Los estudios relacionados con el Caribe tropiezan con un problema muy difícil de solucionar. ¿Cómo establecer, si fuese posible, una identidad cultural para este conjunto de archipiélagos y zonas costeras de la región? La historia en común de naciones colonizadas, con poblaciones nativas exterminadas y reemplazadas por mano de obra esclava importada de África –y posteriormente de China e incluso de India–, alberga enormes diferencias. En el Caribe existe una excepcional pluralidad lingüística –incluidos dialectos como el créole y el patois– fruto de la repartición colonial a manos de potencias imperiales europeas como España, Francia, Inglaterra, Portugal, Holanda y Dinamarca. Allí emergieron prácticas religiosas, como la santería, el vudú y el rastafarianismo, que fueron resultado de complejos fenómenos transculturales. El Caribe fue también el escenario de procesos sociales que tuvieron una enorme repercusión internacional, como las revoluciones Haitiana y Cubana. Las diferencias históricas y culturales están hoy agravadas por desigualdades entre las economías de los países que conforman el área. El Caribe es una región culturalmente balcanizada, que comprende espacios tan diversos como Nueva Orleans y Miami, La Habana e Islas Vírgenes, Antillas Holandesas y Haití.


Una consecuencia de estas divisiones es que hasta el presente no se hayan celebrado exposiciones que ofrezcan una visión integral de las artes visuales en el área. La muestra Caribbean Crossroads of the World, organizada en Nueva York por el Museo del Barrio –en colaboración con The Harlem Studio y el Queens Museum of Art–, constituye el primer esfuerzo curatorial encaminado a cubrir dicha laguna. Llama la atención que una exposición semejante se lleve a cabo en una metrópolis como Nueva York, geográficamente distante del Caribe. Quizás no pueda ser de otro modo. Por un lado, las instituciones caribeñas no son lo suficientemente robustas como para emprender proyectos culturales de tal envergadura. Por otra parte, la colaboración entre estas tres instituciones es también un reflejo de la presencia del Caribe en Nueva York. Tanto el Museo del Barrio como The Harlem Studio y el Queens Museum of Art se encuentran ubicados en distritos cuyas respectivas identidades culturales están poderosamente marcadas por la presencia de grupos migratorios provenientes de República Dominicana, Puerto Rico, Jamaica, Haití y Centroamérica. Con Caribbean Crossroads of the World se dio el caso de una muestra que en muchos aspectos representaba a las comunidades que se han asentado en el East Harlem, en Harlem y en Corona, Queens.

Caribbean Crossroads of the World no sigue ningún orden cronológico, ni está dividida por periodos históricos. Por el contrario, en el montaje de las piezas se pasa con desenvoltura del pasado colonial a obras vanguardistas y a visiones contemporáneas. Los curadores tampoco respetaron las distinciones entre estilos y técnicas artísticas. De manera para nada convencional, un grabado decimonónico puede aparecer junto a una videoinstalación; una pintura ingenua, al lado de una fotografía, y un lienzo académico junto a una pieza posmoderna. El equipo de curadores e investigadores, encabezado por Elvis Fuentes, se propuso agrupar las obras de acuerdo con líneas temáticas que contribuyesen a configurar una identidad para la región. Estos temas comprendían desde las relaciones con la naturaleza hasta revisiones de la historia, donde se reserva un espacio para la importancia que ha tenido el contrabando en la región.

En el Queens Museum of Art, bajo el título Fluid Motions, se incluye una larga muestra consagrada al mar. “La maldita circunstancia del agua por todas partes”, reza un conocido verso del poeta cubano Virgilio Piñera, y este elemento, el mar, podría, efectivamente, servir como un primer acercamiento a lo caribeño. Pero los curadores no se limitaron a interpretar el mar como un rasgo idiosincrático –como en la serie de pinturas abstractas Aguas territoriales, del pintor cubano Luis Martínez Pedro–; sino que también lo vincularon al devenir histórico de la región. Esto puede apreciarse, por ejemplo, en dos lienzos de batallas navales. El primero, Acción del Castillo de Maracaibo (1840), del pintor colombiano José María Espinosa, da constancia de las gestas libertadoras contra el poder colonial español, tal y como puede apreciarse por las banderas de la Gran Colombia que porta la flota que ataca un fortín defendido por las tropas imperiales. En la otra tela, fechada en 1898, el artista puertorriqueño Manuel Jordán representa a los buques estadounidenses enfrentados a las embarcaciones españolas, como parte de las acciones bélicas de lo que para muchos fue la primera guerra imperialista del mundo contemporáneo. En su video Tumba (2009), la artista guatemalteca Regina José Galindo (1974) contrató a varios hombres para que arrojaran al mar bolsas que, al parecer, contenían cuerpos humanos. Tumba, al igual que otras performances de Galindo es una evidente alusión a la violencia en su país. En Kingdoms of the World se reúnen obras relacionadas con las festividades y los cultos sincréticos en el Caribe.

En una de las salas del Museo del Barrio se exhibe Counterpoints, que es, entre otras cosas, un homenaje al antropólogo cubano Fernando Ortiz. La economía del Caribe es vista como una oposición entre industrias locales. Los curadores aportaron una actualización a este carácter dual o escindido de las producciones nacionales. Si en el pasado existían tensiones entre la industria bananera y la minería, o entre el tabaco y el azúcar –sobre cuyos antagonismos escribió largamente Ortiz–, en el presente asistimos a los conflictos entre el desarrollo del turismo y la explotación del petróleo. Por un lado, las refinerías y pozos que emponzoñan las playas, y por otro, las cadenas hoteleras que demandan la conservación de entornos artificiales y paradisiacos para ser aprovechados como destinos turísticos. En este contrapunteo, una fotografía del artista venezolano Alessandro Balteo (1972), perteneciente a la serie Modern Entanglements, U.S. interventions (2009), es un documento perturbador. Balteo ofrece una visión panorámica del lago Maracaibo, cuyas aguas están pobladas por docenas de pozos petroleros. El blanco y negro de la imagen parece indicarnos que éste es un sitio que no tiene nada que ver con la naturaleza colorida de las playas a las que van a vacacionar los turistas.

Uno de los segmentos incluye a artistas como Gauguin, Pissarro y Hugo Larsen, que estuvieron de pasada en el Caribe. La exposición no se limita a artistas oriundos del área. Por el contrario, persigue concebir la región como un espacio de viajes, desplazamientos y estancias transitorias. Una serie de paisajes, retratos, pinturas costumbristas y lienzos vanguardistas sirven para ilustrar que el Caribe fue percibido como un espacio pintoresco, exótico, que contenía algo de salvaje. En ese sentido, el Caribe se revela como una identidad definida desde la mirada eurocéntrica, donde prevalecen los motivos de la negritud, la insularidad, los festejos populares, las prácticas mágico-religiosas y la sensualidad exacerbada. El video Three Steps of a Story (2009) de Jeannette Ehlers (Dinamarca, 1973) expresa la necesidad de desconstruir dicha visión. La artista baila un vals mientras se desplaza por una amplia sala (donde Peter von Sholten, gobernador de las Danish West Indies, escandalizó a los colonos, al invitar a negros libertos a un baile de sociedad). Ella luce un vestido rojo con estampados florales, lo que podría entenderse como un motivo estereotipado del Caribe. Sin embargo, nunca vemos el cuerpo real de la mujer, sino tan sólo su imagen reflejada en los espejos. Otra creadora contemporánea, la artista danesa Nanna Debois (1975), se apoya en los paisajes que realizó su compatriota Hugo Larsen a comienzos del siglo XX, para ofrecer una visión más compleja del entorno caribeño. Su instalación Eyewitness Accounts (2008) incluye una serie de gouaches en pequeño formato. La artista crea siluetas de la naturaleza, rellenas con planos de gris –en oposición a la exuberancia cromática que suele atribuírsele al Caribe–, como si no pudiese precisarse qué contienen (o qué ocultan) estas versiones del paisaje. En una de las imágenes aparece el logo de McDonald’s, con lo cual la autora apunta tanto al carácter poscolonial del Caribe como al hecho de que la naturaleza ha sido colonizada por el capital y el consumismo.

En otra sección se presentan imágenes de revolucionarios y caudillos caribeños. Aquí se muestran obras poco conocidas, como un retrato de José Martí realizado por el artista cubano Ángel Acosta León, a comienzos de su carrera, o un grabado del presidente haitiano Jean-Pierre Boyer. En la performance Emergía (2008) del artista mexicano Miguel Rodríguez de Sepúlveda (1971), un hombre trota. En su espalda lleva un dibujo que representa a Simón Bolívar. La figura se va diluyendo entre el sudor.
The Shape of History es el título de una de las secciones que se muestran en The Harlem Studio. Las imágenes que se expusieron guardaban relación con la historia del Caribe. Se presentaron obras con retratos de Toussaint-Louverture, de Henri Christophe, y un pequeño lienzo del pintor Armando Menocal, que representa la muerte en combate del general cubano Antonio Maceo. Se incluyen también referencias a la Revolución Cubana. En un video, Geandy Pavón (1972) va develando el retrato del preso de conciencia Orlando Zapata Tamayo, muerto en las instituciones carcelarias cubanas como consecuencia de una prolongada huelga de hambre. Otra alusión se encuentra en The Crown Jewels (2009) de Carlos Garaicoa, cuyos trabajos son pequeñas réplicas en plata de edificaciones que han servido como centros represivos o contribuyeron a la conservación de regímenes totalitarios. Entre esas “joyas”, Garaicoa agregó –junto a una copia del Pentágono, los edificios de la KGB y la Stasi y el Estadio Nacional de Chile– a Villa Marista, una prisión a cargo de los servicios de inteligencia cubanos. En Santa Verónica, de José Ángel Toirac (Cuba, 1966), que se exhibe en El Museo del Barrio, el rostro de Che Guevara sustituye al de Cristo, en una queja irónica –o una burla– contra la sacralización del líder revolucionario. De un modo similar, en el Queens Museum of Art, Alejandro Aguilera representa al Che con una aureola.

Sin embargo, al margen de estas críticas y desmitificaciones, la iconografía producida por la Revolución Cubana quedó excluida de Caribbean Crossroads of the World. Esta ausencia es, a mi juicio, objetable, independientemente de cuáles sean las posiciones ideológicas de quienes participaron en la organización de la muestra. Aun cuando se piense que los caudillos cubanos son figuras tiránicas que empobrecieron el país o fueron meros lacayos de la Unión Soviética durante los años de la Guerra Fría, es indudable que los protagonistas la llamada Revolución Cubana transformaron, incluso en el nivel visual, la historia del Caribe. Las imágenes apologéticas del proceso social iniciado en 1959 habrían aportado una complejidad mayor al conjunto. No obstante, esta laguna también podría defenderse como un ejemplo de los aciertos de la muestra. Caribbean Crossroads of the World implicó un trabajo de investigación que se prolongó por más de cinco años. A pesar de incluir centenares de obras, los espectadores no necesariamente verán las piezas más representativas, las más divulgadas y las que, como La Jungla de Wifredo Lam, constituyen hitos de lo caribeño en el ámbito de las artes visuales. Uno de los méritos de este proyecto consiste en que hay no pocas piezas que se exhiben por primera vez, artistas apenas conocidos y trabajos que permanecieron largamente en archivos o en colecciones particulares. Caribbean Crossroads of the World es un esfuerzo curatorial que esquiva los lugares comunes para desempolvar obras que constituyen verdaderos hallazgos y que proponen una interpretación novedosa del conjunto. Dentro de ese criterio curatorial, podría ser perfectamente lícito dejar a un lado la archiconocida fotografía del Che, de Korda, para incluir otras imágenes menos divulgadas. Caribbean Crossroads of the World consigue antologizar la complejidad cultural y geográfica del Caribe y al mismo tiempo despertar la curiosidad de los entendidos en la materia.
ERNESTO MENÉNDEZ CONDE

