El trabajo del artista Rafael Lozano-Hemmer (Ciudad de México, 1967) es ampliamente conocido en muchas latitudes. En México ha participado en magnos proyectos, como Elevación Vectorial, presentado en el Zócalo de la Ciudad de México como parte de los festejos del milenio.
Su obra es considerada a veces arte electrónico, a veces arte experimental, pero, más allá de las categorías, siempre logra una relación obra-espectador de carácter más bien performático.
En esta ocasión, la galería OMR presenta siete importantes obras del artista. Algunas ya exhibidas en otras galerías internacionales y algunas obras recientes, por lo que la muestra resulta una excelente oportunidad para aproximarse a la visión del artista y tener una proximidad con sus interesantes propuestas, ya que Lozano Hemmer transita entre lo virtual y lo real, y eso hace que sus obras, como él mismo lo menciona, tengan vida propia: que no sean obras acabadas sino que se conviertan en obras completas y con niveles de significado más amplio con base en la participación del espectador.

Sus obras tratan sobre la memoria y la relación ausencia/presencia, puesto que la participación supone una presencia, pero ésta queda registrada en la obra. Tal es el caso de Pulse Spiral (2008): a través de 400 focos ubicados en una espiral paraboloiode que pende del techo, y dispuestos con base en la ecuación de Fermat, que está relacionada con la disposición espiral de las hojas en los tallos en algunas plantas o en ciertas raíces. Debajo de estos focos se encuentra un sensor en el que el espectador debe poner sus manos para que se registren sus pulsaciones cardiacas, que se registran en el último foco, que se ilumina al ritmo. Conforme los espectadores participan, los registros cardiacos van subiendo por la espiral.
No hay registro de quiénes han participado, pero coexisten 400 ausencias en un mismo punto que va cambiando con cada nueva presencia. Aquí es donde la memoria persiste, ya sea de una manera sutil; aunque la presencia sea palpable al no estar, queda lo más vital de la existencia, la palpitación cardiaca.
Rafael Lozano Hemmer considera que su trabajo no es visual sino “arte escénico”, y sin duda lo es cuando cada una de las obras se basa en la participación del espectador y éste se relaciona con un entorno específico que hace que, a través de medios electrónicos, algoritmos, ecuaciones y distintos artilugios, la obra esté en constante cambio y desarrollo.
Otra de las obras con una gran carga poética, y que versa en la misma relación ausencia/presencia, es Last Breath (2012). En esta instalación, un mecanismo ha sido diseñado para almacenar por siempre el aliento de una persona depositado en una bolsa de papel. El mecanismo hace que el aliento circule por una manguera y continúe circulando como en los respiradores artificiales utilizados en los hospitales. El aparato se activa 10.000 veces al día, que es la típica frecuencia respiratoria de un adulto en reposo. El mecanismo contempla incluso unos 158 suspiros. Cada “respiración” se registra y el mecanismo puede funcionar el equivalente a la vida de la persona cuyo aliento contiene, o incluso a perpetuidad, mientras se le dé mantenimiento. La bolsa de papel emite un sonido rítmico al inflarse y desinflarse que es parte también de la instalación.
En este caso, hay una presencia permanente, aunque desconocida y al mismo tiempo ausente. Un soplo de vida que ha quedado registrado y que permanecerá mientras el aparato funcione y el aire siga suspirando. La obra evoca continuamente a alguien que no está, pero al mismo tiempo, su aliento persiste y vive en cada respiración.
Las obras no ponderan el uso de la tecnología; sin embargo, es el medio de experimentación y de presentación de un discurso que, aunque pareciera contradictorio, habla de lo humano y, quizá, de sus incertidumbres. Muchas de sus obras más significativas están estrechamente relacionadas con la arquitectura y son elaboradas para espacios sumamente grandes, como las plazas públicas, con elementos totalmente electrónicos y más mediáticos. Sin embargo, X no es la nueva Y es una exposición muy íntima, que logra una complicidad en los espacios de la casona de principios de siglo de la Roma que alberga a la galería.
Cada una de las obras de este artista logra unir la estética, la arquitectura, la teatralidad, las matemáticas, la filosofía, la poesía, como elementos que todas poseen y que hacen que se transformen continuamente. La transformación también alcanza a los espectadores; no sólo desempeñan el papel habitual de testigos: se ven envueltos y arrastrados hacia ellas; así, uno comienza como observador, pero termina convertido en cómplice.
ISAURA RUIZ
