Para su tercera exposición, la recientemente creada Galerie Blast —abierta por la brasilera Maria Angela Porisse— decidió exponer diez pinturas recientes (2007-2012) de Paulo Whitaker (Sao Paulo, 1958).
Distribuida en dos pisos, la exposición de este pintor confirmado nos asegura una vez más que el trabajo pictórico sobre el color y la forma, cuando es pensado, maduro y dominado, sigue imponiendo con fuerza su modernidad sobre un escenario artístico que, sin embargo, no siempre le resulta favorable.
Paulo Whitaker cuenta con una larga trayectoria de experiencias, exigencias y convicciones relacionadas con un cuestionamiento del espacio y de la relación forma/color en donde dialogan estabilidad e inestabilidad, sombra y luz, geometría y volumen, construcción y deconstrucción. No obstante, la certidumbre que determina el gesto pictórico deja un espacio considerable al azar. Si su personalidad artística emana de la asimilación de aportes diversos —que incluyen la abstracción latinoamericana, de Madí al Neo-concretismo brasileño pasando por el Constructivismo de Río de la Plata —el pintor ha sabido renovar los legados de esas trayectorias abstractas conservando al mismo tiempo, en el centro de su reflexión estética, el rigor al cual confiere, sin duda alguna, una dimensión diferente, esa que el crítico Roberto Pontual calificaba de "sensible" cuando se refería a la geometría latinoamericana.

En el primer salón, cuatro grandes óleos sobre lienzo reciben al visitante y lo invitan a descubrir de inmediato las dos facetas que parecen dominar su universo plástico desde hace varios años: una pintura horizontal nos remite a una organización racional de las formas, a una especie de compartimentación al estilo de Torres García, que encierra cada imagen en un marco, puesto que la iconografía recurrente del artista hace cohabitar los colores lisos geométricos con volutas poético-barrocas en donde se alternan vacíos y llenos (Sin título, óleo sobre lienzo, 2009). Otras tres telas muestran un espacio en donde las formas están organizadas con una libertad diferente —pero quedando siempre determinadas por moldes pre-recortados— sólo que estas últimas se superponen, se deslizan y se instalan como en un rompecabezas cuyas piezas hubieran sido desplazadas para recrear otro “orden”: Sin título de 2008 (137 x 244 cm); Sin título de 2009 (198 x 146 cm) y otro Sin título de 2009 (140 x 100 cm.). En ese sistema que fundamenta su acto creativo, el pintor utiliza esquemas a la vez geométricos y orgánicos. Ya sea sus reminiscencias de una memoria tecnológica, con esferas, círculos y resortes o su inspiración barroca con espirales, comas y arabescos, las imágenes arquetípicas de Whitaker determinan su personalidad artística, del mismo modo que ciertos elementos igualmente repetitivos ponen la firma al universo iconográfico de Roberto Matta. La técnica de organización espacial de las formas es simple: Paulo Whitaker dibuja la forma y la recorta para luego inscribirla sobre la superficie y pintarla. Este proceso de intervención directa confiere a su obra un carácter “tautológico” pues el reciclaje de los moldes es permanente. Podríamos incluso añadir que su técnica es un poco “antropofágica” puesto que la absorción de una forma por otra es constante, y que la construcción del vocabulario de formas pre-recortadas se nutre de una forma anterior para crear una nueva la cual engendra, a su vez, nuevos discursos pictóricos.
En el salón del piso inferior, seis pinturas de formato mediano y cuatro telas pequeñas completan y refuerzan las propuestas del primer salón. Ellas dan testimonio del sentido del equilibrio espacial que ha sabido crear el artista, con su modus operandi basado en la repetición, y confirman su original propuesta. Con el paso de los años, Paulo Whitaker ha ido “poblando” pacientemente la tela reproduciendo sus moldes, construyendo y deconstruyendo, manipulándolos a la manera de sellos identificatorios; trabajo lento y paciente en el que las formas fueron tomando cuerpo, reemplazando el roce, la mancha o el derrame de antes, y con otros colores que hoy imponen su violenta crudeza. En efecto, sus colores oscuros, sus óxidos, pardos, negros y beiges, así como también algunos blancos de sus inicios ceden su lugar a rojos, naranjas, verdes y amarillos. Las texturas contrastadas cambian también la percepción del color. El pincel barre la superficie del lienzo en anchas bandas de colores lisos donde se imprime la huella del pelo que atrapa la luz, creando un brillo que contrasta con la opacidad de los colores sordos del fondo. Este juego sobre la aprehensión de las superficies refuerza la complejidad del discurso plástico y añade sentido a la lectura.
Aunque el conjunto de íconos ha encontrado su lugar sobre la tela, el arte de Whitaker, como una partitura formal, introduce paradójicamente una sensación de movimiento y de inestabilidad. Frágil y estable a la vez, la complejidad sensible y rigurosa de Paulo Whitaker reserva muchas sorpresas.
CHRISTINE FRÈROT
