Exposición Individualmar 2013 - may 2013· Por Marta Rodríguez

Carlos Salas

Alonso Garcés Galería

En la imagen con la que se promocionó la exposición En el abismo de Carlos Salas, en Alonso Garcés Galería, aparece él de espaldas; su figura se ve pequeña en relación con la dimensión de sus pinturas, así como al amplio y alto espacio de la galería donde se dispusieron las obras de gran formato. Su actitud contemplativa me evocó una imagen similar en la que aparece Rothko en su taller. La pintura de Carlos Salas, así como las del pintor ruso, incitan a ese estado contemplativo; es como si detrás de esas superficies bidimensionales existiera una profundidad insondable, una acumulación de tiempo que sólo es posible percibir cuando la mirada se detiene durante un tiempo prolongado buscando penetrar en ese mundo hecho de capas y capas de color.

En una sala más pequeña, cuidadosamente adosada a una sobria mesa de trabajo, se encontraba la correspondencia que el pintor sostuvo con su hija Ana María durante el proceso de producción de sus pinturas. Estos correos, que por la forma en la que fueron dispuestos parecían una pieza escultórica, fueron y vinieron por email develando algunas de las múltiples capas que conforman la profundidad de estas telas.

Exposición Individual: Carlos Salas — imagen 1
Carlos Salas. En el abismo 5-6, 2012. Técnica mixta sobre tela. Diámetro: 180 cm.(70 ¾ pulgadas).

“Acabo de darle un giro fundamental al primer círculo. Un azul muy tenue se instaló ahí como en su casa. Ya no había lucha por el control. Me gusta cómo la pintura trata de emerger de la superficie. Así ocurre con la música de Pärt, tan propicia para este momento”, le escribe el pintor a su hija, una cineasta y filósofa que vive en Francia y prepara un documental sobre el taller de su padre. Los tonos azules se instalaron en varias telas de gran tamaño y se asoman en otras de tonalidad parda y de formato redondo, sobre las que flotan líneas, trazos realizados con precisión.

Mientras las palabras, que a veces tiene visos de un diario íntimo, van y vienen, se van desarrollando tres procesos creativos que se cruzan y enriquecen mutuamente: la construcción de una casa en La Calera, en la que Salas ejercita su formación de arquitecto, la serie de pinturas tituladas En el abismo y el documental sobre el taller. Leer esta correspondencia es una experiencia literaria placentera. La mención de los libros que cruzan la vida del pintor y la cineasta, la música que escuchan, las películas que comparten, así como las preocupaciones del pintor, su rutina, la luz del día o las gotas de lluvia que golpean las ventanas, van marcando los momentos de la pintura de Carlos Salas.

En estos correos cuidadosamente fechados, en los que se revelan experiencias íntimas, se alude a estas pinturas impecables, como ventanas que miran al cielo haciendo visibles misterios cósmicos. La hija, que ha comenzado a ver un abismo en las pinturas de su padre, le relata a él una experiencia: “Una vez fui al desierto de la Tatacoa con un amigo y nos acostamos a ver el cielo en la oscuridad –esa oscuridad iluminada por la luna–. Después de mirar durante un rato, tuve una visión impactante. Vi las estrellas con profundidad de campo, en tres dimensiones: en lugar de un cielo plano con estrellas más grandes y más pequeñas, sentí unas estrellas cerca y otras muy lejos. De repente me vi acostada en la Tierra, que estaba proyectada en el universo, formando parte de esa inmensidad. Vi el universo infinito, y a mí en él. […] Vivimos en un inmenso abismo, pero lo olvidamos todo el tiempo. El arte nos lo recuerda evocándolo”.

Estas palabras, que definen el nombre de la muestra, me devuelven al acto de contemplación que nombraba al inicio de este escrito, que implica visión, imagen y temporalidad. En la pintura se condensan el tiempo del pintor, el tiempo que transcurre en el taller, que según él es distinto al corriente. Sus palabras definen con exactitud esa relación entre tiempo y el acto de pintar: “Ahora me ha llegado una imagen, la de un tiempo que cobra presencia, que ocupa un espacio. Es como una fría atmósfera. Como si el tiempo ocupara un lugar”. Evidentemente, el tiempo ocupa un lugar en las poderosas telas de Carlos Salas, se convierte en superficie y se filtra en las distintas veladuras que a ratos opacan los colores, y en otros, los hacen brillantes y luminosos.

Al contemplar detenidamente esas pinturas circulares que tanto inquietaron al pintor, comienzo a ver que siendo tan absolutamente planas como las quería el crítico norteamericano Clement Greenberg, con facilidad traicionan su bidimensionalidad. A veces los trazos flotan sobre las tonalidades pardas que se proyectan hacia atrás, y en otro momento, como ocurre con algunas obras de Kapoor, se abomban y la tela se viene hacia adelante. Suspendidas en lo alto de la pared, me recuerdan al ojo de Dios que nos mira desde lo alto.

Sus telas azules, más que ventanas, las vi como la profundidad del mar; su color logró el cometido del pintor y me sumergí en ellas. El azul, dijo Kandinsky, tiene profundidad. Esos azules intensos también me evocaron a Monet, sus nenúfares, su pintura etérea y líquida de la que fue surgiendo la pintura moderna.

Sí, las pinturas de Carlos Salas pueden hacer presente la infinitud del cosmos, los abismos profundos y misteriosos de la existencia, del tiempo y del espacio, pero también evocan la naturaleza a la que pertenecen: la tradición pictórica, y traen consigo la historia del autor: el tiempo de su propia existencia.

NOTA

1. En el cierre de la muestra se hizo el lanzamiento del libro de Carlos Salas con textos de José Hernández, publicado por Ediciones Jaime Vargas.

MARTA RODRÍGUEZ