La exposición más reciente de Nick Quijano en el Museo de Las Américas, ubicado en el Cuartel de Ballajá, en el Viejo San Juan, es un ejemplo puntual de la basura como arte. La exposición consta de 140 obras creadas de fragmentos de objetos, sobrevivientes históricos de mercancías devenidas en basura. Las suelas de zapatos, las tapas de botellas, los pedazos de cartones que una vez formaron una caja, enchufes sin alambres y tantos otros retazos de objetos y mercancías descartadas, se convierten en los ready-made que le dictan al artista en su trance creativo, según él ha descrito el proceso de creación, las conexiones misteriosas que existen entre ellos. Nick Quijano parecería decir, como Bertolt Brecht, que de todos, los objetos que más ama son los usados. Impregnados del uso y con la impronta del tiempo, son los que arrastrados por las olas del mar, se han depositado en la playa del barrio de La Perla, donde él, desde principios de la década de los ochenta, los ha buscado. La basura guardada, primero en la azotea de su apartamiento, y luego en su taller del Viejo San Juan, es un tesoro en espera de su transfiguración artística en collages de figuras, máscaras, retratos, bodegones, gabinetes de curiosidades y mapas, entre muchos otros.

Walter Benjamin, en su esfuerzo por destronar la noción de progreso asociada con el darwinismo social y la tecnología del siglo XIX, describió como fantasmagoría el espectáculo de la Ciudad Luz –París–, con sus bulevares arbolados, cafés y tiendas con escaparates iluminados de noche y llenos de objetos lujosos. La ciudad como un espejo maravilloso reflejaba la imagen de la multitud que la recorría como consumidores, más que productores, escondiendo las relaciones de producción del otro lado del espejo. El valor de cambio de los objetos ocultaba el origen del valor en el trabajo productivo. Para Benjamin, distinto a lo que había expresado Marx, el problema de la fantasmagoría radicaba no tanto en la mercancía en el mercado sino en la mercancía en exhibición. Susan Buck-Morss explica que para Benjamin el valor de uso y el valor de cambio en ese ámbito pierden toda significación práctica siendo sustituidos por un valor representacional. La mercancía, atractiva al comprador potencial, en su estado virginal y prístino en los escaparates de las tiendas de la ciudad contemporánea, pierde no sólo la apariencia de su valor de uso al ser consumida: pierde su encanto. Al final de su vida útil, la mercancía descartada en los zafacones del centro urbano, y escondida a la mirada de los ciudadanos, revela su naturaleza material detrás de su valor de uso. Los objetos descartados parecen niños abandonados que, tirados al lado de otros sucios y empolvados, son un comentario irónico sobre ellos mismos. Revelan sus superficies desgatas, marcadas o rayadas y las abolladuras o las mutilaciones sufridas. Su significado parece consistir en lo perdido, mientras que su metamorfosis en arte, a través del reciclaje, constituye la restitución de su valor de cambio y la adquisición, además, de un valor estético y artístico.
La naturaleza subversiva de los collages e instalaciones de Nick Quijano consiste en el reciclaje de todo aquello que una sociedad capitalista rica descarta. Revelan lo perdido del objeto, como también lo que lo asocia a su presentación, a su empaque publicitario que acentúa su utilidad, integridad, y su estatuto de cosa nueva. Quijano, como Benjamin, lleva a cabo con su arte-basura una crítica que desarticula las pretensiones del deseo manufacturado. Las cualidades materiales de los objetos y fragmentos descartados se ven con claridad, al igual que la arbitrariedad de los diseños de marca que imponen una unidad entre la forma y el contenido de la mercancía. Su uso de la basura como arte en ejemplos como La nube es una reflexión sobre de la rapidez de la producción y el consumo masivo, y la obsolescencia de la mercancía, que la sociedad, sacrificando grandes cantidades de materia prima y trabajo humano, termina descartando en el basurero. La basura se transparenta en el imaginario social como una culpa, que se hace más patente cuando observamos a los marginados o a los sin techo que la usan para taparse y vestirse. Sin embargo, en el imaginario del artista (Quijano) como en el del niño que busca detritus para jugar, la exmercancía es un medio para conformar relaciones intuitivas nuevas y establecer una relación con los objetos que no está predetermina por la utilidad y que se da en plena libertad. El arte provee esta posibilidad negada en el mundo de las mercancías.
NOTA
Susan Buck-Morss. Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes. Madrid: La Balsa de la Medusa, 79, Visor, 1995, p. 98.
INGRID MARÍA JIMÉNEZ MARTÍNEZ
