Situada en una nueva zona cultural de Polanco –nueva sede del Museo Soumaya y la Colección Jumex–, la no menos importante Galería Luis Adelantado busca promover artistas emergentes y vincularlos con las manifestaciones más reconocidas del arte contemporáneo internacional. En esta ocasión se ha exhibido la obra de dos creadores cuya juventud no les resta profesionalismo, un discurso irreverente en cuanto a los soportes matéricos y, sin embargo, no exento de sólida madurez reflexiva.
Empezamos nuestro recorrido en el radicalmente propositivo espacio de 1500 m2 con una entrada que nos da la bienvenida a numerosos folletos, una escalera que nos invita a su generosa biblioteca sobre arte contemporáneo, y ya entramos a la sala 1 y 2, donde se muestra La isla de los links de Diego Bianchi (Buenos Aires, Argentina, 1969). Bianchi usa la provocación para movernos a reflexionar sobre el consumo, y, desde una primera impresión estética, su trabajo nos lleva a cuestionar los procesos económicos imperantes, a partir de la idea, si se quiere holística, si se quiere cibernética, de la interconexión generalizada. Cuestión que recuerda la teoría de los polisistemas de Even-Zohar y Tötösy de Zepetnek, pero se actualiza con las burbujas de Sloterdijk, en el sentido semiótico de que los significados que convergen aún sin compartirlos riman y ritman: sólo cabría cuestionar hasta dónde la influencia mediática determina enchufarse a un socket (o sucker) que nos hace proclives a homogeneizar –cito al autor– “las taxonomías en manos de los artistas”. Pero, en efecto, ya antes de las TAZ, Ciberia de Rushkoff había preludiado la canonización de la alteridad, y es que, en plena identocracia, y ante la actual cognitocracia, ¿quién dice ser yo, quién tiene una idea propia? La defensa de la insularidad, sin llegar al insilio, donde naufragan propuestas inintelegibles, logra que Bianchi nos comunique, a mi modo de ver, que no estamos en un hoyo negro donde todo se halla en el mismo lugar, ejerce las mismas prácticas culturales, pensamos igual, somos idénticos.

Bianchi reconecta, mas apelando a la soberanía del pensamiento individual, un poco a la manera de Attali, cuando advierte bondades y peligros de dispositivos nómadas. Su premisa no es nueva, aunque vale por su ingenio plástico, en cuanto el empleo y la configuración de materiales resultan únicos, v.g., madera, huevo y pelotas de ping-pong al lado de plastilina epóxica y papel higiénico. Bajamos al sótano, un cuévano en el cual deslumbran los neones y nos hacen volver no sólo a Bruce Nauman sino a la historia de la publicidad. Estamos ante la obra de Luis Rodrigo (Guadalajara, México, 1973), quien echa mano de instantáneas ya impresas en papel, ya expuestas con una nostalgia que no tiene a bien lograr su objetivo: reflejar el pasado. Proyecciones de felicidad, lo grato de Luis Rodrigo reside quizá en hallar una exploración menos literaria a la cotidianidad y su reinterpretación revelando imágenes de la vida acaecida. Grato empirista en cierto sentido, los neones son –aparentemente– simples gráficas de la seudoarquitectura vivida. O reconstrucciones de su historia visual, vía el tungsteno. El dibujo como puente, ventana natural que nos comunica con el exterior (cualquiera que éste sea), así como con un interior igualmente desconocido. La línea tiene una calidad cuasi audible, y la composición de un cuadro semeja a los sonidos que se emiten al afinar un instrumento.

El neón se incorpora más tarde como un elemento gestual dentro de la pintura que evolucionó de manera orgánica hasta encontrar su autonomía y convertirse en dibujo o frase. Constantemente, jugamos o intentamos jugar con cimientos que sustentan los muros personales, de reinventarnos, y para ello recurrimos al imaginario ojo ajeno, a mover el punto de percepción sobre nosotros mismos; uno de los principales problemas es al vernos desde fuera: nos valoramos en perspectiva, ya que el sitio desde el cual nos miramos es uno exterior.
En Deconstrucción, el neón, la línea de luz, comienza a tomar cuerpo y un carácter escultórico que recrea interpretaciones de espacios, arquitectura; la casa como símbolo de la percepción y construcción personal.
MAYRA INZUNZA
