Redonda. Esta palabra define la exposición de Leandro Katz en la galería neoyorquina. Y si no se definiera como redonda, podría decirse notablemente eslabonada. Por las obras, y debido a la selección conceptual/documental, uno se encuentra en una presentación de nivel institucional. Prevalece ese criterio, aun cuando fue el galerista quien realizó la selección y fungió como curador. Se destaca una línea que atiende al concepto comercial desde el ángulo de ofrecer a los coleccionistas compras sólidas, documentales, que incitan a la reflexión, y orientarlos hacia ellas. No es una exposición basada en el prestigio del artista –que lo tiene pero no lo ostenta–, sino en el alcance intrínseco de las obras y la consideración de hitos en el territorio transdisciplinario de los setenta, al cual Faria se viene dedicando. El espectador entra a una exposición para nada reducida en cantidad de obra, impecablemente montada, con una museografía motivacional y envolvente. Según por donde uno comience, puede creer que es una retrospectiva, y en cierta medida lo es, pero no es concebida como tal. Las fechas abarcan de 2012 a 1972, con la salvedad que el trabajo de Leandro Katz se caracteriza por el reciclarse de lo acabado, a muchos años de distancia, con objetivos tecnológicos, estéticos y arqueológico-fílmicos. La exposición –en blanco y negro, y en otros colores también– integra tiempo, azar, registros de movimientos.

Introducidos en la exposición, conviene citar información importante acerca del autor, quien ha labrado su camino geográfico, de investigación, estético y arqueológico latinoamericano-neoyorquino desde su Buenos Aires natal hasta residir muchos años en La Manzana, y regresar a su país de origen. Convendría agregar que Leandro Katz es un ejemplo de lo que llamo “la raza nómada”. En su caso –como acontece con la Luna–, la luz que alumbra una zona pone en penumbra la otra faz del mundo. Él, mientras tanto, registra en fotografía, súper 8, 16 mm o video digital (medios modernos, y otros tecnológicos), o sea, abarca dos tiempos de la imagen reproducida en un laberíntico entramado de ver y rever más adelante. Cual si fuera arqueólogo, ha analizado la América Latina natural, urbana, política, humana, en trabajo de campo. Años después –con pocas referencias–, recicla sus propios jeroglíficos. Es por esto que varios trabajos tienen dos fechas muy diferentes, por ejemplo Lunar Alphabet (1978/2012), Lambda Prints, veintisiete fotografías en lambda; y 12 Moons (and 365 Sunsets) (1976/2012).
Me interesó saber de dónde venía su afán por la Luna, a lo que Katz respondió: “De mi interés en las culturas antiguas y la emergencia del lenguaje. Especialmente de mis estudios y mi admiración por las culturas precolombinas, los Mayas en especial, y sus jeroglíficos. Seguí muy atentamente durante años las investigaciones que intentaban descifrarlos”. En cuanto al lenguaje, recordemos que ha escrito poesía. Y si pasamos a sus observaciones de “los cuerpos y las miradas” en las tomas de “[…] esa pequeña multitud esperando cruzar la calle, que tomé durante una tarde en Santiago de Chile […]”, y que integran su instalación Las horas, la exposición vuelve a adentrar al espectador en el laberinto precolombino que el artista trata de descifrar una y otra vez. Las horas es una realización multidisciplinaria: fotografía, pastel seco sobre papel, luz LED, soportes y recortes. Estar frente a la instalación confirma la relación con los días y las horas, con el paso del tiempo de diversas maneras. Y se logra percibir dos laberintos conjugados al unísono que se acercan y se separan, según donde se vaya desplazando el espectador que la recorre.
Se percibe que en Las horas habita un delgado hilo de tragedia que aparece en todo el hacer de Leandro Katz. No podía ser menos para quien nació en Argentina, ergo, en Latinoamérica: no se necesitan mayores explicaciones que recordar las historias nacionales. Un análisis de la constancia del autor por el autorreciclaje, también podría originarse parcialmente allí, en esas tragedias de las que, encontrado algún vintage, se le quiere salvar, releer, revisar. Como si salvarlo recuperara las vidas. Esas reencarnaciones de tiempo y materiales interactúan en toda la exposición. En el montaje de la exposición hay una significativa articulación de contiguos, algunos pares de obras que se puede resumir en el análisis del movimiento industrial y humano, o bien, la libertad del uso videístico, mientras se lee una carta muy solemne para tratar un tema intrascendente.
Secuencia, serie, contigüidad, funcionan como el investigador que sigue huellas. En estas obras, la idea de módulo no tiene valor, por la forma y la repetición como tal, sino más bien como una concepción humanista. S(h)elf Portrait (1972), impresión de cincuenta fotografías en proceso plata-gelatina, es una instalación fotográfica, así como una biblioteca que registra el paso del tiempo. De S(h)elf Portrait emergen varios vectores propios de la obra katziana. El uso del lenguaje y la aplicación al mismo del juego-investigación. El tiempo inserto en la obra –como en todas las suyas–: mirar, ver, correrse, para abarcar, por ejemplo, cincuenta fotos implican temporalidad. Y establecer el vínculo con la faceta de David Hockney a fines de los setenta, cuando, además de pintar y hacer escenografía, exploraba a través de la fotografía, al considerar que el cubismo tenía aún para expandirse como un movimiento que aún no se ha agotado.
GRACIELA KARTOFEL
