El retorno a la figuración trajo nuevo impulso a la obra de Dudi Maia Rosa. En reciente exposición individual en la Galería Millan, en São Paulo, el artista retomó la vertiente característica de sus trabajos de las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX, cuando producía telas y esculturas en técnicas diversas en las que predominaba la presencia de la figura. Ahora, su trabajo actual revisa sus propios orígenes, sin ninguna repetición. Rosa alcanzó singular equilibrio en su trayectoria: el tratamiento de la figuración con la fuerza de la abstracción.
Si todavía existen consensos en la teoría del arte en relación con el uso del término “abstracción” (finalmente, ya está demostrado que nada está desprovisto de significado, ni una tela en blanco), en el caso de Rosa esa dificultad se hace aún más evidente. La gran fuerza de su trabajo a lo largo de las últimas décadas está justamente en la realización de composiciones “abstractas” que, dotadas de un extraordinario vigor poético, evocan incluso cierto clima dramático.

En gran parte son obras realizadas sobre superficies de fibra de vidrio, en las que el proceso de fusión del color y las capas gestuales genera superficies permeadas de matices. Son pinturas con características tridimensionales con fuerte densidad matérica, ricas en sugerencias, aspectos éstos enfatizados con el uso de la resina sintética, que aporta extensa variación de transparencias y tonalidades.
La exuberancia plástica continúa presente en la obra actual de Rosa. El uso de una figuración explícita da todavía más fuerza a su obra, con su apariencia narrativa inusitada. Llamadas Cábulas, las pinturas rinden homenaje a su época de escuela, cuando se descubrió artista dibujando incesantemente en los momentos en que “cabulaba” (faltaba) a las clases. La técnica predominante –la acuarela– tiene como referente el catálogo de su primera exposición individual en el Museo de Arte de São Paulo Assis Chateaubriand (MASP), en 1978, cuando creó un catálogo a lápiz y acuarela.
En la exposición actual, temas como el paisaje y la naturaleza muerta están presentes en obras de gran dimensión. Entre las imágenes más representativas están los retratos de ambientes interiores de casas sin presencia humana y con singulares perspectivas, como el borde de una mesa con un teléfono, una parte del respaldo de una poltrona, un tapetico con el hueco de un ratón, etcétera.
Se puede decir que Rosa siempre hizo una “abstracción figurativa”, afirmando así la influencia de la Escuela Brasil, en la que participó, y que tuvo como máxima expresión al artista paulistano Wesley Duke Lee. Cuando, a partir de 1980, realizó pinturas vinculadas a la abstracción, empleando soportes recortados en formas inusuales (triángulos y semicírculos), exploró más grafismos y texturas. En algunos trabajos insertó escritos como citas bíblicas o figuras indefinidas.
En este período se pueden comprobar diálogos con la obra del ruso, naturalizado estadounidense, Mark Rothko (1903-1970), cuyas pinturas de gran dimensión transmiten al espectador un efecto de contemplación y trascendencia. Rosa acrecentó este aspecto con formas suavemente imprecisas que estampan en la superficie de la obra una calidad brumosa y, al mismo tiempo, palpitante. A lo largo de las décadas siguientes, el artista se mantuvo fiel a esquemas compositivos que conforman una especie de abstracción con motivos. Para él, la noción de la pintura en sí no impidió la erradicación de la expresividad, tal y como prescribía la matriz minimalista de muchos artistas de su generación.
Ahora Rosa parece dirigirse hacia el inverso de este proceso: realiza una figuración fuertemente abstracta. Pocos elementos dispuestos en el espacio, perspectivas en diagonal que generan planos anticlásicos, grandes dimensiones, entre otras características, transforman los pocos signos de realidad en elementos que versan sobre sí mismos, despertando gran deleite visual en el espectador. El artista revela así la coherencia y la madurez de sus viejos principios estéticos.
ALESSANDRA SIMÕES
