Exposición Individualdic 2012 - feb 2013· Por Carolina Lara

Carlos Capelán y Matilde Marín

Galería Patricia Ready

La exposición de Carlos Capelán (Uruguay, 1948), Xul y los pájaros, comienza con un relato mítico sobre un personaje, Xul, desde que nace en el pueblo de Pu hasta que descubre la ciudad de Nueva York. La historia pasa por la búsqueda del maestro Q, por su encuentro con una cortesana, por el nacimiento y muerte de sus tres hijos, la llegada al reino de Qi Xul y el encuentro del maestro con el que se acerca a Nueva York navegando por el río Yi. El mito está marcado por el viaje, por el nacimiento y la muerte, así como por símbolos o imágenes que parecen inconexos, aunque irradiantes de significados. Similares formas de narración se pueden encontrar luego en el montaje.

Hay un rostro que se repite en distintos formatos y técnicas. Está en los grabados, en las pinturas, en los dibujos enormes hechos directamente en el muro y en las páginas de los libros que se despliegan como códices sobre las mesas. Un rostro que parece un sello de líneas negras que se adelgazan o engruesan, en curvas constantes, estampando el gesto confuso de una cara con venas, arrugas o tatuajes, de pronto distorsionándose y torciéndose hasta parecer un remolino o un vórtice, y el rostro sólo se descubre apenas en el escorzo. Es una manera de trabajar la línea que está también en ciertos cuerpos representados y en la letra de los libros que es además dibujo.

Exposición Individual: Carlos Capelán y  Matilde Marín — imagen 1
Matilde Marín. Faro La Serena, 2012. Fotografía analógica con intervención digital. Edición 2/3.

El rostro puede ser el de un niño, el de un indígena, un anciano, o el de un hombre, donde se adivina al mismo Capelán; Xul tal vez, movilizándose a través de diversas constelaciones. El rostro se confunde en otras obras con cuerpos o fragmentos de cuerpos en un torbellino de líneas que se expande y se recorta en papel sobre papel o en dibujos negros sobre el blanco, confundiéndose también con la riqueza plástica de la pintura, cuando hay pintura. El rostro se materializa y rematerializa adentrándose en distintas dimensiones.

El artista trabaja al mismo tiempo el objeto. A través de las mesas, los códices cuentan una historia en claves gráficas, las páginas abiertas a lo largo son un objeto museal, una escultura de papeles arrugados o extendidos como un mapa de signos estelares. En otra instalación, el registro cambia, incluyendo sillas adheridas al muro o al suelo, afirmadas sobre resmas de papeles blancos perfectamente ordenados en bloques. Sillas que relacionamos con el sistema educativo y que se enfrentan a un gran rostro convertido en remolino de líneas negras sobre el muro blanco. Un cruce de tiempos y formas culturales.

La exposición parece contar también un mito. Se mueve en el territorio de los símbolos, más que en el concepto, repitiendo íconos y estrategias expresivas a través de distintas fórmulas que aluden también a representaciones culturales. Con resonancias míticas y signos que traspasan tiempos y espacios, es el relato –en clave– del artista latinoamericano tal vez, que sale de su aldea para transitar por variedad de códigos, operaciones y territorios, cruzando tradición, modernidad y contemporaneidad en un viaje donde Nueva York es un descubrimiento, más que una conquista. Encontramos en esta historia signos autobiográficos y de identidad, cuando sabemos que el reconocido autor es un artista nómade que ha vivido a través de América, Europa, Asia, Nueva Zelanda, Sudáfrica, y en su Montevideo natal, abordando prácticas contemporáneas y resistiéndose, no obstante, a cualquier noción de vanguardia.

Exposición Individual: Carlos Capelán y  Matilde Marín — imagen 2
Carlos Capelán. Kikiriyá, 2011. Tinta sobre papel. 170 x 140 cm. (67 x 55 pulgadas).

En la historia, nunca se sabe si Xul y su maestro realmente llegan a Nueva York. Vieron la ciudad y navegaron “40 días hacia el Oeste y 60 días hacia el Sur”. Luego, la historia termina contando que se sabe poco del gobernador de esa ciudad, “pero se dice de él que fue brusco, poderoso, y un completo misterio para sí mismo”.

Al mismo tiempo que la exposición de Capelán, en otra sala de la Galería Patricia Ready se presentó una serie de fotografías de Matilde Marín (Argentina, 1948), artista iniciada en la gráfica y que en los años noventa incorporó el video y la fotografía a su producción. Proyecto Pharus nació cuando la autora leyó en 2005 una noticia “extraña”: “Los faros en el mundo se desconectarán, pues existe el GPS”.

Ante la inminencia de la pérdida de estas construcciones, que iluminan aún las noches de navegación a orillas de extremos escabrosos en las costas del mundo, se dedicó a fotografiarlas en un work in progress que la ha llevado a varios países y lugares, como Iquique y La Serena, en Chile; o muy al sur del mismo país, en el estrecho de Magallanes, a Punta Dúngenes; también, a la parte argentina de Tierra del Fuego: Ushuaia; pasando por el canal de la Mancha, Islandia, Australia y Cabo Verde, entre otros puntos del planeta.

En el griego antiguo, pharus significa “la luz que guía a los hombres”, descubre la autora, luz que ahora podría apagarse frente al desarrollo de la tecnología. Desde este cambio que guarda un sentido tan abrumador, Marín emprende el viaje, que busca no tanto “cambiar el mundo”, afirma, sino “mostrar y señalar cosas de una manera diferente”.

La exposición presenta por primera vez parte de este trabajo. Son catorce fotografías analógicas en blanco y negro, el registro de diez estaciones determinadas por las formas únicas, solitarias, que se levantan en paisajes vastos, irradiando su luz. Pero, más que el sentido documental o la fotografía de autor, la artista trabaja con un lenguaje que entendemos como “arte contemporáneo”, en la medida que tensiona tanto la fotografía como el modelo, sugiriendo algo más allá de lo visible.

El tratamiento de la imagen es limpio, al trabajar cada foto en monocromías sutiles que se mueven entre los grises, azules, sepias y rojizos, generando una veladura, una sombra o una bruma donde la imagen, no obstante, está muy definida. Es un imaginario de arquitecturas fantasmales que se erigen en medio de una naturaleza silenciosa. Con el mar en calma, destacan las formas simples de las construcciones con una variedad estética que va desde la idea del torreón hasta la fragilidad de una torre de madera, e incluso destacando formas modernistas o vanguardistas. Como huellas de lo humano, se reflejan sutilmente la historia de los lugares, los vínculos con el arte y la poesía.

Gracias a intervenciones digitales, los haces de luz resaltan en tonos más claros o brillantes. Importa la torre con todo su simbolismo. Pensamos en el arcano del tarot, en el sentido de protección, de marca o cambio que podemos darle, representando su caída una derrota. Pero importa en especial la luz que irradian. Una luz que señala, alarma, conduce y que, sobre todo, se resiste a la oscuridad.

CAROLINA LARA B.

Carlos Capelán y Matilde Marín, por Carolina Lara | artnexus