La espléndida muestra Un ascensor, tres nubes, una tienda, tres fotos, un tren, una puerta rota y un jardín perdido confirma que Leandro Erlich (Buenos Aires, 1973) es un fabricante de ilusiones. Según el artista, el título de la exposición manifiesta su aspiración de hacer un inventario, porque “una lista de cosas es una lista de universos”. En ese sentido, sus instalaciones, objetos, esculturas, videos y fotografías son mundos vivos, que hacen sentir al observador como imprescindible protagonista. “Me interesa la participación del espectador dentro de la obra interactuando en escala 1 = 1, y donde los contornos que dividen el espacio/obra no son claramente reconocibles”.
Trampas visuales, sus obras son ocultamientos y, a la vez, descubrimientos que alteraran el campo perceptivo, exigen concentración y sacuden al espectador de su conformismo. El artista, que comenzó su trayectoria pintando y vive y trabaja en Buenos Aires, es autor de provocadoras piezas que viajan extensamente por el mundo; incluso, Erlich formó parte del envío argentino a la Bienal de Venecia en 2001. En la gigantesca instalación La pileta, desplegada en el patio del Fondaco dei Tedeschi (actual Correo Italiano), los visitantes ingresaban a través de una abertura lateral a un cubo que, visto desde los pisos de arriba, simulaba una pileta con agua dentro de la cual paseaban personas completamente vestidas.

Desde la inteligencia y el humor, lo conceptual y el ingenio técnico, los trabajos de Erlich –en las dos salas de la galería– aparecen alumbrando la posibilidad de desencadenar nuevos sentidos y sensibilidades; cuestionan la normalidad y el espacio, creando mecanismos invisibles que suscitan la fantasía de todos. Las piezas invitan al espectador a acudir a sus propios recuerdos y experiencias para dejarse llevar por los recónditos dispositivos de Erlich y para dar rienda suelta a su imaginación.
Pura ilusión: donde algunos ven algodones (que no son) encerrados en una vitrina de lapacho y vidrio, el artista sugiere la existencia de Nubes (Single Clouds, 2012) atrapadas; convence aun al más prevenido. Lo que se presenta como Cambiadores (Changing Rooms, 2008), tampoco son tales, aunque lo parecen por su prolijo despliegue de espejos, marcos dorados, banquitos y cortinas. Pero no, es un laberinto sin serlo, y es difícil dar un paso sin tener la sensación de perder el sentido de la proporción y el equilibrio. Cerca de los Cambiadores, bien acomodadas en estantes de madera, las Camisas (2012) son de cerámica y están resquebrajadas, como la Puerta rota (Shattering Door, 2009), que, aunque increíblemente real, no conduce a ningún lado.
En Conversación de ascensor (2012), las puertas de acero de la cabina –como las utilizadas en cualquier elevador automático– realmente existentes se abren y cierran sucesivamente a intervalos regulares. Entonces, cuando las puertas están abiertas dejan ver un número de personas que se comportan como lo suelen hacer en un ascensor. Si están solas, miran para arriba o hacia adelante, miran el reloj o el teléfono móvil, creen que nadie los ve. Si están acompañadas, miran de soslayo; los niños tironean a la madre, conversan con el de al lado, mientras alternativamente el ascensor pareciera llenarse o viajar casi vacío. ¿En serio? Gracias a la pericia del autor, a una pantalla de retroproyección y un video de alta definición, la actitud del observador es la de quien espera su turno para ingresar al ascensor, sin demora.
Se describen fácilmente, pero las obras no son sencillas. Desde hace unos años, varios gremios de la construcción colaboran junto al artista para, como en este caso, levantar paredes, colocar pisos y puertas, instalar vidrios y ventanas, luces fosforescentes, plantas artificiales, como en Jardín perdido (Lost Garden, 2009). Las fotos exhibidas son de la serie Bâtiment (Edificio), 2012, realizada en París, en la que, en un juego de espejos, se reflejan los visitantes trepando audazmente a la fachada de un edificio; una instalación similar desplegó también Erlich para la inauguración en 2012 de la Usina del Arte, magnífico centro cultural reciclado en La Boca que pertenece a la Ciudad de Buenos Aires.
En todas sus piezas el artista plantea al espectador una experiencia, una situación. Le propone interpretar sus obras con gran libertad –la misma con la que él trabaja–, como en Global Express (2011), un disco de Blu-Ray proyectado en un plasma, enmarcado en chapa de acero plegada y marco de aluminio, con el aspecto y las dimensiones de una ventanilla de un tren. Las asombrosas imágenes duran algo más de ocho minutos y hacen viajar al espectador, que se siente adentro del tren y, asombrosamente, ve por la ventana cómo atraviesa a gran velocidad ciudades como Londres, París.
Entre presencias y quimeras, las obras debaten certezas y presupuestos y devuelven al observador la misma pregunta que se hace el artista: ¿Qué vemos cuando miramos?
VICTORIA VERLICHAK
