Exposición Individualmar 2013 - may 2013· Por Christine Frèrot

Mariana Yampolsky

Instituto Cultural de México

La exposición presentada en el Instituto Cultural de México, en París, con el título Tepalcates (vocablo de origen náhuatl que significa “pedazo o fragmento de un recipiente de barro”), capta perfectamente las palabras de la curadora Gicela Arias, de la Fundación Cultural Mariana Yampolsky, y el espíritu de la fotógrafa, que se centra en el arte y el amor por el detalle. La muestra, que ocupa las cinco salas del Instituto de México con más de un centenar de fotografías en un mismo formato (mediano), está compuesta de conjuntos temáticos que reflejan el ingenio creativo en el mundo rural mexicano. Desde los años setenta, la fotógrafa emprendió un trabajo de investigación sistemática que tenía que ver tanto con la arquitectura vernácula como con las actividades agrícolas, objetos funcionales, ceremonias y vestuario. Yampolsky recorrió el territorio mexicano, atravesó ciudades y pueblos para satisfacer el eje fundador de su lógica de producción, que consistía en efectuar series de ciclos fotográficos. Éstos desembocaron en varios libros importantes como Lo efímero y eterno del arte popular en el arte mexicano (1971), La casa en la tierra (1981) o La casa que canta (1982). Más tarde, partió en busca de las haciendas o de sus ruinas, desde las de la Nueva España hasta las del siglo XIX, trabajo que se vio cristalizado en Estancias del olvido (1987) y Haciendas poblanas (1992).

Mariana Yampolsky (Chicago, 1925-México D.F., 2002) llegó a México en 1944, a la edad de 19 años, para estudiar grabado en el Taller de la Gráfica Popular (TGP). Muy pronto, quedó atrapada por ese país que le fascinó y que llegó a amar con pasión, desplegando una energía y constancia excepcionales para recorrerlo, una y otra vez, sin cansarse jamás. Escogió la fotografía, medio directo y manejable, para responder al deseo de descubrimiento que suscitaba esta nueva experiencia existencial. Su curiosidad insaciable le permitió inventariar un saber secular, contribuyendo así a la revalorización de las prácticas artesanales siempre vivas y a la construcción de los archivos de una cultura inmemorial que la modernización del país no ha logrado borrar.

Exposición Individual: Mariana Yampolsky — imagen 1
Mariana Yampolsky. En tono azul, s/f. Sombra azul, Huisitan, Chiapas, México. Ilfochrome. 30, 5 x 46,5 cm. (12 x 19 1/5 pulgadas). D.R. © Fundación Cultural Mariana Yampolsky, A. C., México.

La fotógrafa es, probablemente, la artista que se interesó más sistemáticamente en la diversa riqueza de los saberes indígenas. El trabajo presentado en el Instituto de México da testimonio de una mirada estética que se combina con un evidente interés etnográfico. En el catálogo de la exposición del Centro de la Imagen del D.F., en 1999, Francisco Reyes Palma hablaba con justa razón de “antropología emocional” al analizar el trabajo fotográfico de Yampolsky.

En esta exposición estamos en presencia de una mirada que nos invita a compartir el “presente activo” del México indígena. Ya sea que se trate de detalles de techos, texturas de muros en adobe o en piedras secas, de arquitectura funcional como las cercas para caballos, el gallinero de piedra o el coscomate (granero para maíz), las cuerdas trenzadas, el ensamblaje de troncos de madera para una techumbre o las cortinas de cactus cirio, la fotógrafa nos muestra, con elegante sencillez, que la forma es inseparable de la función y que, sin saberlo, los obreros y artesanos también fabrican belleza. Se puede invocar la estética funcional a través de estas fotografías, que no buscan un estetismo fabricado. Son fotos directas y poéticas que confieren existencia a lo cotidiano. En la mayoría de ellas podemos notar que la presencia humana es escasa. Sucede que, allí, la vida está en otra parte; en ese savoir-faire ancestral queda testimonio de la mano del hombre y de lo natural del gesto artesanal y vital. No obstante, unas pocas siluetas (niño, mujer o perro) aparecen al voltear la esquina, dentro de una casa, en los encuadres sobrios que captan y concentran, con un gesto, el carácter infinito del tiempo.

Otro aspecto que resalta en la observación de estas fotografías es, sin duda alguna, el sentido de geometría de Yampolsky cuando capta detalles de arquitectura (muros, techos y aleros) y texturas (celosías de adobe, cuerdas, piedras, tallos de maguey), vía abierta a la belleza del detalle por Manuel Álvarez Bravo en sus primeras fotografías. Varias de las imágenes expuestas nos remiten a las inspiraciones de la geometría “emocional” del arquitecto Luis Barragán y a sus espacios, cuya pureza no se ve jamás alterada por la fuerza del color, interés compartido por Mariana Yampolsky en las nueve fotografías a color –ciertamente más recientes, aunque sin fecha– presentes en la exposición. La belleza polícroma de simples muros y puertas subraya la dimensión pictórica de estas fotografías y el diálogo que de ellas se desprende, en la violencia del contraste de colores.

El examen que nos propone esta exposición tan interesante nos permite comprender lo esencial del proyecto conceptual, estético y emocional, a la vez, de la fotógrafa. Lo único que podríamos deplorar es que, con ella, el público francés que finalmente la descubre se ve sin duda privado de una parte de su obra abierta a otras temáticas y otros espacios.

CHRISTINE FRÉROT

Mariana Yampolsky, por Christine Frèrot | artnexus