Ha sido común el que arquitectos se dediquen a la actividad artística convertidos específicamente en escultores, cuestión lógica por ser ambas disciplinas capitalizadoras del espacio imaginado y de aquel que corresponde a la realidad del hombre. Vicente Antonorsi (Venezuela, 1952) es uno de ellos; arquitecto de profesión y escultor por vocación, ha tenido como guía un genial interés en la exploración e investigación de materiales un tanto inéditos, en especial aquellos que pueden propiciarle destacar sutiles texturas y una belleza natural para construir una obra abstracta, tanto en forma como en concepto, y que difícilmente podría encasillarse en alguno de los “-ismos” conocidos de las vanguardias históricas. Desde los inicios de escultor, su trabajo tridimensional gira alrededor del hombre, lo identifica con un mundo real que inventa, prefigura y representa, es decir, siempre presente en la arquitectura; por ello, no es casual que declarase a propósito de esta exposición en la Galería La Cuadra que “el concepto arquitectónico inunda mi trabajo, y en este momento hay una sensación, una especie de mezcla o amalgama que hace que mis obras, o vengan de la arquitectura, o vayan hacia la arquitectura”.

La trayectoria de Antonorsi podría considerarse corta pero intensa. Participa en exposiciones colectivas desde finales de los noventa; las individuales las inició en 2001; hasta hoy suman ocho. En este lapso de tiempo se comprueba la cantidad de ideas que emergen de una mente, un pensamiento y “procesos mentales” perfectamente organizados. Su interés por una gran diversidad de materiales se remonta a sus etapas formativas; importante fue la exposición Acumulaciones (2007), de estética y belleza sublimes representadas en obras “construidas” precisamente a partir de la acumulación de elementos orgánicos propiciatorios de una variedad de figuras plásticas y fuertes cargas cromáticas, basándose sólo en la utilización de diferentes tipos de maderas, de semillas de chicón, aceituno, paraparas, tagua, pepas de zamuro, gres, de fibra de moriche y cordones de algodón, para producir obras que podrían calificarse de barrocas en su apariencia visible. Esos bellos “amasijos” barrocos posteriormente fueron reducidos a formas geométricas simplificadas, “arquitecturas” de esta exposición de 2012, acompañadas de nuevos materiales: acrílico, baquelita, mármol, vidrio y piezas de Lego. En este momento el artista Antonorsi consolida su lenguaje geométrico minimalista que venía caracterizando las obras de sus últimas exposiciones.
En su trabajo reciente es tema protagonista la estética del sencillo y creativo cubo y del cuadrado inventados por el hombre. La mayoría son construcciones resueltas a partir de láminas de madera contraenchapada con perforaciones siempre en ángulos, ensambladas y superpuestas, que originan variadas configuraciones geométricas, misteriosas en sus vacíos y sus llenos, en sus perspectivas interiores y exteriores, generando complejidades artísticas que oscilan entre lo bidimensional y lo tridimensional. En unos casos, es el juego de varios cubos que podría ser la multiplicidad formalista, tanto en los de vidrio como en las piezas de Lego. Aquí el significado no es evidente; tiende más a lo críptico en la austeridad del cuadrado y del cubo; no hay artificios ni decoraciones que lleven la mirada a caminos que no sean el propio de la obra misma, caminos resueltos en lo contemplativo y en las interrogantes sobre los misterios de la interioridad del Ser. Se trata de un asunto más filosófico que semántico, resuelto en la simplicidad de una señal visible dada en “arquitecturas” que definen un “algo” que en definitiva interesa al artista. Sólo las superficies texturadas radicalmente apreciables –como la veta de la madera o las imperfecciones del vidrio, así como las asimetrías en el “arreglo” de las superposiciones de las láminas de madera– son parte del rigor del estilo tridimensional de un artista que glorifica la sencillez de la forma minimalista y valoriza el intelecto como parte fundamental del hecho creador vertido en un “objeto” que representa un conocimiento universal a partir de la concisión de dos formas geométricas. Esta obra de Antonorsi recuerda La columna sin fin de 1937 de Constantin Brancusi: la obra no tiene fin; por tanto, se multiplica al infinito.
BELGICA RODRÍGUEZ
