo estatus simbólico, al denunciar las tensiones medioambientales que amenazan la vida en el planeta, y que tiene entre sus momentos más relevantes, un grupo de instalaciones escultóricas entre las que cabe destacar Mundo K (con diecisiete mil cucarachas) y Sobrevivientes.
Aquella vocación satírica de los inicios de la obra de Fabelo, a la que respondía la mordacidad de su serie Pequeño teatro en los años noventa del siglo XX, se renueva en la actualidad con esta animalia simbólica, cuyo primer anuncio estuvo en Obsessions –en Bötzow (Berlín)–, con No soy un animal y El rap de las moscas . En galería Habana tuvimos seres entregados al gozo de la sexualidad y la exaltación de lo instintivo; como parte de un mayor y licencioso carnaval al que se referían los dibujos. El énfasis de Fabelo, sin embargo, estuvo en ese cuerpo grotesco –siguiendo la definición de Mijaíl Bajtín– que traduce en su pintura las lesiones del cuerpo social local.
Sobriedad y limpieza acompañan esta visión estética de la realidad. Lo mismo si se trata de sus notas a plumilla, que de dibujos donde el creyón se recrea. De igual modo ocurre con la pintura, la de trazos fuertes que semejan estocadas en la tela, o aquella que deja ver el lamido acomodado del pincel. Sorprenden las maneras del arte de Fabelo, el disegno de su figuración. De ahí el impacto de una proyección visual que no ceja en retarse.
Los retratos de la muestra No somos animales revelaban, en la simbiosis de lo humano y lo animal, afecciones éticas y espirituales de nuestro presente. Refieren valores que han sido estremecidos, violentados. Sapingo, Destino de los carneros, Mejor amigo, Persistencia del animal y Chicharrón denuncian la estupidez, el inmovilismo, la abyección. Calibran la traición y la mansedumbre, reniegan de oportunistas y serviles. Cabezas y figuras trazadas por Roberto Fabelo, como tipos que van de la terquedad del rinoceronte a la complacencia del cerdo, aleccionando con esas hipérboles caricaturescas acerca de la podredumbre que, para su salud, una sociedad precisa extirpar.
CARIDAD BLANCO DE LA CRUZ
