Charter City, el proyecto de “ciudad modelo” con su propia legislación y forma de gobierno que ha tenido reciente acogida en el congreso hondureño, podría haber sido un ejemplo extremo en el capítulo Haussmann en los trópicos de Mike Davis. En una crítica de procesos urbanos en los que el Estado interviene en favor de inversores extranjeros, propietarios de terrenos y élites locales, afirma: “Como sucedía en el París de 1860, bajo el fanático reinado del barón Haussmann, el desarrollo urbano actual todavía se esfuerza para sacar el máximo beneficio privado con el máximo control social”1. Colmo de la segregación espacial, la ciudad modelo extiende la privatización a todo el territorio urbano y sus relaciones sociales, lo que supone un reto a la noción misma de ciudad.
Charter City, la exposición en el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de Costa Rica, nos enfrenta a las condiciones que hacen posible la implantación de ciudades modelo o (malas) compañías bananeras. En oposición a la figura del “artista-demoledor”2 encarnada en el barón Haussmann, me gustaría pensar la propuesta de Adán Vallecillo desde la idea del autor como constructor, entendido aquí desde el oficio, sus materiales, herramientas y procesos. No es raro encontrar en las obras de Vallecillo niveles, prensas sargento, cerrojos, metros de carpintero. La elección del objeto tiene que ver con sus significados, pero también con las propiedades físicas y las relaciones en las que entra. Muchas veces propone un uso desviado del objeto que de golpe se desconecta de una racionalidad instrumental para participar en otras lógicas, como en el ejemplo de unas prensas sargento que no amordazan más que a sus iguales (Misantropía).

Transformar la metáfora en materia prima, ese anhelo de Cildo Meireles que Adán Vallecillo también pone en práctica, es uno de los principales aciertos de su trabajo. Por eso prefiero entrar a Charter City por su materialidad y por un ejemplo: en Segmentario se agrupan trozos de neumáticos parcheados y llenos de válvulas. Esos dispositivos que permiten abrir y cerrar, conectar y desconectar, modular o aislar el flujo de líquidos o gases, devienen una presencia casi ominosa en las piezas de Vallecillo. Si la válvula es uno de los instrumentos de control esenciales en la industria, su proliferación en pequeñas secciones resulta verdaderamente inquietante.
El trabajo con materia industrial manufacturada apunta la relación de dependencia respecto a los países industrializados, al tiempo que opera sobre las propiedades físicas y los usos comunes del material. El poliestireno expandido, por ejemplo, que se utiliza como aislante térmico, funciona como nevera en Cuba Libre y como base constructiva en Hipérbole. Pero en cada caso establezco relaciones distintas con el mismo elemento: si el primero me hace notar su condición impermeable, el segundo resalta su levedad. Veo entonces los altos edificios de espuma coronados por relojes de acero y me pregunto por las razones de una ciudad modelo aquí. El poliestireno responde con su capacidad de absorción de los impactos.
La frontera cada vez más tajante entre lugares seguros y lugares violentos agrava la segregación espacial y social. Al tiempo, la ciudad de la gente y del bien común queda relegada por políticas públicas sólo dedicadas a producir y custodiar espacios privados. La ciudad segura, la de condominios y urbanizaciones, se configura en espacios vallados, dispositivos electrónicos de control y vigilantes privados. Monografía registra una larga secuencia de rótulos de empresas de seguridad en Tegucigalpa, y Masterguetto amontona candados sujetos a una misma columna inamovible, como un superfluo recurso de protección. El riesgo aparece así como condición estructural, y no como anomalía.
El trastorno de la medición del espacio-tiempo tiene una eficacia poética y crítica en la obra de Adán Vallecillo. En la pieza que da título a la exposición, una extensa cinta de metro de carpintero se curva en el espacio. Charter City se configura así como un sistema inexacto, más bien arbitrario, incapaz de dar cuenta de una realidad. Ante el fracaso de la medida, los metros se arman con espejos telescópicos en sus extremos. Como una prótesis óptica del instrumento de medición, el reflejo continúa allí donde la vista no alcanza. Similar dislocación sugiere Tres tristes trópicos con las palmeras en lo alto de una plataforma hidráulica.
La muestra se conforma, en fin, en la tensión entre el espacio abstracto y el objeto cotidiano. Por mi parte, entendí la enorme potencia de este trabajo de Adán Vallecillo para pensar las condiciones de la ciudad a través de Henri Lefebvre. El espacio abstracto –nos dice el filósofo marxista– coincide con el capitalismo y sus códigos de planificación urbana y homogeneización de la experiencia. En las obras de Adán Vallecillo el espacio abstracto está a la vez presente en su configuración misma y negado por objetos con memoria, residuos, huellas de experiencia vivida, todo eso que rechaza el orden normativo del espacio racional homogéneo. Así, la ciudad que propone el artista constructor es también un territorio de lucha, como anuncian quizá los bichos con válvulas o la pieza Atari, cuyo título remite a la palabra japonesa que –en el juego de go– advierte al adversario que se ha hecho una jugada peligrosa.
NOTAS
1. Mike Davis, Planeta de ciudades miseria, Foca, Madrid, 2007, p. 136.
2. “¿Mis títulos?... Yo he sido elegido como el artista-demoledor”, Haussmann, citado por Walter Benjamin, Libro de los pasajes, Akal, Madrid, 2007, p. 154.
TAMARA DÍAZ BRINGAS
