Una búsqueda de diseños y sus significados ha llevado al brasileño/danés Christian Cravo a combinar aparentes opuestos: excavación y edificación, multiplicación y división, lo recordado y lo previsto. Su metodología es tanto un proceso de esclarecimiento como de recuperación.
Después de tres exitosas series de sorprendentes fotografías en blanco y negro que retratan cultos y credos en particular, Cravo continúa evolucionando, entrenando sus lentes en la vida salvaje y los panoramas de África. Al visitar cinco países en siete expediciones, el artista encontró una nueva forma de descubrir material y llegar a los orígenes mismos de la existencia. Con esto, también encontró una nueva forma de recuperar y expresar la espiritualidad.
En su tercera exposición en Throckmorton Fine Art, titulada Shadows & Light, su tema era conocido, aunque eternamente romántico y exótico: bestias salvajes, lechos de lagos primigenios y dunas de arena. Sus elefantes y chitas nos recordaban la fotografía en blanco y negro de Peter Beard. Las imágenes de Cravo eran más íntimas y complejas y estaban realzadas por los cálidos matices del proceso de impresión de platino/paladio.

Las dunas de arena al amanecer, con sus contrastantes tonalidades y sinuosos contornos, nos traían a la mente la delicada elegancia de Edward Weston, y las vistas aéreas del lago Natron nos recordaban los paisajes pioneros de Emmet Gowin.
Basado en esos y otros predecesores (incluidos su padre y su abuelo, que fueron artistas), Cravo desarrolló más a fondo sus propias inquietudes con los lugares y la historia personal. En esta muestra, investigó las configuraciones de la naturaleza y las presentó en un contexto de abstracción. Con estas composiciones abiertamente pintorescas y estos arreglos espaciales estrictamente controlados, la serie reclamaba nuevo territorio.
Un león, rey de las fieras, descansaba sobre el suelo, con la cabeza erecta, mirando hacia la izquierda. Majestad, nobleza, orgullo, confianza y quizás vulnerabilidad: podíamos interpretar estas reconocibles asociaciones en el retrato. Cravo las conjuró todas con su hábil manejo de luz y sombra, lucidez y suavidad, subjetividad y objetividad. El ojo del espectador era atraído hacia el del león, creando una simbiosis. Nuestra mente, de manera intuitiva, reflexionaba sobre lo que el león podría estar “pensando”. En este compromiso, en esta revelación, el artista amplió nuestro concepto de percepción. Nos llevó de la comprensión de la naturaleza a la naturaleza de la comprensión. En forma gradual, nuestra mirada pasaba de la mirada del león a la imponente melena y su miríada de pelos. Allí, el artista distorsionó el enfoque, dándole movimiento y perennidad a la estasis del momento captado. El constructo existencial de “el uno y los muchos” fue sacado a la luz de manera sutil.
Una jirafa, de perfil, recortada para acentuar los flancos y el estómago, conservaba lo suficiente del animal para mantener la coherencia pero dirigía el diálogo hacia el contexto general. Cada segmento irregular estaba delineado en un blanco audaz y desigual. La mayoría de los segmentos tenía cinco lados, aunque algunos tenían cuatro, y otros, seis. La singularidad de cada unidad saltaba a primer plano a medida que el ojo era guiado alrededor del mosaico, contrastando y comparando sin descanso las áreas componentes. Allí, de nuevo, la relación entre el todo y sus partes interconectadas era fundamental.
El recorte de imágenes hecho por Cravo brindó una nueva perspectiva. Una sección de una serpiente y sus repetitivas escamas se convirtió en una barra. Estirada horizontalmente bajo una uniforme luz gris, insinuaba la geometría de una pintura de Mark Rothko. Un primer plano de la dura piel de un cocodrilo cubierta de osteodermos de blindaje desencadenaba una epifanía sobre el tema de la evolución.
Una cebra que llenaba casi todo el marco perdía su identidad a medida que las vigorosas rayas se deslizaban y crecían a través de la superficie. Allí, el artista evocó el espíritu de la famosa pintura op art de Victor Vasarely, también titulada Zebra.
En un espectacular cambio de proporciones, Cravo tomó fotografías desde la parte superior del lago Natron, en Tanzania. Una enmarañada malla de riachuelos y canales atravesaba una zona de marismas. Una vez más, se hacía énfasis en la abstracción, lo que permitía múltiples connotaciones. Cintas de agua errática se convertían en venas y raíces y nos invitaban a incorporarnos en las refracciones y acceder a las profundidades.
Cravo también observó dunas en el desierto de Namibia. En fotografías tomadas al amanecer, pudo dividir el paisaje en dos o tres planos. Namibia desert III era maravillosamente elemental. La parte de atrás de la duna al fondo era totalmente negra y se extendía en forma diagonal. El frente era gris y blanco, mientras que el cielo era todo gris. Al separarlos, la cresta de la duna serpenteaba hacia la lejanía con una perfecta forma arquetípica. Una fina capa de arena que soplaba de la cresta de la duna le agregaba un poco más de detalle a esta composición tricótoma.
La crítica de arte Karen Archey escribió: “La fotografía es una herramienta de contextualización a través de la cual organizamos nuestra mirada, reunimos información y deducimos la verdad”. Las fotografías de Cravo son esas herramientas. Está utilizando su cámara en una forma liberadora para aislar poderosas metáforas colocadas en gráciles balances. Su evaluación posestructural de la codificación favorece nuestra comprensión del discurso entre lo real y lo ideal, entre vista y percepción.
JEFFREY CYPHERS WRIGHT
