Exposición Individualdic 2012 - feb 2013· Por Janet Batet

Amalia Caputo

Art@Work

El beso es, sin lugar a dudas, una de las manifestaciones de afecto más extendidas en nuestra cultura. Sus orígenes, aún no bien determinados, podrían estar asociados al paso en la era temprana del desarrollo de la humanidad de la comida masticada y reducida a papilla de boca de la madre al crío.

Desde el punto de vista espiritual, el beso conlleva en sí la transferencia del hálito vital de un ser a otro, implicando así el traspaso del alma, y con ello, la idea de ofrecimiento y abandono total en brazos del otro ser.

El acto de besar conlleva la movilización de todos nuestros sentidos y simboliza el derrumbe de esa barrera limítrofe que es el exterior de nuestro cuerpo, actuando como antesala a nuestro interior. La homónima instalación fotográfica de Amalia Caputo (Caracas, 1964), abierta al público en Art@Work, es una muy peculiar reinterpretación de El beso.

Exposición Individual: Amalia Caputo — imagen 1
Amalia Caputo. El beso, 1994-95 (detalle), 15 imágenes a color y gelatina de plata. Instalación de dimensiones variables. Edición de pieza única.

Integrada por nueve fotografías acopladas en una única pieza, la obra constituye una inquietante aproximación al aparato bucal desde el plano meramente clínico. Las asépticas fotografías que conforman El beso de Caputo tienen lugar en una oficina de dentista, lo mismo que el emplazamiento final de su obra, que, en una suerte de retruécano, se expone ahora en el lobby de una oficina de ortodoncia.

Algunas de las instantáneas muestran radiografías de molares; otras, la intervención directa sobre un paciente, mientras un tercer grupo retrata la oficina con una maqueta tridimensional de la boca e ilustraciones que clasifican las partes del aparato bocal. En el centro, borroso, puede atisbarse lo que parece ser un beso.

Amalia Caputo tiene una formación dual. La artista hizo estudios de Historia del Arte en su natal Caracas y luego un máster en Fotografía en el International Center of Photography, en Nueva York. Desde el comienzo de su carrera Caputo ha estado interesada en dos ejes centrales que estructuran su propuesta artística: el cuerpo y la historia del arte.

Profundamente ligada al sentido de la corporalidad, el cuerpo en la obra de Amalia Caputo actúa como contenedor y reverberación del alma. Terreno de batalla de nuestros deseos y quimeras, el cuerpo es pesado lastre terrenal que nos ata a la realidad y nos espeta sin piedad nuestros límites y condición finita.

La incursión en la historia del arte le permite a Caputo indagar en patrones culturales rastreando sus cambios a través del tiempo. En ocasiones, la artista introduce distorsiones que avivan la reflexión en torno a temas de magnitud social, como puede ser el caso del uso de la imagen femenina en la historia del arte. En este sentido, destaca la visitación de temas como la Virgen y el Niño, las Tres Gracias o la Maja.

En el caso de El beso (1994-1995), una pieza temprana de Caputo, asistimos a un efectivo efecto antinómico entre el objeto y su denominación. También aquí, Caputo se apropia de uno de los magnos temas de la historia del arte que nos ha dejado como legado obras inolvidables de la mano de artistas como Canova, Klimt, Rodin, Chagall y Brâncusi, entre otros tantos. Sin embargo, en la obra de Caputo todo elemento sublimado ha sido eliminado.

El beso de Amalia Caputo pareciera ensañarse con la boca como taxidermista, buscando desesperadamente ese halo místico no retratable y dejando entonces al descubierto la boca desnuda, como cruda ofrenda de absurda materialidad. Desposeída de todo erotismo, la boca vuelve a ser eso y sólo eso: el agujero que delimita el yo y el otro, el interior y el exterior, ese órgano vital cuya función primaria es la del alimento y la supervivencia.

El contraste, sin embargo, entre la imagen descarnada y el título sublimado despierta en el receptor un cúmulo de evocaciones que devienen parte insoslayable de la obra. El beso filial, el primer beso, la entrega apasionada, cada uno de estos arquetipos se sobrevienen y entrecruzan con cada una de las instantáneas que conforman El beso, reafirmando esa polaridad tan cara a la existencia humana, en la que espiritualidad y corporeidad, eternidad y finitud van mano a mano.

Es este, sin lugar a dudas, el mérito central de esta pieza seminal de Amalia Caputo, cuya producción artística ha estado siempre guiada por ese sesgo que abre el cuerpo a la memoria y al recuerdo. Rebasado el inevitable desconcierto inicial que provoca esta instalación fotográfica, el espectador vuelve irrevocablemente a instaurar la dimensión espiritual de las lenguas entrelazadas y el hálito suspendido, aun desde el frío emplazamiento de la oficina dental, venciendo una vez más ese imponderable y enigmático ser espiritual que es el hombre, atado a un cuerpo que apenas si lo contiene.

JANET BATET

Amalia Caputo, por Janet Batet | artnexus