Paul Parrella mostró al público sus primeras anotaciones sobre la naturaleza en 2005. Desde entonces llamó la atención por la dualidad perceptiva que estas obras presentaban. En efecto, aquellas imágenes –como las actuales– aparentan ser abstractas en su factura, llegando, en ocasiones, a ser explosivamente espontáneas y expresivas. La informalidad del trazo da pie a relacionar estas obras con un retorno a un informalismo cargado de gestualidad. Sin embargo, su caso es precisamente ejemplo de cómo nunca debemos guiarnos por las apariencias. Sucede lo contrario: su apego a la realidad es tal que, más que una representación abstracta de ésta, se trata de la presentación de las formas naturales tal como ellas son en un momento y en un estado determinados. El artista es un observador de la realidad y su obra es resultado de las anotaciones que él toma de ésta cuando la observa detalladamente.
En 2005, decíamos, Parrella realizó sus Anotaciones sobre el agua; en 2007 lo hizo sobre la luz, y las actuales Anotaciones sobre el cielo (2012) son resultado de ambas. Si bien cada una de estas series presenta similitud formal en cuanto a trazo y aparente espontaneidad, tienen en común el hecho de que son consecuencia de distintos procesos de captación de imágenes que el artista toma directamente de la naturaleza. Lo que varía son las intenciones discursivas del artista.

Las recientes Anotaciones sobre el cielo fueron expuestas simultáneamente en noviembre de 2012 en dos sedes distintas. En la Galería Viloria Blanco, en Maracaibo, mostró un conjunto de pinturas y dibujos sobre vidrio; en la Sala 6 del Museo Alejandro Otero, en Caracas, realizó una gran instalación que tituló Materia flotante. En esta segunda, Parrella consolidó a gran escala los elementos distintivos de esta investigación plástica y perceptual. Para ello fue determinante que tuviera en consideración las características arquitectónicas de la sala 6 de dicho museo: un espacio triangular cuyo frontal es un “paredón” de vidrio (por el que puede observarse la enorme altura de la sala principal de este museo). El artista intervino las paredes, el piso y estos ventanales con las formas de las nubes, cuyo registro había previamente anotado desde la ventana de su taller. Cabe señalar que es a través de su ventana como Parrella observa el movimiento y la transformación permanente de las nubes en el cielo, por lo que eterniza así estos instantes. Mediante este procedimiento trastoca el criterio de hacer pinturas de paisajes fijos. Porque su objetivo es pintar lo eternamente cambiante. De allí la apariencia informal de su pintura, dada la gestualidad del trazo. No obstante, él opera bajo procedimientos analíticos muy racionales. Su punto de partida es la ventana de León Battista Alberti. Éste propuso visualizar el espacio circundante mediante una matriz o cuadrícula que adosaba al marco de una ventana a través de un velo. La ventana del taller de Parrella también está reticulada, lo que le permite analizar las formas de las nubes determinando sus puntos de referencia, que luego transfiere a la tela. En otros momentos, las dibuja directamente sobre vidrio, o bien las fotografía.
Intervenir el enorme ventanal de la sala expositiva del MAO fue una oportunidad extraordinaria para llevar a cabo esta investigación a gran escala. Asimismo, fue una manera de trabajar el dibujo sin perder su condición gestual e íntima en tamaño monumental. Las nubes fueron creadas mediante ágiles y pequeños trazos hechos con marcador indeleble, que, sumándolos, dieron como resultado formas de gran tamaño. Éstas mantienen asimismo su cualidad transparente, por lo que el espectador puede ver a través de los vidrios y de las formas de las nubes.
En cuanto a la intervención de las otras áreas de la sala, su diferencia respecto al trabajo del ventanal son los materiales empleados. Si bien en las ventanas realizó un “dibujo en manchas”, en paredes y piso son representaciones pictóricas de las formas de las nubes hechas con materiales densos y pastosos. El procedimiento es el siguiente: luego del registro de las nubes en apuntes sobre papel milimetrado o fotografías, el artista extrapola estas formas (o manchas) a la tela, o bien –como en este caso–, a las paredes y el piso de la sala. Las nubes se visualizan levitantes, siendo, paradójicamente, formas densas pintadas con pigmentos opacos o de procedencia subterránea, como lo es el asfalto. Se trata de una contradicción desde el punto de vista técnico y formal. Sin embargo, las nubes penetran en la sala como formas sólidas e invasivas, tal como ocurre con el asfalto.
Sin necesidad de salir del taller, Paul Parrella crea imágenes que resultan de una percepción dinámica de su circunstancia. Porque las nubes, a fin de cuentas, alteran infinitamente un paisaje. El cielo es uno, y a la vez ilimitado y diverso.
SUSANA BENKO
