Master/Copy es el título de una exposición que recoge los trabajos de dos artistas colombianos, Wilson Díaz (Pitalito, 1963) y Juan Mejía (Estados Unidos, 1966). Al comienzo de esta historia, los dos vivían en Cali.
Conocí su obra por primera vez en un Salón Regional, en 1995. Estos salones eran exposiciones que se realizaban en varias zonas del país, y en ellos se escogían los participantes del Salón Nacional del año siguiente. En esa ocasión fui jurado con Álvaro Barrios y Gustavo Zalamea.
Me acuerdo que los tres recorrimos el Salón en el museo de Roldanillo (Valle); lo recorrimos por separado, pasamos frente a pinturas al óleo de selvas rosadas, verdes y amarillas tan favorecedoras para combinar con los sofás de una sala y que eran muy admiradas por compradores y por el mismísimo presidente de la República y su esposa (de tan buen gusto), e incluso por un cierto sector de la crítica. Los tres coincidimos en dos obras de dos artistas desconocidos, por lo menos para mí. Una de ellas era un espacio que me conmovió y aún lo hace cuando la recuerdo, y que en ese momento me pareció el cuarto de un adolescente con discos de vinilo, afiches, muñecos-alcancía y dulces. Se llamaba Punto de venta, y era la obra de Juan Mejía. Hoy pienso que era un espacio donde se ofrecía una ampliación de las coordenadas para hacer arte, y que han sido definitivas desde ese momento en el arte colombiano hasta hoy. Coordenadas más cercanas a mí o a cualquiera, cercanas a las tiendas y a las papelerías de barrio y a las experiencias del colegio. La obra era un punto de encuentro con la memoria colectiva que no se construye con abstracciones ni conceptos sino que se va tejiendo con “bobadas”, como diría Virginia Woolf, a través de su señora Dalloway. Texturas y pequeños objetos sin importancia terminan siendo testigos y detonantes de la confusión y del placer de vivir.

Y otra obra que encontramos en ese salón se llamaba Sementerio, de Wilson Díaz, y consistía en una serie de papelitos pegados en la pared con huellas de semen. El conjunto se convertía visualmente en una “pintura” con todos los colores del óxido, y además, con su título inauguraba una noción de archivo de huellas corporales y personales.
No hubo dudas: por estas dos obras entraría en el arte colombiano la casi piadosa actitud de Georges Perec de hacer listas para recoger todo lo que la cultura había considerado al margen, de mal gusto e insignificante.
Pero sobre todo, estas obras inauguraron una manera de mostrar las experiencias tal cual, no como una representación desfigurada, estilizada y lejana, sino “en el corazón de su emergencia”.
Bueno; pasaron muchas cosas después de esto: Juan Mejía con su insistencia en el dibujo, explorándolo desde tantos puntos de vista y materiales, que lo convirtió en un hilo conductor del pensamiento. En su trabajo aparece el dibujo mil veces mutado en autobiografía, etnografía de la cultura, ficciones y archivo.
Y Wilson Díaz, con sus pinturas; una que para mí es el ícono de la pintura colombiana de los noventa, Marte, en la que dos adolescentes miran a la cámara o al espectador, no estoy segura, en la sala de una casa llena de signos de la época, tan familiares como extraños. Y también es necesario nombrar Fallas de origen, la obra ganadora del Salón Nacional de 1998, otra obra para leer los signos de una época, esta vez enmarcados en el escenario de la casita, del ahorro, del cuento de hadas, todas estas ilusiones atravesadas, como el mismo Wilson Díaz lo dice, por la televisión, los sueños, la pobreza la calle, y por ese “asuntico” de la coca y la amapola, del que poco se hablaba en ese momento.
La verdad, estos dos artistas se merecen más espacio en todo sentido, pero ¡a lo que vinimos! Este artículo se trata de celebrar la exposición curada por Guillermo Vanegas de los tres años que Wilson Díaz y Juan Mejía trabajaron juntos después de ganar el Salón Regional de la zona, entre 1995 y 1998.
La exposición recoge los momentos en el que nuestras salas de exposiciones fueron espacios para recibir, a través de fotografías, el placer compartido que sienten dos personas al estar juntas, y eso antes de que Sophie Calle existiera en nuestro horizonte. Pudimos ver la copia de la obra de un artista colombiano invitado a la Bienal de Venecia. No era exactamente una copia, porque en realidad a partir de la obra de Elías Heim, estos dos se inventaron un aparato que combinaba cubo, embudo, cables serísimos pero inútiles, un aparato con una apariencia de seriedad risible, un juego con la modernidad. También pudimos volver a ver un particular hall de la fama, una colección de retratos de personalidades de todo tipo: “bonitos, malditos talentosos, interesantes prolijos, ricos”, que estos dos artistas dibujaron y pintaron, y que se convertía en un hall de la fama de estilos. Y también vimos las carátulas de cómics intervenidas con los enredos del enmascarado de plata con todo tipo de malandros; horror y placer sobre todo el de pintar.
Capítulo aparte es una obra que se llamó Primera impresión, realizada con motivo de la conmemoración de los treinta años del Museo La Tertulia de Cali, en 1997, en la cual el visitante era recibido en un espacio con mesa y parasol y un perro de cemento como un ingenuo y perverso guardia de seguridad, y claro, con pasabocas hechos con materiales rarísimos pero efectivos para que aceitunas y palitos de zanahoria fueran los protagonistas de la exposición. Antes, como ahora, Juan Mejía y Wilson Díaz, con afilados juegos de lenguaje, pusieron en primer plano percepciones marginales pero que fueron develando veinte años de la historia de la cultura.
NATALIA GUTÍERREZ
