Al acercarnos al Museo de la Memoria vemos una gran pancarta en su fachada: Verdad + Justicia = Sanación. La exposición La Consulta del Doctor Allende: enmiendas al intelecto humano nos da la bienvenida con el cartel realizado por la Brigada Chacón, surgida en el Chile de los ochenta, en el marco del Partido Comunista.
El edificio que acoge la muestra está rodeado de controversia. Voces en contra de la línea editorial del Museo de la Memoria, que restaura los testimonios de víctimas de la dictadura chilena, y voces a favor. Síntoma de que aún hay trabajo por hacer para revisar aquella época sin dolor ni enfrentamiento. Ésa es la intención del chileno Duclos y del argentino Brodsky: curar las heridas abiertas. Más que un museo, lo que necesita la memoria en Chile son toneladas de memantina; es por ello necesaria la transgenerización propuesta por los dos artistas; de institución cultural a consulta médica.

Santiago de Chile amanece cada día cubierto de esmog. Una sólida niebla por la que asoman las cabezas de los rascacielos del neoliberalismo económico aplasta la gran ciudad. Una nube indeleble que nació en el nauseabundo bombardeo del Palacio de la Moneda el 11 de septiembre de 1973 que finalizó con la salida (horizontal) del presidente Allende. Desde entonces, cada Once de Septiembre los disturbios resucitan el cadáver con cortes de luz y gases lacrimógenos que se unen a esa bruma en la que se halla sumida la historia reciente del país. Este año, el día antes de esa fecha se confirmó oficialmente que la causa de la muerte de Allende fue el suicidio (39 años después). Hasta tal punto afecta el esmog a la caja negra de la historia chilena.
Arturo Duclos y sobre todo Marcelo Brodsky se han dedicado desde los setenta a mostrar las verdades ocultas con procedimientos más artísticos que políticos. Unen aquí fuerzas para concebir esta exposición que pretende –a través del diálogo, la participación y el juego conceptual– hacer una sesión colectiva de terapia con los asistentes. No existe una unidad estética ni narrativa, lo que provoca un aturdimiento discursivo. Colaboran ambos artistas como cooperaban las dictaduras chilenas y argentinas con su producción en cadena de secuestros, torturas y asesinatos. Así lo señala el dedo de Arturo Duclos indicando los 53 nombres de los chilenos asesinados en Argentina, entre ellos el general Prats. Frente a las imágenes, la proyección del mar argentino sobre una caja de luz; las olas se mecen tranquilas silenciando su complicidad con los cadáveres que fueron arrojados durante la dictadura; un elemento poético que enlaza con los símbolos (asociados al poder político y religioso) y los huesos tatuados (relacionados con las desapariciones) elementos recurrentes del imaginario de Duclos. Entre la obra conceptual y la colaborativa encontramos un retrato pop de Salvador Allende, a lo Andy Warhol. Me descoloca.
La piedra angular de la exposición es el propio gabinete del Doctor Allende. El presidente, antes que político, fue un médico que pasaba consulta en Valparaíso. Duclos y Brodsky resituaron en una sala del museo parte del mobiliario y de los instrumentos originales de ese gabinete. En una mesa central se produce el intercambio que precede a la sanación. Los asistentes dejan un objeto de valor relacionado con el trauma colectivo y se llevan el objeto que deseen depositado por otro espectador. En ese trueque reside el poder de la terapia, un entendimiento mutuo. Posteriormente se rellena un documento (como un historial médico del paciente) donde se comenta cómo te afectaron los hechos acontecidos durante la dictadura. Veo una deficiencia en la propuesta: los espectadores que acuden al Museo de la Memoria sólo son de un bando; ningún seguidor de una política de derechas entra en ese recinto. Quizás la curación hubiera sido más efectiva si situaran ese gabinete en otro lugar, como en un hospital de verdad.
Pero no hay que ser tan crítico con esta iniciativa artística que tiene un tono más lúdico, discursivo, que grave. Veo a Marcelo Brodsky asumiendo el papel del tópico argentino, el psicólogo, y a Duclos en el del chileno, el psicomago de Jodorowski (quien por cierto ya argumentó su diagnóstico del enfermo chileno: bipolar –por lo geográfico, lo meteorológico y el inconsciente colectivo–). Este proyecto también cuenta con las obras y la colaboración de Luis Weinstein, Erik Kirksaether, y la ya citada Brigada Chacón. Precisamente, esa Macedonia de obras dispersas y diversas produce la sensación de mercado persa: sin embargo, la visita es valiosa, la función simbólica de la exhibición cumple su objetivo, y ésta, al igual que la carga de significado del Museo de la Memoria, es necesaria.
JUAN JOSÉ SANTOS
