La obra de Germán Botero se reclama heredera de esa tradición del arte minimalista y el Land art, donde las formas arquitectónicas y escultóricas generan una diálogo directo con el paisaje: el trabajo en pequeña escala (algunas de sus obras podrían perfectamente considerarse como maquetas de obras monumentales) y gran escala, como las obras que el artista ha instalado por encargo en lugares como Guilin y Changchun, en China; Guardalavaca, en Cuba, y en Seúl, Corea del Sur. Pero más allá de esta filiación plástica, la obra de Botero logra abrir otro horizonte donde un cierto anacronismo le imprime a sus obras una fascinación por la arqueología.
Al observar sus obras expuestas en la Rojo Galería, el espectador se encuentra con pequeños mundos escultóricos que nos recuerdan el intento del ser humano por regular y controlar la naturaleza. Quizá las piezas que más logran materializar esta idea son las tituladas Portal (2010) y El patio de los vientos (2010), realizadas con madera y aluminio. El artista –con maderas que ha recogido cerca del lugar donde él vive desde hace unos años, y que ya han sido esculpidas por la naturaleza, principalmente por las olas del mar Caribe– realiza estas esculturas, donde la geometría es regulada y controlada. Cubos de esta madera, cuidadosamente recortados y encajados, forman un tablero en el que se erigen unas estructuras de aluminio que se convierten en contenedores de trozos de madera, algunos intervenidos sutilmente sin violentar la talla que han realizado en ellos el tiempo y el agua. En la primera pieza escultórica, Botero logra que nuestra mirada se pose en esas arquitecturas metálicas que guardan preciosamente vestigios de madera. En la segunda pieza, el tablero se divide en dos: una parte finamente pulida, y otra donde el color y la madera horadada dialogan perfectamente insistiendo en lo artificial y lo natural, en la intervención de la naturaleza y la mano del ser humano.

Existen otras obras que sin duda no pasan desapercibidas para el espectador, por ejemplo, la que se titula Tumba Indígena (2009), realizada con maderas recicladas. Expuesta verticalmente sobre la pared, esta obra deja ver un subsuelo estriado donde se perciben dos concavidades. Esta “tumba” cuidadosamente encuadrada y enmarcada por cubos de madera, que se armonizan entre sí como la superficie de las otras dos esculturas mencionadas anteriormente, logra generar una cierta tensión que nos recuerda el diálogo en ocasiones difícil entre el pasado y el presente.
Terrazas Tayronas (2007) es otra de las piezas, también realizada en madera, que no pasa desapercibida a nuestra mirada: una serie de cortes cuidadosamente armonizados conforman una topografía similar a la que se encuentra en los alrededores de la Sierra Nevada de Santa Marta, donde aún viven los Koguis, pueblo milenario de guardianes de esa región sagrada donde naturaleza y se humano conviven con respeto y que poco a poco se va transformando en un lugar de explotación turística. Esta pieza nos recuerda los esfuerzos del ser humano por domesticar la topografía, convirtiéndose en vestigios de un pueblo que sin duda quedará poco a poco en el pasado.
Pero existe particularmente una obra en la exposición de Germán Botero que realmente es fascinante, y el público que pudo observarla, sin duda, estará de acuerdo con mi apreciación: Coro (2012) es verdaderamente una pieza maestra. Esta pieza, realizada con semillas de palma, se convierte en una metáfora de la muerte bastante fuerte. Nada más contundente y acertado que el hecho de convertir unas semillas, las cuales en principio son sinónimo de vida, en metáforas de la muerte: esas semillas sutilmente intervenidas se convierten en verdaderos cráneos humanos. Un coro bastante singular donde las cóncavas y bocas de esos cráneos-semillas, formados uno tras otro, uno al lado del otro, entonan una melodía que no podemos disociar de una cierta actualidad: el impacto ambiental y social de las palmas de aceite que han transformado el paisaje y dinámicas culturales, por ejemplo, del Magdalena Medio en Colombia. Donde antes había habitantes, ahora hay grandes extensiones de tierra sembradas de palma de aceite. Extraño coro de cráneos estrictamente formados entonan una melodía silenciosa que perfora nuestro tímpanos, pues, nada más ensordecedor que el silencio.
Esta exposición de Germán Botero nos muestra una obra formalmente contundente, donde el tiempo, el paisaje y el material, como la madera y el aluminio, crean un diálogo armónico, que insiste en reactualizar un pasado, como lo hace un verdadero arqueólogo. Estas obras van más allá de un goce estético puramente visual, donde nuestra mirada se pierde en una ensoñación, como bien podría hacerlo un infante que se ve inmerso en arquitecturas imposibles; tal experiencia se enriquece con la experiencia olfativa del aroma que se desprende de las maderas que constituyen las obras.
RICARDO ARCOS PALMA
