Durante el mes de abril de 2012 la Fototeca de Cuba acogió la muestra Historia de un gusano del cubano Nadal Antelmo (1968), compuesta por veinticinco fotografías a color en impresión digital sobre papel (70 x 50 cm), enmarcadas y colocadas en pared, una extensa pegada directamente sobre el piso (3 x 0,60 m) y un objeto flexible colgado del techo (equipaje alargado de poliéster y zipper para el traslado de objetos de uso personal (1,40 x 0,40 x 0,40 m), en sustitución de las pesadas maletas, y conocido popularmente en Cuba como gusano) en medio de la sala principal de exhibición. Pero gusano también fue, en los últimos cincuenta años, el término que se utilizó despectivamente en la jerga oficial para calificar a aquellas personas contrarias a la Revolución y al socialismo que tomaron, por lo general, el camino del exilio, aunque con el tiempo y los “cambios positivos” en el tratamiento ideológico a las mismas –toda vez que les fue permitido visitar la Isla para reunirse nuevamente con sus familiares y amigos–, el humor criollo las rebautizó a partir de los años ochenta como mariposas, en clara alusión a la “metamorfosis zoológica” que experimentó entonces el animalillo político de marras en las nuevas circunstancias del país, no siempre acogida de buena gana por las instancias de poder.
Ahora el gusano es otro: ha modificado de manera sustancial su naturaleza a los ojos de él mismo y de su entorno social pues, piense como piense, disienta con energía o no, apenas le interesa exiliarse, sino, por el contrario, viajar normalmente y regresar con uno o más gusanos cargados de objetos domésticos y artículos de uso personal para familiares y amigos, dispuesto a venderlos en suelo patrio con tal de obtener jugosos dividendos y forjarse un nuevo modo de vida acorde con las pequeñas reformas económicas recientes que permiten ahora, luego de demasiados años de prohibiciones, establecer negocios privados de muy variada estirpe.

El gusano ahora es un ser emprendedor, práctico, tolerante, hábil, incluso exitoso, capaz de animarse a participar en actividades insólitas mientras permanece en el extranjero, tratar de entender otras realidades, confrontarlas en su interior con las de su entorno inmediato, no alinearse con ninguna otra causa que no sea la del bienestar suyo y el de su familia. Es un ente nuevo, no un hombre nuevo, resultado de lo local y su inteligente imbricación con lo global, que se mueve a sus anchas en un mundo complejo y atiborrado de controles aduanales y migratorios, regulaciones comerciales, impuestos, restricciones de movimiento: una versión posmoderna de El Buscón de Quevedo, del archiconocido buscavidas incapaz de amilanarse ante cualquier obstáculo.
Esa realidad es la que Nadal Antelmo construye con su cámara primero, y luego con el uso de softwares en su laboratorio seco y casero. Fotografiado él mismo dentro de una de esas bolsas de equipaje o gusano, en posición vertical, construye fotomontajes en los que posa como eje central, como protagonista a partir de fotografías suyas realizadas en variados escenarios contemporáneos: la sala de espera de un aeropuerto en Alemania, la marcha de los indignados por Madrid, una depauperada calle habanera, la compleja y violenta periferia de una megaurbe brasilera, un gigantesco depósito de material reciclado, el interior de un vagón de metro parisino, una manifestación política por el Primero de Mayo, el lujoso interior de una oficina ejecutiva, los cuales revelan el don de ubicuidad de este nuevo personaje contemporáneo, al parecer uno de los sobrevivientes más eficaces que existen, desde el punto de vista económico, en períodos turbulentos como los que vivimos hoy.
A Nadal Antelmo no le preocupa el legitimado y sacralizado instante decisivo, así como tampoco el entretejido de luces y sombras propio de una tradición fotográfica de algo más de 150 años: sus obras son una extraña mezcla de paisaje y retrato, construidas sobre la base de vivencias personales y otras sacadas de la realidad circundante, potenciadas hasta la sobrevaloración en la Cuba de hoy. Con el pretexto del consumo, el artista tensa las cuerdas sociales y políticas que vibran en los más disímiles escenarios contemporáneos, ya que esa mentalidad consumista se extiende por todo el planeta y no hace distingos: en algunos casos crea, incluso, adicción, como la telefonía celular.
La fotografía digital deviene así un pretexto para armar un discurso que tiene cimientos poderosos de sociología y antropología, más que de cualquier otra disciplina humanista o estética actual. Y un componente autobiográfico intenso porque su propia experiencia le lleva cada día a vivir situaciones nada imaginarias sino violentamente reales por dondequiera que se las mire. Él ha sido, y tal vez todavía lo sea, un hombre que lucha por la vida como muchos otros, aunque con una cuota modesta de refinamiento y elegancia, educación y cultura, pero un “luchador” al fin y al cabo, en momentos tan cruciales e inquietantes para cualquier grupo humano y sociedad en estos comienzos de un siglo que nadie se atreve a imaginar cómo concluirá.
El cinismo que permea una discreta zona del arte cubano contemporáneo es, en el caso de estas imágenes exhibidas, solapado, latente, semioculto, velado tras una ligera niebla de realismo y naturalismo que ningún otro artista ha asumido así, como asunto o problemática central de sus discursos. No le interesa explicitarlo, hacerlo demasiado visible a los ojos de nadie: todos sabemos de qué tratan esas imágenes que no requieren muchas explicaciones, por no decir ninguna. Las composiciones o encuadres no colman sus expectativas estéticas, pues se halla más interesado en lo que dice y no tanto en cómo lo dice, aunque se palpan con facilidad la forma y los recursos que emplea.
Este aspecto relanza nuevamente el concepto de democratización de la imagen, tan llevado y traído por expertos de todas las latitudes. Nadal Antelmo parece decirnos que nosotros todos podemos construir estas imágenes en la confortable quietud del hogar sin más instrumento que una PC o laptop, luego de haber manejado hábilmente una sencilla cámara digital: todo está en dejarse atrapar por la seducción de una idea, manejarnos con eficacia en la articulación de procesos reales y mentales que dimensionan y remodelan constantemente nuestras vidas.
En su exposición participaron amigos en la construcción de ese capítulo del imaginario social que planea sobre la realidad cubana, como nunca antes había ocurrido: actuaron de modelos con el correspondiente gusano como vestuario en imágenes de grupo. Estas, volviendo al núcleo central de la exposición, son el fruto de un momento muy específico, el resultado de un corte racional en la cartografía de una sociedad en plena mutación. Tienen mucho, eso sí, de reportaje, sólo que no a la manera tradicional a la que estamos habituados: de ahí su carácter testimonial, documental en extremo, que bien pudiera asombrar a los que lidian con los términos en su genealogía.
El paradójico sentido testimonial de estas imágenes construidas por Nadal Antelmo es único en la fotografía cubana contemporánea: se trata, pues, de otro tipo de testimonio alejado de la épica, de la verosimilitud a la que nos acostumbramos durante años, del eficaz y manido registro objetivo. Es la verdad de las mentiras a la que tan magníficamente alude Vargas Llosa en sus ensayos sobre literatura: la ficción como ejemplar documento para entender la historia, lo que fuimos, lo que somos.
De este modo, esta fotografía construida echa por tierra barreras al parecer infranqueables durante años, desborda sus propios territorios y los de otras expresiones en el plano conceptual, elimina obstáculos para un cuestionamiento de lo fotográfico desde la fotografía, aun cuando éste no haya sido el propósito fundamental de la serie Historia de un gusano. Nadal Antelmo se inscribe en esta ocasión dentro de algunos de los confines y espacios del periodismo visual, en el cual ya había incursionado, de un modo u otro, en su serie Estética x genética y TV Play (2009) o Mi propia historia (2003), a pesar de que en éstas realizaba intervenciones manuales en cada fotografía, ya fuera para colocar textos u otras marcas encima de ellas. Al mismo tiempo, persiguiendo esta línea discursiva desde muy al comienzo de su trayectoria artística, ha descubierto y construido su propio lenguaje, donde códigos, morfemas y sintagmas adquieren significados diversos como componentes de un sistema mayor.
NELSON HERRERA YSLA
