Repartida en tres lugares de Santiago, la exposición La ruta geométrica estuvo dedicada al grupo Forma y Espacio, y se detuvo especialmente en la obra de su fundador, Ramón Vergara Grez (1923-2012). El artista marcó presencia en el ámbito latinoamericano pasados los años cincuenta, en el momento del apogeo de las corrientes constructivistas; no obstante, su obra fue subvalorada en el sistema artístico local. El año pasado se supo del fallecimiento del maestro un par de meses después de ocurrido en un hospital, donde permanecía declarado interdicto por su familia.
En Espacio Arte Abierto y en la Corporación Cultural de Las Condes, las pinturas de autores del colectivo, formado en 1962 a partir del grupo Rectángulo (que data de 1955), permitieron comprender los aportes de una tendencia que en Chile pareció no trascender frente a la preeminencia de la pintura manchística, del trabajo con el objeto y la apología a la instalación, que ya marcan las últimas décadas del arte local. Entre otros, Carmen Piemonte, Gustavo Poblete, Kurt Herdan, Aixa Vicuña, Miguel Cosgrove, Uwe Grumann, Robinson Mora, e incluso la reconocida Matilde Pérez y el legendario Mario Carreño, integraron en algún momento las filas de la agrupación, que estuvo activa hasta avanzados los años noventa. Las obras en la muestra plantean lenguajes personales a partir del trabajo con la forma y el color puro, pasando por el naturalismo geométrico, por la preeminencia del diseño, por el op art, o por ciertas indagaciones matéricas. La actualidad de estos códigos la descubrimos en la relación con el minimalismo o con ciertos ejercicios retrofuturistas que devuelven al modernismo un poder cuestionador.

La tercera exposición, en la Casa Museo Santa Rosa de Apoquindo, fue entonces un homenaje a Vergara Grez, con obras de los años cuarenta hasta 2001, desde que ensayaba ciertas composiciones rigurosas a través de la representación y el gesto, hasta recorrer cinco décadas dedicadas a una obsesión: la búsqueda de un plano abstracto absoluto para expresar, más que la realidad como idea, la idea como realidad.
Vergara Grez fue en el medio local un artista atípico, incomprendido y cuestionador de las corrientes del mercado, de las tendencias aplaudidas por curadores y galerías, e incluso del boom vivido en los años 2000 por una artista de su generación más ligada al cinetismo: Matilde Pérez. La confrontación la vivía sumido en su taller, reconcentrado en encontrar –hasta último momento– la forma y el color perfectos desde la experiencia del paisaje como paisaje interior, en el límite del cuadro.
En sus pinturas es posible descubrir el desierto donde creció, la cordillera de los Andes, las visiones de esos cielos limpios del norte chileno, y también motivos precolombinos o ciertos espacios míticos. Cada forma-color es concepto y símbolo: arranca de un ejercicio donde logra conjugar concepto y sentimiento, siendo la pintura un acto meditativo, de conexión con algo así como una supraconciencia. Geometría andina llamó a este lenguaje que mucho tiene de cosmogónico y metafísico. Si nos detenemos en la pintura de Vergara Grez, vemos más de lo que creemos ver. Las estructuras se encuentran, el color emociona y el modo de aplicar el pigmento –a veces plano, otras pastoso, siempre pulcro– intensifica esa comunicación: los tonos vibran o se apagan, son profundidades o formas que resplandecen. El conjunto se vuelve un espacio multidimensional, donde lo que parecía montaña, cielo, luna, arquitectura o greca, es de pronto un portal o pura energía contenida.
Algunos han acusado al arte de Vergara Grez de apolítico, de no comprometido con la historia y el devenir de la sociedad. Pero ¿no es acaso un gesto político sacar todo ornamento para ir a lo esencial? Su pintura se hace sin miedo a la soledad, al silencio y al vacío, con la solemnidad de una catedral que se eleva sobre los mortales o de un templo ancestral que resplandece bajo el sol. Tampoco –se dice– fue capaz de salir del cuadro y sintonizar con “lo contemporáneo”, en cuanto al desplazamiento y la expansión de los lenguajes. Su paisaje es un espacio invariable, inmutable y eterno; el cuadro se vuelve más bien un “objeto cósmico” que busca alcanzar en algún grado el plano de lo Absoluto.
“Me atrae la imagen que persiste en la memoria. Esquemática en su construcción, impactante en el color, mágica por las asociaciones que desencadena. ¿Arquetipos?”, escribe Vergara Grez en el catálogo de la exposición Geometría andina (1997, Museo Nacional de Bellas Artes). El maestro esbozó una suerte de “metapintura”, “una ventana abierta entre el más acá y el más allá” que buscaba en la experiencia de la obra la de un orden necesario en el contexto materialista. Por esto, tal vez, durante la última década sus cuadros tendían a acumularse en el pequeño taller que mantenía en un departamento en el centro de Santiago, resistiéndose más fuertemente que nunca a la especulación de mercado.
CAROLINA LARA B.
