El polifacético artista Alberto Asprino (Maracaibo, estado Zulia, 1952) presentó en los espacios de la Fundación D. O. P. una instalación fotográfica realizada a partir de un registro hecho por más de diez años de las servilletas desechadas por los ciudadanos después de votar. Conformada por más de 120 fotografías y un video, la instalación Antropometrías indelebles se propuso retratar estas huellas aleatorias dejadas en el momento de limpiar el dedo meñique de la tinta indeleble azul añil que señala que ejercimos el voto.
En una primera lectura, la serie de manchas nos remite a la pintura. Muchas de las fotografías retratan huellas irregulares que semejan paisajes expresionistas. No podemos sustraernos a la fascinación que despierta el hecho de hallar en estas simples manchas monocromas un horizonte, un sol que se pone, aquello que parece un mar bravío. La selección realizada por el artista, investigador incansable del tema paisajístico y de la obra de Armando Reverón, pone de manifiesto, con elevado sentido poético, esta belleza de lo aleatorio, expresada en la huella de un gesto inconsciente que, por este registro y selección, muestra su potencial estético.

Alberto Asprino, quien realizó estudios de Arquitectura y se desempeña también como curador, promotor cultural y museógrafo, inició su carrera artística en 1975, participando en un sinnúmero de exposiciones nacionales e internacionales. Tiene en su haber dieciséis muestras individuales, y en 2003 se hizo merecedor del Premio Arturo Michelena. Su trabajo artístico se ha valido por muchos años de la recolección de desechos, que el artista dispone en ensamblajes en los que recicla los materiales tratados por el tiempo. En los últimos años ha incursionado en la fotografía, la cual utiliza como un medio que le permite expresarse haciendo uso de la distancia argumentativa propia de la sintaxis del arte contemporáneo.
Siguiendo esta especie de método arqueológico propio de su trabajo, Asprino empezó a recolectar, difícilmente y venciendo las estrictas normas de seguridad del proceso comicial, las servilletas manchadas. Su idea inicial se basó en la mancha como paisaje, teniendo en mente las experiencias de Yves Klein y su trabajo con cuerpos de mujeres que pintaba y hacía que se frotaran para que produjeran manchas en el lienzo.
Posteriormente, el mismo trabajo del desecho y la recolección dio pie a otras experiencias, como la del video y la fotografía. El hecho de que el artista presentara fotos de las servilletas, y no las servilletas mismas, impone una distancia que potencia la segunda lectura de esta instalación.
Por otra parte, en el video que forma parte de la obra se muestra, reproducida en estudio, una papelera de un salón de votación. Valiéndose de los recursos de la tecnología, el artista reproduce los sonidos y la imagen en close-up de la papelera. Vemos cómo poco a poco las servilletas manchadas van cayendo y aglomerándose. Este acto, tan simple y cotidiano, se ve agigantado por el tiempo impuesto por la toma, la edición y el sonido, elementos que otorgan otra dimensión a este hecho casual. La obra cobra entonces una segunda lectura, haciéndose política. Pero la tesitura artística de Asprino nunca ha sido directa, sino más bien poética e intimista. Su acercamiento a los objetos redunda en lo memorioso. Su amor al desecho no tiene nada que ver con lo ecológico, sino con el recuerdo y con lo que el tiempo deja en nuestras almas. Por eso, su comentario político va a lo interior: de allí su interés en la huella como paisaje, quizás como paisaje del alma de los individuos que conforman un país, donde la política está hipertrofiada, y donde parte de nuestros sueños y esperanzas han quedado impresos en estas servilletas teñidas de añil.
Es por esto que Antropometrías indelebles está absolutamente inscrita dentro del contexto político venezolano, y elabora también un hondo comentario al hecho de votar visto desde esa perspectiva íntima y personal. Lo que decidimos, lo que esperanzamos, las emociones que, en este singular ambiente, se mueven dentro de nosotros y que, seguramente, dejarán también su impronta en una servilleta, un trozo de papel que ya no es un simple adminículo higiénico, sino que se ha convertido en un plano donde dejamos la impronta de nuestro “querer ser”.
KATHERINE CHACÓN
