XVIII Bienal de Arte Paiz

Teresa Margolles. Sin título, 2012. Bordado colectivo sobre manta con sangre.

Bienalsept 2012 - nov 2012· Por Rosina Cazali

XVIII Bienal de Arte Paiz

Una bienal para convivir y compartir

La selección de artistas, obras, talleres y guías por las exposiciones ha respondido, en primera instancia, a la incidencia que puedan tener éstos en el contexto y su posibilidad de provocar una reflexión sobre la forma en que nos construimos como individuos y nos pensamos como ciudadanos. En ese sentido, la idea de convivir y compartir fue el tema central de esta edición y  la provocación más pertinente para los tiempos que corren.

Han pasado ya dos meses desde la clausura de la última edición de la bienal Paiz en Guatemala. Es esta una de las citas más importantes para el arte contemporáneo en el país centroamericano y una de las bienales con mayor trayectoria. Con la distancia que da el tiempo, me parece justo rescatar las palabras de su último curador, Santiago Olmo. Nuestro último encuentro sucedió en el Centro Histórico, donde habitó por más de un mes. Lo menciono porque éste es el escenario que desde finales de los noventa se transformó en uno de los más apetecidos por los artistas que comenzaron a cuestionar la hegemonía de los museos, las galerías de arte y toda estructura institucional o privada. Es decir, el lugar más adecuado para dar marcha a un proyecto que se enfoca sobre la generación más joven de artistas o los distintos pliegues de la historia reciente del país.

Durante la entrevista Santiago Olmo comenzó diciendo: “Hemos dado un paso más en el proceso de transformación de la bienal, lo que da la posibilidad de construir un nuevo modelo. Hay cosas que me han resultado útiles a posteriori. Se logró organizar un circuito de sedes que funciona en el Centro Histórico e incluir nombres nuevos. Eso sí, tengo dudas sobre la efectividad de algunos proyectos, no sé si el medio artístico ha sido suficientemente receptivo”.

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Regina José Galindo. Paisaje, 2012. Acción.
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Carlos Capelán. Compartir el trabajo como una experiencia, 2012. De la convocatoria a grupo de trabajo. Taller con el artista.

En realidad, esta no era una conversación aislada, sino la continuación de otra que se ha prolongado a través de muchos años. Con Santiago Olmo hemos coincidido en distintos proyectos, generalmente trazados por el interés sobre el arte contemporáneo de Centroamérica. Cuando se tiene un diálogo permanente no caben los juicios definitivos. Además, para alguien que ha depositado tanto interés y tiempo en pensar en el arte de esta región, la curiosidad es la mejor herramienta para abordar un territorio extremadamente complejo y volátil, con un pasado cargado de infamias, una situación política y económica basada en la corrupción, un territorio atravesado por el éxodo de los migrantes y a la vez acechado por la violencia. Desde esa perspectiva, me parece que su proyecto refleja muchas de las contradicciones que estamos viviendo. Si las dos ediciones anteriores a ésta fueron importantes proyectos de transición –la primera curada por Nelson Herrera Ysla y la segunda por José Roca, que lograron introducir definitivamente lo que significa acoger una bienal en términos contemporáneos, desde la gestión hasta la definición de presupuestos conceptuales–, la de Olmo ha permitido concentrarse en cosas tal vez más imperceptibles para el público pero fundamentales para el cuestionamiento de los modelos de gestión de las bienales.

Me apresuro a explicar. Lo que sucede en Guatemala o Centroamérica no es ajeno a ese debate global. Aquí y allá, las bienales arriban convocando y multiplicando las expectativas pero al punto de hacernos olvidar lo conflictivas y agotadas que se han vuelto. Es una forma expositiva que está atravesando un momento de crisis en el que necesariamente hay que cuestionar lo que han sido hasta ahora sus prioridades. Santiago Olmo es uno de los intelectuales que conoce muy bien ese territorio, y de la idea de que la proliferación de bienales por todo el mundo ha propiciado la consolidación de un tipo de obra-bienal y artista-bienal que responden a la lógica del espectáculo y el eco mediático, a la fotogenia de sus obras y la demanda permanente de novedades por parte del público y el mercado. Como contrapropuesta personal y en su papel de curador de la XVIII edición de esta bienal, Olmo advierte sobre su empeño en desarrollar plataformas de formación, antes que altares del arte incuestionables. Algo que desconcierta en mucho a los espectadores, principalmente a quienes no tienen un acercamiento en esa vía y más bien esperan un plan de entretenimiento personal. De tal manera, la selección de artistas, obras, talleres y guías por las exposiciones ha respondido, en primera instancia, a la incidencia que puedan tener éstos en el contexto y su posibilidad de provocar una reflexión sobre la forma en que nos construimos como individuos y nos pensamos como ciudadanos. En ese sentido, la idea de convivir y compartir fue el tema central de esta edición y la provocación más pertinente para los tiempos que corren. Compartir y convivir son dos palabras que muchos han rechazado con el cinismo que nos caracteriza, y, por lo mismo, esta bienal se dio a la tarea de rescatarlas como ejercicio humano de gran urgencia.

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Benvenuto Chavajay. Sin título, 2012. Instalación con columna. Vasija, tres partes de avión de barro quemado. 365 x 120 cm. (143 ¾ x 47 1/5 pulgadas).
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Sandra Monterroso. Columna vertebral, 2012. Instalación. Dimensiones variables.

En esa dirección, la obra de la artista mexicana Teresa Margolles fue una de las piezas más conmovedoras. Su obra es un proyecto colectivo centrado en la violencia contra la mujer y el feminicidio. Sobre una manta manchada con sangre de una víctima anónima, bordadoras y bordadores del lago de Atitlán trazaron un homenaje espontáneo y directo, mediante dibujos tradicionales. Conocida por su trabajo con fluidos humanos, esta pieza denota su compromiso con las problemáticas de la violencia institucionalizada. En la misma línea, Regina Galindo, a través de su acción titulada Paisaje, expresaba la serie de dilemas que se inscriben en las relaciones humanas tan conflictivas que expele la vida política, los efectos que ésta tiene sobre la sociedad y el individuo. La acción es la de un hombre que excava una fosa, y la artista recibe la tierra que empuja la pala hasta quedar enterrada. Mientras que él cava un agujero y ella permanece de pie en la orilla del agujero que se va abriendo, permanecen de espaldas y nunca se ven. El artista uruguayo Carlos Capelán convocó un grupo de trabajo para participar en un taller. Su obra estaba concebida como una instalación en la que interactuaban diversos elementos estableciendo diálogos en oblicuo: imágenes y dibujos sobre pared que se conectaban con diversos libros desplegables, donde el dibujo es la herramienta básica, dispuestos sobre mesas insertadas en el espacio. Una pared negra, a manera de pizarra, registraba los recorridos del debate y las discusiones que se desarrollaron durante el taller, que en forma de grupo de trabajo Carlos Capelán impartió antes de inaugurar la semana previa a la bienal. Todos estos elementos creaban una atmósfera en la que el proceso desempeña un papel nuclear.

En la cadena de responsabilidades que implica pensar la sociedad contemporánea, una sección de la bienal presentaba una serie de trabajos cuyos referentes son la memoria histórica. Entre ellos se encontraba una serie de acuarelas de Moisés Barrios bajo el título Banana collages. Estas pertenecen a una colección muy amplia que viene realizando desde finales de los noventa y que responden a su interés sobre los proyectos de colonización modernos, la presencia de las bananeras en Guatemala y los efectos de la Guerra Fría y la guerra contrainsurgente. En su conjunto es una especie de parodia del gabinete de curiosidades que los grandes museos del mundo civilizado acumularon con voracidad.

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Darío Escobar. Construcción geométrica No. 1ª, 2012. Madera, hierro y pintura. 178 x 323 x 1115 cm. (70 x 127 x 438 pulgadas). Colección privada.

Benvenuto Chavajay, Sandra Monterroso, René Dionisio Chavajay, Angel Poyón y otros artistas que representan las áreas indígenas del país tuvieron un papel protagónico en esta bienal. Como generación de posguerra, han sido testigos de los procesos de cambios por los que atraviesan los poblados, las personas, las culturas y los entornos. A través del uso de materiales humildes y su fusión con plásticos, de hilos de algodón con acrílicos, las instalaciones de Benvenuto Chavajay y Sandra Monterroso logran expresar el devenir de los cambios y las economías. En conjunto, los artistas indígenas en esta bienal fueron, a mi parecer, la presencia más importante. Para Guatemala, el conflicto cultural e identitario lo atraviesa todo, desde la vida política hasta los rituales cotidianos. De acuerdo con eso, viene a ser uno de los temas fundamentales e imposibles de evadir en la creación artística. Es algo que refleja la pieza de Monterroso. Titulada Columna vertebral, es una instalación basada en la acumulación de textiles que refieren a la tradición artesanal versus la industrialización. Algo que no difiere mucho a la hora de comparar o complementar con la obra de Darío Escobar, la cual consiste en una reinterpretación de carrocerías de madera pintadas con formas geométricas y colores fuertes, que son utilizadas en los camiones que trasportan mercadería o productos agrícolas en el país. Aunque el interés fundamental de Escobar es establecer una cita directa, desde lo cotidiano y popular, hacia la Abstracción Geométrica, una importante corriente artística generada a principios del siglo XX y cumbre de la modernidad y del pensamiento abstracto del arte occidental, en ambas persiste el referente de la industria artesanal y la fuerza laboral.

Una de las novedades de esta bienal fue la inclusión y presencia de obras que se basan en la experiencia musical. El ejemplo más interesante fue la obra titulada Tzutu Baktun Kan de René Dionisio Chavajay, un audio que se define como tributo a Batzel, nahual de los artistas, que representa el hilo, el tejido; la línea da un ejemplo de la música maya contemporánea dentro de la cosmovisión hip-hop. Es una combinación de sonidos prehispánicos grabados y adaptados con letra compuesta por el artista en lengua tzutujil, con arreglos de orquesta y marimba y basados en la investigación sobre los conocimientos codificados en el idioma mayab.

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Moisés Barrios. Banana Collages, 1998-2010. Acuarelas sobre papel dispuestas en mesas con vidrio. Dimensiones variables.

Otra pieza que se sirve de la experiencia musical es el video de Renato Maselli titulado De paso. Es el registro de la caminata que realiza un personaje por las calles del centro de la ciudad con un organillo, representando la vida callejera y nómada. Camina frente a diferentes instituciones públicas y ejecuta la emblemática melodía que ha acompañado desde los años setenta las manifestaciones públicas a favor de los movimientos democráticos. El pueblo unido jamás será vencido, compuesto por Sergio Ortega y Eduardo Carrasco, ha sido un ícono que representa un llamado a la unión y el esfuerzo colectivo para liberar a los países de las opresiones y transformarlos en sociedades más justas y equitativas. En un ritmo y tono extremadamente melancólicos, la obra de Maselli retrata el estado anímico de todo un país.

Entre obras y vivencias, circuitos de exposición y vivencias, la nueva edición de la Bienal Paiz en Guatemala evidencia la dificultad que estamos teniendo para ver más allá de la simple experiencia expositiva. Las bienales son producto de un sistema que por siglos ha privilegiado la vista y la representación visual. Sólo en las últimas décadas esto ha comenzado a provocar la crisis a la cual nos hemos referido, ante todo por la imposibilidad de encontrarnos con lo que subyace en una obra de arte. Me refiero al territorio de las ideas, a algo más abstracto y difícil de percibir si no se tienen la paciencia, el tiempo, los recursos conceptuales para comprenderlo. Estamos en una época de tanto ruido mediático que las ideas tienden a desaparecer, para privilegiar el entretenimiento instantáneo y todo aquello que captura al ojo. De acuerdo con eso, creo que Santiago Olmo nos ha proporcionado más de un motivo para repensar una bienal. Principalmente, reflexionar sobre el verdadero aporte que pueda tener un evento de esta magnitud en un país y una sociedad donde las ideas se diluyen y, colmados por el sentido de la sobrevivencia, les resulta difícil pensarse a sí mismos.

ROSINA CAZALI

Curadora de arte. Vive y trabaja en Guatemala.

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