En el pasado mes de julio la galería argentina Del Infinito Arte abrió su nueva sede en Bogotá. Un hecho inédito, pues es la primera galería internacional que abre una base en esta ciudad, lo que prueba el buen momento que vive el arte en Colombia, un país con escenas locales reconocidas por sus procesos independientes, y una capital con un circuito diverso, creciente, y que disfruta ya de dos ferias de arte internacionales en crecimiento.
En la galería, que inició sus actividades en la ciudad con un exposición individual de Martín Reyna, se presentó una segunda muestra, en esta ocasión del también argentino Andrés Sobrino, con una serie de obras que constituyen un breve recuento de su carrera. La muestra estaba dominada por la presentación de un buen grupo de pinturas abstractas que se destacaban por la sobriedad cromática y la indagación de lo mínimo como valor formal y conceptual. La aproximación al signo, que aparece en la serie de pinturas en blanco y negro titulada Homenaje a Malevich, se complementa con otras piezas pictóricas más libres, en las que Sobrino trabaja en la ejecución de formas geométricas de bordes rectos y en la aplicación de colores planos y seguros, brillantes y contrastados.

Es evidente la filiación del artista con toda una historia de la abstracción en Argentina, con el constructivismo del Río de la Plata, los Madí y artistas posteriores como Rogelio Polesello y Roberto Aizenberg. Pero quizá lo que más llama la atención de la presentación de su trabajo en la capital colombiana es su correspondencia con algunos artistas locales que vienen respondiendo al muy politizado arte local, y lo hacen con producciones que vuelven sobre las formas de la modernidad, o de lo que queda de ella, para continuar indagando la naturaleza misma del arte. Me refiero a artistas como Jaime Tarazona y Fernando Uhía, quienes en su trabajo reciente vienen explorando la abstracción, o bien como una operación conceptual que sirve para resistir la carga ideológica de la representación, o bien para continuar cuestionando la naturaleza sensible de la realidad. Como los artistas colombianos ya mencionados, Sobrino aprovecha algunos elementos, lo que podríamos llamar el camuflaje mimético de la abstracción, es decir, la apropiación de la gramática del diseño, la eliminación de los rasgos expresivos, la utilización de modelos y, por qué no, de moldes intercambiables que refuerzan el sentido de equivalencia y la exploración de nociones como las de anonimato, acumulación, síntesis y autonomía. Valores que podrían encontrase en Sin título, la pieza escultórica que descansaba en el piso de la galería, compuesta por tres estructuras de madera, en la que cada una de ellas conforma una cruz, una posible declaratoria sobre cómo se perpetúan las formas, los objetos y la historia.
Técnicamente, Sobrino se vale de los materiales y los colores industriales, del esmalte sintético sobre multilaminado y MDF, y de las cintas industriales, y como los artistas ya mencionados, también deja correr un regusto en lo popular, en sus propias palabras, un “minimalismo popular”. En conjunto, una actitud pos-pop que nos lleva a pensar en su pintura como una crítica paródica a la desvalorización de las imágenes, evidentemente apoyada en los materiales industriales que utiliza. Ésta no tan evidente crítica a los sistemas de representación, al menos a primera vista, se demostraría en otra de sus obras, la fotografía sin título de un atardecer brumoso de imágenes superpuestas, acompañado de un grupo de barras en MDF que, a manera de gradientes –crema, marrón, rojo, negro–, simulan reflejar la cantidad cromática contenida en este paisaje lacónico, como evidencia cuasi científica. Es esta, quizá, la pieza que define la exposición. Como toda fotografía, es el resultado de un acto mecánico que produce una imagen sin necesidad de los valores artesanales de la pintura –factura, gesto–, un acto reflexivo cercano al ready-made. Contrastada con los gradientes que intentan “traducirla”, evidenciaría que ambos sistemas –el fotográfico y el pictórico– son simplemente modos de producción y que la pintura podría ser, en el caso de Sobrino, un proceso que se examina a sí mismo. Mas allá, y tomando prestado el análisis que Benjamin D. Buchloch hace de las obras de Frank Stella de los sesenta y setenta, podría pensarse que a Sobrino, como a Stella, le interesaría realizar una crítica a la organización tecnocrático-corporativa de la percepción y la experiencia en la que vivimos, y que el artista se dedica continua y metódicamente a una práctica cargada de escepticismo antiestético frente a los valores estéticos convertidos en mera decoración.
Finalmente, la muestra cerraba, o abría, con Sin título, una instalación realizada con cintas industriales en una banda multicolor que cruzaba el piso, las columnas y las paredes de la entrada de la galería, generando algo de humor en el espectador y sugiriendo el paso del escepticismo a la participación.
SANTIAGO RUEDA FAJARDO
