Exposición Individualdic 2012 - feb 2013· Por Marta Rodríguez

Carlos Herrera

LA Galería

No conocía la obra del artista argentino Carlos Herrera, ganador del Premio Petrobras en ARTEBA (2011), hasta que vi la muestra Un gesto de cansancio, curada por Santiago Rueda, presentada en Bogotá gracias a la gentileza de Ruth Benzacar, la galería bonaerense que lo representa. Me llamaron la atención tanto el título como la carga emocional que contiene cada una de sus esculturas, y la manera de disponerlas en el espacio.

Al ingresar en la sala se leía un poema del poeta esloveno Peter Semolic, que lo cito en su totalidad, dada la importancia que tiene para el artista. En él se alude a una de las más enternecedoras historias de Doris Lessing, Memorias de una superviviente, en la que una mujer de mediana edad ve cómo una niña que misteriosamente ha quedado bajo su cuidado, se va tornando en una adolescente y se asocia a un grupo de jóvenes que avanza destruyendo la ciudad. Ella, intentando un gesto de supervivencia, escribe un diario para sobrevivir al terror que anuncia un futuro desolador:

Les casseurs

Doris Lessing dice que el fin comenzará por los suburbios. Los pibes dejarán de entusiasmarse con las motos y tomarán las armas. Armados y en grupos se dirigirán al centro de la ciudad, saltando barricadas de alambre de púas, caballos de frisa, cadáveres de policías, atravesando casas, tiendas, parques... Vendrán armados hasta los dientes, con miradas ebrias y salvajes, con walkmans que acallarán los gritos de las víctimas. Vendrán hambrientos de centro, carteles luminosos, vidrieras iluminadas, restaurantes de cinco estrellas y manteles limpios. Vendrán desocupados, desplazados a los chalés húmedos que se desmoronan en los suburbios, a los panales de hormigón de los rascacielos. Vendrán para tomar lo que les pertenece, para destruir lo que se les ha negado.

Peter Semolic, Fuzine, 12 de julio de 1999.

Exposición Individual: Carlos Herrera — imagen 1
Carlos Herrera. Sin título, de la serie Autorretrato, 2004. Escultura de pedestal o pared: pantalón de cremallera.

El espacio se veía casi vacío; sobre las paredes blancas y también en el piso, se observaban algunos objetos que por su disposición evocaban la estética del minimalismo, pero muy pronto, más que la sobriedad minimalista, se evidenciaba un cierto gesto de cansancio, de abandono, que resultaba muy conmovedor.

Al acercarse a las esculturas de Carlos Herrera, que hacen parte de la serie Autorretrato, se puede pensar, en primera instancia, en los vestigios de esas hordas juveniles a las que alude Doris Lessing. Pero muy pronto –al observar la delicadeza con la que fueron cortados unos pedazos de jean, un bolsillo de un pantalón, una cremallera, un cinturón, o un protector de testículos sobre el que reposa un crucifijo, o los envoltorios de unas golosinas dispuestos en el piso como la pieza anterior– se olvida el acto destructivo. A cambio, evocan la presencia de un cuerpo de un hombre muy joven, por el tipo de indumentaria. Las telas visiblemente usadas sugieren el olor de ese cuerpo; parecían preservar el roce de su piel. Un bolsillo rasgado hablaba de una cierta intimidad al dejar ver en su interior unas tapas de conserva, según indicaba la ficha técnica. Otras esculturas resultaban más enigmáticas, como una abeja clavada a la pared con una aguja de coser de la que pende un hilo, o una caja de madera con un hueco en un extremo, que parecían dejar entrever un mundo privado al que parece ser más difícil acceder.

Santiago Rueda Fajardo, el curador, comenta: “El grupo de obras que conforman Un gesto de cansancio remite tanto a esa breve muerte súbita en el clímax del acto sexual como a los instantes finales de lucha vital en el momento de morir. Así, un gesto de cansancio es una afirmación de la vida en la vida, que es lo que nos está pasando”.

Lo que sucede al salir de la sala después de observar la languidez y la ternura que emanaba de estos objetos extractados de una intimidad ajena, y después de haber pasado por las palabras de Semolic y Rueda, es algo parecido a lo que le ocurre a la protagonista de Doris Lessing: mientras ella, con ternura y estupor, observa el cambio súbito de su joven protegida, comienza a ver más allá de los muros de su apartamento la existencia de un mundo sorprendente que la conmueve profundamente y la conduce a sus años de infancia. El espectador imagina más allá de las paredes de la galería a ese joven muchacho cuyo cuerpo presentí a través de los vestigios de su ropa; observa su ir y venir con sus jeans mientras desprevenidamente consume algunas golosinas, ve sus zapatos sobre el pavimento gris de cualquier ciudad, afirmando a cada paso y en cada gesto, los actos cotidianos que, en fin de cuentas, constituyen “la vida que nos está pasando”. Las piezas de Carlos Herrera resultan profundamente íntimas, urbanas y perturbadoras.

MARTA RODRÍGUEZ

Carlos Herrera, por Marta Rodríguez | artnexus