Esta es la segunda vez en la que Gerardo Mosquera es curador de PhotoEspaña –el festival anual de fotografía de Madrid–, y como en la primera vez, los resultados de su trabajo han sido francamente satisfactorios. Tanto por la calidad de un porcentaje significativo de las obras exhibidas como por el tamaño mismo del festival: 81 exposiciones, entre individuales y colectivas, que enseñan imágenes captadas o generadas por más de cuatrocientos artistas que viven y trabajan en las cuatro esquinas del planeta. Las cifras pueden resultar abrumadoras pero no lo son tanto cuando se piensa que la ciudad dispuso de suficiente tiempo entre junio y julio para visitar el festival, y que un festival de fotografía, por más extenso que sea, contará siempre con el fervor o por lo menos el interés y la curiosidad de los fotógrafos aficionados. Que hoy somos prácticamente todos, debido a que las cámaras fotográficas son más accesibles y portátiles que nunca, hasta el punto que no hay teléfono móvil que no lleve incorporada alguna. Las cámaras nos tienen en la actualidad tan agarrados que difícilmente podemos imaginar algún acto de nuestra vida, por muy insignificante que sea, que no sea fotografiado. De allí la preeminencia de la fotografía en la cultura visual contemporánea, a la que sirve incluso de modelo o paradigma, si es que hemos de dar crédito a Sergio Mah, el curador portugués que antecedió en la dirección del festival a Mosquera, y que durante las tres ediciones que curó insistió siempre en el concepto de “lo fotográfico”, convencido de que la forma como la fotografía concibe y genera imágenes de la realidad es la matriz de la forma como lo hace el resto de los medios y los lenguajes visuales contemporáneos. Él llegó incluso a incorporar ampliamente el videoarte al programa del festival, en un esfuerzo para demostrar la validez de su tesis.




Mosquera no reniega de ese legado pero ha preferido en esta oportunidad poner de nuevo el acento en la fotografía en sentido estricto, probablemente convencido de que esta encierra tanta diversidad y tan ricas posibilidades técnicas y expresivas que se basta y se sobra para llenar festivales especializados que hagan falta, sin incurrir jamás en la repetición monótona.
Como lo demuestra esta edición de PhotoEspaña, donde ha sido tal la diversidad y la riqueza de lo expuesto que difícilmente el conjunto puede ser reducido a una síntesis, y menos que menos a un denominador común. El contraste entre las obras de dos de los fotógrafos expuestos trae a la luz esta heterogeneidad irreductible. El primero es Toni Catany, un fotógrafo español muy reconocido y de dilatada trayectoria profesional, que en la galería Blanca Berlín, y bajo el título muy sugerente de Archivo de sombras, expuso seis porfolios, uno de los cuales está dedicado a la arquitectura religiosa del período colonial que todavía sobrevive en México. Las imágenes son de una extraordinaria calidad pictórica y de una sugestiva exploración de los matices del negro y los grises que hay que atribuir en buena parte al uso de la técnica del platino/paladio, que fue muy popular entre los fotógrafos pictorialistas de finales del siglo XIX e inicios del XX, y que en los últimos años ha sido recuperada por fotógrafos deseosos de acercar de nuevo sus obras a la pintura, en vez de rechazar cualquier vínculo con ella. En las antípodas de esta opción está Reality TV, una nutrida serie de fotografías de Guadalupe Casanovas, una norteamericana de origen dominicano, que hacen parte de Esquizofrenia tropical, la exposición colectiva de fotógrafos latinoamericanos celebrada en las salas de exposiciones del Instituto Cervantes en Madrid. La factura de estas imágenes también es compleja, pero de una complejidad muy distinta de la que pone en juego el uso del platino/paladio. Lo que ha hecho Casanovas es fotografiar de tal modo las pantallas de televisión en funcionamiento que las convierte en espejo donde se reflejan quienes las están viendo. El resultado es, en cada caso, una suerte de collage visual en el que se superponen y confunden las imágenes emitidas por la televisión con las de las personas comunes y corrientes que están siguiendo atentamente desde el salón de sus casas. Si en las fotografías de Catany domina un silencio crepuscular, sacro, si se quiere, en las de Casanova se impone el tumultuoso ruido mediático de nuestra época. Las unas son una convocatoria a la introspección inefable, y las otras, un revelador documento de época.




Pero en realidad hay otras vías de acercamiento a la radical heterogeneidad, ya no digamos de PhotoEspaña, sino del actual ámbito fotográfico internacional. Y es la que opta por inventariar la multiplicidad de intereses y de temas divergentes perseguidos hoy por los fotógrafos en todo el mundo. En las salas de exposiciones del Jardín Botánico hubo una exposición titulada Espacio compartido, que es fruto de un programa de fomento de las artes del Bank of America Merrill Lynch, y que mostraba obras de varios de los artistas de la fotografía más reconocidos de la escena artística internacional: Edward Burtynsky, Gregory Crewdson, Philip-Lorca diCorcia, Gunther Förg, Andreas Gursky, Jitka Hanzlova, Shirin Neshat, Gabriel Orozco, Thomas Struth, Sze Tsung Leong o Massimo Vitali. El propósito de esta muestra era –según el texto de la guía del festival– ofrecer, como si fuera una cápsula del tiempo, un “retrato” de lo ocurrido en el mundo desde la caída del Muro de Berlín hasta nuestros días. Y claro que algo de este propósito se lograba gracias a la fotografía de Gursky de los exteriores de una fábrica de lo que todavía era la RDA, como también a las del proyecto de la presa de Las Tres Gargantas en China de Burtynsky; la de Raghubir Singh de un puesto de venta callejero de espejos; la del mitin religioso en un gimnasio de Los Ángeles de Vitali; la de DiCorcia de la Ópera de Garnier en París; la de Struth de la aglomeración de visitantes en una de las salas del Museo L´Hermitage de San Petersburgo, o la de Orozco de un restaurante campestre mexicano emplazado al lado de un río, y en el que se entrecruzan las mesas y las sillas con largas filas de ropa colgada. Pero la pretensión de captar lo más representativo de la globalización acaecida en el mundo en el último cuarto de siglo se quedaba en poco cuando se contrastaba esta exposición con el resto de las colectivas del festival, cuyo recorrido dejaba la innegable impresión de conjunto de que la heterogeneidad del mundo hoy es literalmente inabarcable. Y la convicción de que si de ese hecho podemos darnos cuenta de una manera directa e inmediata, es gracias a la fotografía. De esas colectivas ya mencioné Esquizofrenia tropical, que reunía trabajos de dieciséis artistas, seleccionados entre los que participaron en sesiones de visionado de portfolios el año pasado en Valparaíso, La Paz y Santo Domingo. Y que en conjunto ofrecía una imagen de América Latina en la que se destacan ángulos y aspectos poco conocidos o poco frecuentados por los fotógrafos. Igual impresión transmitía La tierra más hermosa. Cuba, un homenaje a la isla y a su gente, rendido por once de los más importantes fotógrafos españoles contemporáneos; entre ellos, José Ramón Bas, José Manuel Castro Prieto, Toni Catany, Alberto García-Alix, Cristina García Rodero, Ángel Marcos, Enrique Meneses e Isabel Muñoz. La exposición Asia Serendipity –curada por el japonés Fumio Nanjio, gracias a una invitación del propio Gerardo Mosquera– contribuyó igualmente a componer una imagen caleidoscópica del mundo ofreciendo imágenes inesperadas de un continente cuya realidad, como la del resto de los continentes, se ahoga en los tópicos. Lu Yao de China expuso un conjunto de fotografías digitales que son interpretaciones de las tradicionales pinturas chinas de paisajes. El hindú Pushmapalan optó por fotografiar la puesta en escena de su propia versión del Regreso de la mujer fantasma, uno de los productos más sonados del llamado Bollywood. Y el japonés Yuki Aoyama se centró con sus fotografías en un ícono sexual característico del Japón contemporáneo: la colegiala de uniforme.




El chino Huang Du fue el otro curador asiático invitado por Mosquera para intervenir en esta edición de PhotoEspaña. Él fue el responsable de la colectiva Ansiedad de la imagen, realizada en la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid. Si Asia Serendipity tenía un punto de fábula o de cuento fantástico, que como la chiripa nos alivia de la carga del destino, esta exposición, en cambio, respondía al carácter existencialista de su título con la reunión de imágenes muy duras de los aspectos más duros de la realidad, tal y como los mismos se presentan ahora en China, en Taiwán, en Corea, en Medio Oriente o en África. Y tal y como, además, han sido captados por catorce artistas, todos nacidos en esas regiones del mundo, con excepción del italiano Matteo Basilé, la checa Eugenia Raskapoulos y el suizo Daniel Schwartz. Adentro de este dispositivo potencialmente angustiante había dos obras contrapuestas que, comparadas, resultan reveladoras. El artista chino Mia Xiaochun presentó Desilusión, un video con animación digital 3D, cuyo propósito desilusionante era eclipsado por la formidable capacidad de sugestión de sus impresionantes imágenes. El artista coreano Lee Yonbaek, por su parte, caracterizó esta dialéctica entre ilusión/desilusión interminable y la mostró en términos casi algorítmicos en su videoinstalación sonora El espejo roto. En ella, un espejo se rompe delante de otro espejo, que inmediatamente después refleja el momento en el que el espejo roto se vuelve a recomponer milagrosamente. El espejo es el ámbito por excelencia de los reflejos, las imágenes y los espejismos de los que, sin embargo, jamás podremos librarnos –viene a decirnos Yonbaek– porque la rotura de un espejo no supondrá el fin de los mismos porque siempre habrá un espejo dispuesto a transformar esa rotura en reflejos.




Hay que mencionar entre las muestras colectivas a The Factory, una gran exposición de fotografías de distintos autores, todas realizadas in situ, en la época en la que este legendario taller de Andy Warhol estaba en pleno rendimiento, y que Edie Sedgwick sobrevolaba como la más angelical entre todos los ángeles que allí solían juntarse. Se celebró en el Centro Fernán Gómez e incluía un video de documentación, con largas citas de los videos y las películas de Súper 8 que igualmente se hicieron allí. Y desde luego, El fotolibro latinoamericano, una muestra realizada en las salas de Ivory Press verdaderamente ejemplar porque exponía los resultados del trabajo de un grupo de investigadores, encabezado por Horacio Fernández, que ha dedicado varios años a la tarea pionera de reconstruir la historia del fotolibro en nuestro continente; un género al que solemos prestar poca o ninguna atención y que sin embargo está representado a lo largo de esa historia por auténticas joyas. Como El rectángulo en la mano del chileno Sergio Larraín, Amazonía de la brasileña Claudia Andújar y de George Love, y desde luego, Fotografías, el legendario libro que su autor, el colombiano Fernell Franco, ordenó destruir, insatisfecho con la calidad de su impresión.
En el capítulo de las exposiciones individuales también hubo notables ejemplos. La más sobresaliente, probablemente, fue la del cubano Carlos Garaicoa, quien en las salas del ICO, y bajo el argumento de la fotografía como intervención, expuso una auténtica retrospectiva de veinte años de trabajo, en los que la fotografía ha tenido un papel decisivo; la comisaria fue Lilllebit Fabraga. Otras individuales importantes fueron la de la española Lara Almarcegui –Madrid subterráneo–, en el Centro 2 de Mayo de Móstoles; la dedicada a la relación del colombiano Leo Matiz con la música, en la galería Feijoo Fine Arte, y las dedicadas al paisaje: la de española Amparo Garrido, en el Museo Romántico; la de la finlandesa Nanna Hännien, en la galería Cámara oscura, y la del español Manuel Vilariño, en el Círculo de Bellas Artes. Notables también Native, la serie de fotografías que son fruto del regreso de la brasileña Mona Kuhn a los temas de su país; la nueva serie de retratos del francés Pierre Gonnord, en la galería Juana de Aizpuru, así como el conjunto de fotografías de la chilena Paz Errázuriz, incluida en la colectiva Aquí estamos, curada por Gerardo Mosquera y realizada en el Círculo de Bellas Artes.
Gerardo Mosquera, finalmente, fue el curador de la extraordinaria serie que el italiano Daniele Tamagni ha dedicado a los Caballeros de Bacongo, una fratría de varones centroafricanos que cultivan un dandismo que mezcla la ropa de las grandes firmas internacionales con una interpretación muy audaz y desinhibida de la moda.
CARLOS JIMÉNEZ
Crítico de arte y curador independiente.




