Los cuadros del cubano Alexis Iglesias (1968) nos ponen frente a la cuestión de la actualidad de la pintura en el mundo de hoy, o todavía mejor, sobre la problemática de la figuración en la pintura. Si la ponemos desde el punto de vista de la representación, hemos ya perdido el punto de partida desde hace más de un siglo, y más en la actualidad, ya que tenemos todas estas cantidades de imágenes que en arte representan el mundo, sobre todo con la fotografía y el video, pero también con la computadora. La pintura, entonces, tendría que ponerse en una posición de descarte al respecto de los nuevos medios tecnológicos, para poder afirmar algo nuevo que tenga todavía, y siempre, un sentido.
En primer lugar, la pintura se pone como técnica que, hoy más que nunca, se entiende como otredad al respecto de la costumbre dominante del muerde y huye, de la rapidez y de la improvisación con que se crea la doble realidad, más allá que en el arte de la costumbre común. Y, en efecto, necesita de tiempos largos, de pausas de reflexiones, y vive en la separación del mundo, ya que se realiza en un atelier y fuera de la mímesis de la realidad y de su inmediato imaginario publicitario y comunicativo. Retoma una manualidad y una adhesión a las cosas que el arte, desde siempre resistiendo, busca la manera de utilizar, recomponiendo con un gesto antiguo la voluntad de no desatar el vínculo entre cuerpo y objeto. Se propone entonces como lugar de recomposición de la relación con el mundo sin mediaciones, que los nuevos medios para el estatuto rompen, poniéndose como mediadores mecánicos del hacer del hombre. Sin embargo, las nuevas tecnologías, junto a las instalaciones, nos hablan de la realidad en que vivimos con considerable inmediatez.

¿Cuál es entonces el lugar de la pintura? Puede que, como parece aparentar Iglesias, sea también el de la tradición con que, a pesar de todo, regresa a sacar la cuenta, para encontrar una manera de transformar nuestra visión de las cosas y decirnos algo nuevo. Los oníricos objetos de sus cuadros son puestos en una evidente perspectiva, que parece recordar los experimentos de cualquier manera análogos, por ejemplo, a los de un maestro italiano de la perspectiva, como Paolo Uccello, del siglo XV; es fácil que Iglesias se haya recordado del famoso Mazzochio, puesto en hilarante perspectiva, que tiene que ver con su cuadro La Edad del Oro. Todavía esta presentación icónica es negada en su integridad y presentada como resto, como desecho, ya que los materiales son descarnados, entregados en su estructura traída al hueso, y entonces es como si fuesen pasados a los rayos X y reinterpretados a través de su estructura elemental. Es como si se quisiese penetrar en la esencia del objeto, en su modelo generador, en una forma invisible al ojo distraído. Pero esta forma secreta y generadora está colgada a algunos hilos que le niegan la vitalidad y autonomía. Se trata entonces de un pequeño teatro maniobrado por un soberano desconocido e invisible. ¿Podría entonces ser el espejo de nuestra situación existencial, que nos reduce a fichas de un sistema tan bien conocido (aparentemente libre), cuanto opresor?
Puede que sea una interpretación de ciencia ficción, un poco cyberpunk, mas las formas elegantes e irracionales del pintor a esto pueden bien conducir. Así, esquemáticas, estas formas pueden evocar las rejas que preceden la formación de los objetos de la gráfica tridimensional; más bien, son embadurnadas en una pintura densa y rica, que contradice este origen. Y entonces se regresa a la pintura y a sus sugestiones, a lo mejor pensando en el gotear del expresionismo abstracto, pero también en el new-dadá americano, voluptuoso y matérico, que es aquel que recorre en los fondos casi llanos nuestros cuadros enriquecidos de pinceladas de azul que son parecidas a cascadas de agua y que desbordan a veces sobre los objetos borrando los límites, y que dan así la idea de alguna profundidad a la escena, o como sea, de una dialéctica entre figura y fondo, de un diálogo, aunque mínimo, entre las dos entidades. Por lo que queda, el color que domina es aquel de los marrones de las tierras, de los árboles y de los metales preciosos, que parecen también aquí querer volver a la concreción de la materia bruta, de donde nacen y se diferencian los productos del hombre. Y al mito, a la religión, a la técnica humana, a las grandes narraciones, y a lo mejor, a aquellas contemporáneas de los videogames; se vuelven a hacer sugerentes los títulos de las obras: La Edad del Oro, Caridad del Cobre, Narciso, Ábaco.
Las referencias son altas y hablan de un nuevo humanismo, que repone en el centro al hombre y su historia. Y entonces viene a la mente “lo real maravilloso” de Alejo Carpentier en la introducción de su novela El reino de este mundo, concepto bien retomado en el cine cubano (podemos pensar en La última cena”de Tomás Gutiérrez Alea), que luego se injerta en el código dominante y preferido de la literatura latinoamericana en general. Mas no se puede olvidar tampoco Divertimentos de Eliseo Diego, y quizás otros cuantos más, para quedarnos solamente en la literatura cubana. Es cierto, en filigrana se puede leer un llamamiento divertido al surrealismo y al código del extrañamiento, del extravagante, del misterioso, del enigma. Entonces, en general, a la instigación de una posible narración que el espectador es llamado a seguir, interpretar o simplemente a imaginar. El mundo de Iglesias, entonces, se presenta como profundo, inquietante y, porque no, irónico, en su presentación de formas de invención y sugerencia que son máquinas célibes, en las que nominación y la significación quedan, en últimas, inexplicables. Queda por fin al público encontrar resonancias interiores y descubrir si así se ha construido una nueva posibilidad de mirar al mundo, que lo pueda cambiar de cualquier manera.
CARMEN LORENZETTI
