Al visitar el espacio del la fundación Teatro Odeón en Bogotá, que conocí hace varias décadas cuando era la sede del Teatro Popular de Bogotá (reformado en pleno auge del llamado Posmodernismo, con todos sus tics formales, su historicismo de pastillaje y su mal entendido contextualismo), lo único que pude pensar fue: la ruina lo dignifica todo. Años de abandono y deterioro le han dado a este espacio un cierto aire de grandeza; su carácter de pastiche histórico y sus pretensiones grandilocuentes de moda en los ochenta se cayeron, junto con las molduras de yeso y los pañetes en colores pastel, dejando un cascarón en cemento que posee la magnificencia patética de una ballena encallada en tierra. Este es el magnífico escenario para la más reciente exposición del artista bogotano Miler Lagos, titulada Rompimiento de gloria. Las obras presentadas por Lagos son el resultado de una residencia en uno de los lugares menos visitados por el arte: el Ártico. La residencia fue organizada por Astrid Bastin, curadora y gestora cultural colombiana, quien maneja AB Projects en Toronto (Canadá).
Lagos permaneció casi un mes cerca de Coppermine Town, y desde esta base hizo varias excursiones a puntos específicos de este inhóspito y solitario territorio. En una de ellas, realizado en un hidroavión, Lagos sobrevoló la costa desde el círculo polar ártico hacia el norte. Antes de iniciar el viaje, Lagos fijó una cámara de video a uno de los pontones del avión; la cámara tomó casi media hora, desde el despegue hasta la parte de la travesía, cuando el extremo frío la congeló, y dejó de funcionar. El resultado es un film de 15 minutos, sin corte o edición alguno.

Cabe decir que un paisaje tan sublime es a la vez una fortuna y una maldición para un artista: una belleza tan perfecta, tan serena y tan presente hace difícil encontrar un enfoque nuevo que no caiga en el clisé. Lagos es ante todo un escultor, y esto es palpable en la forma como se enfrentó al problema. Las series fotográficas y de video sobre el hombre-Caribú, uno de los relatos fundacionales de los Inuit, muestran túmulos de piedras adornados con astas de estos enormes cérvidos, monumentos llamados Inuksuit (“que semeja un humano”), que para los Inuit son sitios de referencia, veneración y peregrinación. Lagos muestra la forma escultórica frente al paisaje que cambia, como una manera de contraponer mito y territorio, sugiriendo que hasta los lugares más remotos son habitados por alguien, y que ese alguien ha concebido formas de significarlo. Una de las piezas más bellas de la exposición, el video Skipping Stones, muestra un gran lago en completa calma, momentos antes de que amanezca. Lo único que turba la tranquilidad de este espejo impoluto y oscuro es el viento, que por momentos crispa las aguas y les da una tersa textura. Pero en un momento dado, aparecen sucesivas manchas negras, y cada una genera ondas concéntricas. Esto se repite periódicamente, y en diferentes lugares de la superficie del agua. Como el video es silente, sólo luego de unos momentos entendemos que se trata de piedras que han sido lanzadas por el artista desde la orilla (de manera rasante, como en el popular juego que en Colombia llamamos “pan y quesito” o “haciendo sapitos”). Lagos quiebra lo sublime a través de una evocación de la infancia y del juego, pero el resultado no es gracioso sino grave, conmovedor. Al llegar a montar sus piezas en el Odeón, Lagos buscó espacios adecuados para cada una de las proyecciones y series fotográficas. En el momento de decidir dónde instalar el video tomado desde el avión, se percató de que la sala principal de lo que fuera el teatro, ahora en ruinas, carece de sillas o escenario, y que las cornisas de yeso terminan en el punto en donde alguna vez estuvo el cielo raso, dejando que la mirada se pierda en la profundidad de la tramoya. Lagos recordó los cielos pintados en los techos de muchos edificios del Barroco, en donde la falsa perspectiva y el trompe l’oeil sugieren una apertura al infinito, hacia un espacio metafísico. A este dispositivo pictórico se le denominaba “rompimiento de gloria”. Lagos reemplazó el cielo raso con una tela translúcida y proyectó el video desde el suelo. El efecto es sorprendente; la pieza se experimenta desde diferentes ángulos, pues es posible acostarse en lo que alguna vez fue el escenario, o subir varios pisos y verla desde el balcón. Incluso había la posibilidad de subir aún más y situarse sobre el puente de la tramoya para mirar el video desde encima, como si se viera desde un avión. Lagos realiza una exposición que es a la vez sutil y contundente, que dialoga de manera magistral con el lugar que acoge la muestra.
JOSÉ ROCA
