Exposición Individualdic 2012 - feb 2013· Por Carolina Lara

Matilde Pérez

Sala Fundación Telefónica

Desde sus inicios, Matilde Pérez (1917) ha sido un caso especial dentro de la escena del arte chileno: a fines de los años cincuenta, integró el grupo Rectángulo (luego llamado Forma y Espacio), vanguardia de la abstracción geométrica en el país. Sin embargo, pronto se marginó, queriendo ir más allá del cuadro. En los sesenta se trasladó a París, donde llegó al taller de Víctor Vasarely. A su regreso, intensificó sus investigaciones en arte cinético, convirtiéndose en pionera local de esta tendencia, trabajando nuevas materialidades y formatos, collages, esculturas en acrílico o metal, murales y obras en el espacio público, así como objetos móviles y luminosos, experimentando también con el uso de electricidad, todo en un contexto resistente a lo nuevo.

Siendo a la vez docente, su aporte no tuvo el reconocimiento debido sino hasta 1999, cuando el Museo Nacional de Bellas Artes le dedica una gran exposición, Ojo móvil.

Exposición Individual: Matilde Pérez — imagen 1
Matilde Pérez. Vertical II, 1978. Óleo sobre tela. 116 x 82 cm. (45 ½ x 32 ¾ pulgadas). Colección Museo Nacional de Bellas Artes.

Durante los años 2000, su presencia alcanzó grandes escenarios más allá de nuestras fronteras. En 2006 integró el envío chileno a la Bienal de Mercosur (Porto Alegre, Brasil) y en 2007 participó en Lo(s) Cinético(s), importante muestra en el Museo Reina Sofía de Madrid. Mientras que en 2011 su obra recorrió individualmente varios espacios de Europa. En Chile, su trabajo ha circulado por varias galerías, eco de una especie de boom del arte cinético que ha habido especialmente en el mercado internacional, revalorizándose los aportes de otros latinoamericanos, como Julio Le Parc, Carlos Cruz- Díez y Jesús Rafael Soto.

La exposición en la Sala Fundación Telefónica, Matilde x Matilde: espacio móvil, la encuentra luego de un homenaje que le rindió en junio la Feria Pinta Londres. Curada por Ramón Castillo tras una investigación de dos años, es un acercamiento a su obra, y la muestra más grande que se ha hecho a la autora, que a sus 95 años sigue investigando, aprovechando incluso la oportunidad de viajar cada vez que se abre una exposición suya dentro o fuera del país. Toda una personalidad es Matilde Pérez, portadora de una obra de gusto unánime.

A través de collages, pinturas, objetos cinéticos, videos documentales, material de archivo, y la reconstrucción a escala de una obra emblemática, Túnel cinético (1970, Instituto Chileno Norteamericano), es posible descubrir sus obsesiones, estrategias y procesos de trabajo. En sus bocetos en papel milimétrico se develan signos que representan formas y colores, siendo una suerte de mapa en clave o un código secreto.

Una sección retoma la producción anterior a la geometría, cuando estaba aún ligada a la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Chile, donde estudió, y a la pintura figurativa. Pieza clave aquí, muestra el tránsito hacia la simplificación de las formas, Las sillas (1953), donde el motivo se repite descontextualizado en un juego plástico que destaca también en el ritmo.

A través de un trabajo insistente con la ilusión óptica y el movimiento, con la abstracción, el color, la luz y la sombra, la artista genera sensaciones de tránsito. Importa además incluir al espectador en esos viajes perceptuales que reformulan la experiencia de la obra en cuanto tiempo y espacio.

Hay imágenes que repite una y otra vez. Como una suerte de círculo integrado a un cuadrado o rombo, formas dentro de formas seccionadas que se confunden en el movimiento virtual y que reconstruye a través de collages, grabados y pinturas, utilizando madera o cartones troquelados, acrílicos sobre acrílicos, plásticos o espejos, o bien en objetos cinéticos, variando también las gamas cromáticas. Sin dejar de maravillarnos por la capacidad de análisis, la rigurosidad del estudio y la manera milimétrica de estructurar los elementos para lograr su objetivo, a ratos surge también la pregunta sobre cuánto hay de fórmula en estos ejercicios, que –creemos– debieran ser más que síntesis y movimiento, más que la tensión entre artesanía con tecnología, o la relación entre arquitectura y diseño.

Queda resonando el título de una revista de los años sesenta que, en una vitrina a la entrada de la exposición, se pregunta, contextualizada en el surgimiento de las nuevas tendencias abstracto geométricas: “Op, Pop, ¿Arte? ¿Bluff?”.

En la experiencia del túnel es posible una clave. El análisis exhaustivo en la estructuración de formas, colores y materiales produce a ratos ciertos efectos lisérgicos que cambian la percepción de lo visible hacia una nueva dimensión. Esa imagen del cuadrado dentro del círculo y dentro del rombo, que se combinan en moléculas alineadas como un mandala minimalista, recuerda de pronto la idea del cubo abierto del surrealista Roberto Matta, una obra de arte total con diversos módulos que incluyen todas sus morfologías psicológicas e introducen al espectador en un universo multidimensional.

CAROLINA LARA B.

Matilde Pérez, por Carolina Lara | artnexus