Exposición Individualmar 2013 - may 2013· Por Andrés I. Santana

Los Carpinteros

Matadero Madrid

“Brother, esto está en candela”. Así le dice un cubano a otro ante la adversidad de una situación que hace más de cincuenta años –para muchos– se torna insoportable. “Compadre, usted sí que es la candela”. Este otro “uso” verifica la polivalenc ia y ambigüedad de acepciones de ese vocablo en el mismo contexto cultural de referencia: el cubano. “Estar en candela” o “ser la candela” comporta una semántica positiva o negativa, según su uso social o las múltiples (y a veces paradójicas) implicaciones socioantropológicas del término. Pero en cualquier caso, y al margen de esta apreciación lingüística, basta aclarar que tal grado de digresión asociativa no alimenta el ensayo tropológico de rigor que soporta esta nueva pieza de Los Carpinteros, en uno de los espacios más atractivos del sistema de exhibición madrileño. Leer esta obra, site specific, desde ese lugar denota torpeza hermenéutica, del mismo modo que advierte de congestión y de parálisis en la postulación del juicio crítico. Resulta bastante frecuente, sobre todo en estos espacios de circulación centrista, el hecho de que la obra de artistas cubanos o latinoamericanos que residen fuera de sus contextos de origen sea leída desde la sospecha o “presunción de disidencia” respecto de ese lugar: el de origen. Sin embargo, mucha de esa obra que se produce en el contexto cultural de acogida puede resultar siendo la mayor y más sofisticada de las bofetadas que esos artistas estampan en el rostro de la Institución Arte que los expone y comercializa en las nuevas circunstancias del campo. Creo, sin duda, que es aquí donde reside una de las grandes virtudes de esta nueva pieza de Los Carpinteros dentro del espacio hegemónico: la de usar la ambigüedad del signo estético como desvío retórico para alterar la cadena de sentidos y direccionar la fuentes del discurso.

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Los Carpinteros. Candela, 2013. Escultura desplegada como dibujo en tres dimensiones. 736 metros lineales. Foto: Paco Gómez.

¿Acaso alguien puede negar que España está en candela? ¿Que España se quema o que hace rato se quemó por dentro y por fuera? Quién en su sano juicio, y esto sin acritud e ironía, pudiera negar la escandalosa arbitrariedad y el concierto de paradojas trepidantes que dibujan los perfiles de un país cuya situación de deterioro económico y social pone en crisis sus más caros soportes y promesas constitucionales. Si Cuba está en candela, a España le cuesta, por su parte, disimular la altura de sus llamas. Por tanto, ello me obliga a suponer, una vez más, que estoy en presencia de dos grandes artistas, de dos grandes artífices de la alegoría, de dos camaleones que no conocen de límites interpretativos. Lo he dicho en varias ocasiones, y me reitero una vez más con cierta cuota de goce erótico. Hace ya mucho tiempo que los artistas Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez habrían podido renunciar a su etiqueta de “carpinteros”, por la de ensayistas visuales. Y es que la obra de estos artistas cada vez resulta más sofisticada en varios niveles de articulación y de resolución. No sólo el conceptual, que obviamente hace que se les reconozca como uno de los colectivos más serios del contexto latinoamericano; sino en los órdenes morfológicos y estructurales, en los que han probado, sin duda (y con pericia extrema), ser la candela. Ya no sé si son arquitectos, ingenieros, escritores, publicistas, performers o instalacionistas. O puede que lo sean todo a un tiempo y yo no me haya dado cuenta. De lo que sí he podido percatarme es de que son buenos artistas. Saben manejarse en las estructuras internas del discurso y en la diversidad de soportes y materiales con una destreza poco menos que envidiable. En un panorama como el español, donde abunda tanta obra confusa cuya ideología estructural rivaliza con el objeto de decoración y restituye el estatus de IKEA, resulta gratificante asistir a una puesta en escena tan soberbia como Candela, en la que, insisto, los elementos conceptuales establecen una sinergia fuera de serie con la morfología y el emplazamiento eficaz que ella misma advierte. Tal pareciera que “obra” y “espacio” son la misma cosa. Lo que obliga a reconocer la eficacia en la selección del “motivo” y de su emplazamiento sobre los muros quemados de lo que fue la antigua cámara frigorífica del matadero de Legazpi.

Poco importa reconocer que la técnica utilizada sea habitual en América Latina a los efectos de la propaganda política, o que el backlight drawing sea un recurso generalizado en la cadena morfológico-narrativa del anuncio publicitario. O que, por otra parte, la obra remite a la célebre imagen del Che Guevara que preside la Plaza de la Revolución en La Habana. Estos datos, al cabo, resultan fútiles y evidencian claramente cuál es la distancia entre la crítica de arte y el periodismo cultural. Mientras que la primera (la crítica) se entromete en la madeja de implicaciones socioculturales de la obra e indaga en la propia densidad ontológica de la propuesta, el segundo (el periodismo cultural) se entretiene, en cambio, en advertir esas coincidencias y colocar la pieza en una paisaje donde se acrediten todas y cada una de las referencias, por elementales que éstas sean.

Por tal motivo, estimo que Candela ofrece, en su propia autonomía referencial y discursiva, la posibilidad de entenderla como ejercicio de escritura que repasa no sólo un abecedario de fuentes y de alusiones a contextos políticos más o menos conflictivos; sino que relata la situación de un tiempo contemporáneo que, para el ser humano y para el arte, no deja de arder a cada instante. Vivimos tiempos convulsos, agitados, esquizofrénicos y demenciales, en los que la locura, en cuanto figura retórica y simbólica, resulta estandarte de época, signo del tiempo, sello de identidad y desvío de la promesa moderna. Candela deja claro que los ideales de la modernidad y sus impulsos utópicos son hoy tan sólo la mueca de un gesto emancipador que liberó al hombre de la tiranía de la sombras. Qué es lo que arde entre estas llamas de recurrencia cinética y fantasmagórica. Cuál es el objeto de este incendio, de esta quemazón traducida en orgía y en pulsión erótico-estética. Acaso ha vuelto la inquisición de manera solapada y esquiva dentro de los modelos de la corrupción contemporánea. Si algo se quema, ¿qué será? El arte, los artistas, el sistema, la escritura, la letra, que no deje de arder todo ello, y más. Las señales de humo me avisan que algo pasa. Y eso, al menos, calma mi ansiedad, volatiliza el estado de parálisis, esfuma los modelos ortopédicos y celebra los impulsos –siempre infinitos– de libertad.

ANDRÉS ISAAC SANTANA

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