En la
primera galería de Meteor, Frances Gallardo seducía al espectador con
sus elaboradas habilidades para recortar. Sus coloridos remolinos de papel
recortado, un danzante cosmos de intrincados diseños, se basaban en imágenes
satelitales de huracanes caribeños. La artista, que creció en San Juan (Puerto
Rico), recuerda que cuando niña vio y escuchó la fuerza del huracán Hugo (1989)
desde su ventana con vista al océano. Después de trasladarse a la ciudad de
Nueva York en 2009, empezó a estudiar el tema de los huracanes desde una
perspectiva visual, a través de imágenes satelitales, y desde un punto de vista
histórico, al investigar sus conexiones con las dinámicas culturales,
económicas y políticas de su isla natal. El libro de Fernando Ortiz titulado El Huracán, su mitología y símbolos le
brindó nuevos niveles de trascendencia, y su residencia el año pasado en el
Center for Book Arts de Nueva York amplió su conocimiento sobre el papel y las
técnicas de corte del mismo.
Sus obras en papel recortado, escalonado y adornado por suaves trazos de lápiz y pastel, se comparan con la belleza de las imágenes aéreas de ciclones tropicales. Su empleo de una delicada y controlada técnica para enfrentar la inmensidad y el poder de la naturaleza es similar a lo que vemos en la serie Watery Ecstatic de Ellen Gallagher, quien equiparó el antiguo arte de tallar hueso con su obra en papel recortado en la que representa criaturas marinas. De la misma manera, los retratos de huracanes en papel recortado hechos por Gallardo fueron inspirados en parte por la tradición secular puertorriqueña del tejido de encaje de bolillos.

La artista llevó mucho más lejos el movimiento circular de la vista satelital de un huracán en la instalación sonora Hurricane. Trabajando con dos colaboradores, creó un instrumento que reproduce “la música clásica del Caribe”, sonidos desencadenados por las imágenes de huracanes. Basada en el organillo de Ariston del siglo XIX, que reproducía discos de papel, el elegante artefacto de Gallardo representaba una caja musical de madera y tres discos de papel perforado, pintados, que semejaban hojas de sierra profesionales. A medida que los discos se movían en el reproductor de música en dirección contraria a las manecillas del reloj, la luz se filtraba por sus orificios. Esta luz era leída por seis fotosensores ubicados a lo largo de un surco que se hallaba en la caja, y cada uno estaba programado para emitir un sonido diferente. Uno de los discos sonaba como las campanas de una iglesia y un instrumento chino tradicional de cuerdas pulsadas. La artista es muy cuidadosa con la ejecución y presentación de su obra, nada parece estar fuera de lugar, pero siempre deja espacio para la diversión, lo que le da realce a la obra.
Su pasión por el dibujo y la línea impregna su obra. Falling, un video de un performance en Nueva York, y Untitled (landscape), una hilera de cajas de pañuelos de papel cuadradas, ponían de relieve la extraordinaria habilidad de la artista para acentuar, con una expresión de soltar, un acto profundamente enfocado. En Falling, Gallardo conectó una cuerda a varios clavos que se hallaban en una pared y tejió una especie de red. Una vez utilizada toda la cuerda, la artista cosió a la red, con líneas verticales, el frente de su sencillo vestido blanco. Después, se dejó caer y se salió del vestido, separándose de su obra libremente y sin sentimentalismos. En Untitled, la sutil acuarela de un paisaje caribeño nos recordó la refinada obra de Camille Pissarro. La emoción implícita en los pañuelos y la representación de una sola palma azotada por el viento en una playa acentuaban la sensación de nostalgia. Sin embargo, los vaporosos pañuelos también sugerían las siempre optimistas, blancas y mullidas nubes de los cielos puertorriqueños pintados por Francisco Oller.
Meteor fue su primera exposición individual en San Juan, su ciudad natal, y presentó treinta obras de 2008 a 2012, aunque la mayoría fueron hechas este último año. La obra más temprana, Progress I, consistía en estáticas y uniformes líneas rectas, de color negro, que la artista pegó en el exterior de un edificio de Puerto Rico para trazar sus diversos planos. Después, fotografió la fachada de la estructura. Las entrecortadas líneas insinuaban que, fácilmente, podrían desaparecer. Era como si uno pudiera tomar unas tijeras y retirar la estructura de su entorno. Como los mejores artistas conceptuales, el sencillo gesto de Gallardo sugería la naturaleza ilusoria de lo que es válido para nosotros. Ella continuó contrastando una imagen de estabilidad y monumentalidad con lo efímero en tres horizontes de papel recortado correspondientes a San Juan, Nueva York y La Habana. Espesas tempestades negras llenas de sorpresas y furiosa agitación flotaban en lo alto y golpeaban el orden geométrico de las ciudades, sugiriendo el final de un frágil equilibrio climático.
La serie en papel más poética que se vio en la exposición fue Untitled (Pentagrams). Allí, la artista reinterpretó las partituras escritas de Bayoán Ríos, un joven compositor de San Juan. Utilizó cables eléctricos como pentagramas, postes eléctricos como barras, y una mezcla de improvisadas conexiones y escombros como notas. ¿Podría esta imagen de caos mundano y polución visual ser otra forma de “la ‘música clásica’ del Caribe”? De nuevo, Gallardo hizo que sus diestras yuxtaposiciones fueran electrizantes y seductoras.
CHERYL HARTUP
