La exposición de Roberto Diago Durruthy –primera individual en Nueva York–, titulada Entre líneas, implica varias lecturas para el espectador.
Además de remitir a la existencia de líneas en cada obra, a primera vista parece una exposición en la que predomina la abstracción geométrica, y el conjunto crea en la galería un ambiente de orden y abstracción, pero hay un algo en suspensión que no es geométricamente rígido. Las obras se imponen a la par pero van generando una suavidad que invita a averiguar de qué elementos proviene. En un total de diez y nueve trabajos en técnicas mixtas predominan los verticales –de 1,30, 1,70 y 2 metros de altura–; sólo hay tres horizontales de 1 x 1,30 m. Son grandes paneles en blanco, negro, rojo y arena que habitan la galería. ¿Qué sucede dentro de esos formatos pautados por ángulos rectos? A medida que se ven las obras bien de cerca, la trama adquiere presencia y van refiriendo el proceso que a la distancia no se percibe. En algunos sitios, a esta tela de las técnicas mixtas usadas por el artista, se le llama “tela de manta”; en otros, “gasa de hilo no industrial”; en otros, se le dice “arpillera”, y podríamos citar más denominaciones, pero lo que importa es que a través de esta trama abierta, el autor “deja traslucir” el soporte al ojo del espectador y refiere un proceso meticuloso, haciendo de la malla un paso de decantación de los elementos figurativos que ya no incluye, y a los que sólo alude en aquellas obras habitadas por un crescendo de pigmentos negros y rojos.

Roberto Diago es un artista cubano que está buscando y aportando en esta etapa imprescindible. Los grandes artistas visuales insulares ya produjeron sus creaciones, sus gritos, sus nuevas maneras, con instalaciones, relieves, pinturas, y demás, en los que la Isla se expresó en una estética novedosa, sufrida, expresionista y/o conceptual. Como si las marinas del siglo XIX y de principios del siglo XX hubieran salido de la tela para entrar realmente a las tormentas oceánicas y éstas revelaran lo social y lo político. No negamos que se ha disfrutado intensamente de esas voces cubanas –y de artistas de otras zonas del Caribe–; sus creaciones han abierto nuevos caminos en las artes visuales de los últimos treinta años. Y éste es el momento para que la nueva generación –considerada generación en cuanto concepto, no en cuanto edad– brinde otras visiones. Hay quienes lo están haciendo en medio de las búsquedas que prevalecen. Indiscutiblemente, es muy difícil decir algo intenso luego de los referentes de José Bedia, Luis Cruz Azaceta, Ana Mendieta, Carlos Garaicoa y Los Carpinteros, por sólo nombrar artistas cubanos.
En el caso de Roberto Diago, el interés por lo afrocubano ofrece un vector intrínseco, interpretado desde la trama de líneas que se entrecruzan mostrándose en su estructura. El artista presenta una propuesta por considerar en su trabajo sintético. Antes, en su obra de hace cinco a diez años, se advertían de manera más evidente las técnicas mixtas más rústicas, las composiciones con organización compartimentada, el uso simultáneo de lo plano y la perspectiva, así como la caracterización de flores que recuerdan plumas indígeno/rituales. En ellas también aparecía un frecuente manejo de pequeños toques de pincel que anteceden a la trama de las telas en las actuales técnicas mixtas. El color negro siempre presente en sus semifiguraciones. Todo eso ha ido quedando en otra etapa. Ahora, una pulcritud altamente cuidada reviste los trabajos en Nueva York.
Diago, como se le suele llamar, introduce en esta exposición una serie que tiene algo de la musicalidad heredada de su familia. El conjunto de la exposición puede verse como escalas cromáticas del blanco típico caribeño al arena geográfico, con algunos materiales como cañas de bambú y ataduras, hasta llegar al negro de la noche oceánica, de la riqueza de la piel oscura, del ritmo afro, sin excluir el rojo de los sacrificios. Hay que comprender que este artista es un primitivo contemporáneo, matérico, que ahora resuelve desde una perspectiva extra instalacionista y transpictórica. La narrativa figurativa y semifigurativa desaparece en estas obras para dejar lugar a los rastros. Decanta lo ritual en estas pinturas de ascendente minimalista, impecables, ascéticas, que esconden pasiones de deidades biculturales. En este enfoque de lo primitivo contemporáneo, la pureza –como día– y las tramas con negros y rojos –como noche, sacrificio y pasión– dan nuevas opciones visuales. Las raíces afrocubanas, las religiones y las deidades que él cita –Abakua y Changó, entre otras– conviven en la intensidad monocromática, bitonal y tritonal.
Las obras más intensas y logradas son las negras y rojinegras. En éstas se mantiene el artista en su expresionismo originario, como el de las maderas que usó años atrás. En esta exposición expresa una ruta de tensión que no ignora dos polos: las decoraciones tribales de rayas y la existencia de la pantalla digital. El artista concibe varias de las obras con alusiones a dípticos y trípticos acentuando la experiencia de que todo conlleva un proceso en el tiempo.
GRACIELA KARTOFEL
