Con todo su sentido ético y político, Proyecto ADN de Máximo Corvalán-Pincheira (1973) es primeramente una experiencia inmersiva, que juega con el impacto visual y la belleza. La estrategia ha sido a propósito: dotar a la instalación de un poder de seducción que compita con la dimensión del espectáculo. Y lo que uno encuentra al sumergirse es efectivamente una experiencia ficticia y provocadora, pero también cercana al horror.
Al transitar por la Estación Quinta Normal del Metro de Santiago, junto a las boleterías, un sonido de agua nos conduce a una galería donde se abre una escena plagada de objetos escultóricos luminosos suspendidos sobre una gran pileta con agua. El espacio conecta la explanada del tren subterráneo con el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, que se levanta al otro lado de la calzada en calle Matucana. Bajo un zumbido sutil, la intervención parece de pronto un enjambre de insectos retorciéndose, libélulas o moléculas flotando en el aire, representaciones del ADN o artilugios de un experimento de ciencia ficción. Son cuerpos y por sus venas corren hilos de agua que caen incesantes. Son huesos atados con cables, atravesados por tubos fluorescentes y circuitos eléctricos; ensamblajes de restos de animales o humanos. Los esqueletos se reflejan en el agua. Las formas se replican fantasmales.

La artesanía del autor juega con una estética low tech y con efectos que generan tensión constante. Agua y electricidad, lo orgánico con lo tecnológico, la luz y la sombra, una sensación de paz y al mismo tiempo de peligro inminente. Todo es también un trabajo con la precariedad y el espectáculo, con lo bello y lo siniestro. Proyecto ADN nos conduce a un territorio en suspensión, donde se tejen diversas narraciones a partir de la imagen del ADN y los alcances que tienen las últimas investigaciones para la ciencia, la visualidad contemporánea, la experiencia de lo real o la construcción de historia.
Basta pensar cómo el análisis nuclear del ADN ha sido clave en los procesos de identificación de cuerpos tras desastres tremendos y de gran poder simbólico, como la caída de las Torres Gemelas en Nueva York (2001) o el accidente del Casa 212 chileno en el archipiélago Juan Fernández, donde murieron sus 21 pasajeros, incluyendo a personalidades de la televisión, la cultura y la política local. En Chile estos adelantos han sido vanguardia, pero apuntando sobre todo a otro hecho brutal, que Corvalán-Pincheira conecta con la propia historia: la muerte y desaparición de detenidos políticos en dictadura. El artista es hijo de Ricardo Pincheira, médico y asesor del Presidente Salvador Allende, detenido en el Palacio La Moneda el 11 de septiembre de 1973 durante el Golpe de Estado. En 1994 se le notificó que los restos habían sido encontrados en el Patio 29 del Cementerio General de Santiago. Sin embargo, algunos testimonios daban fe de otros hechos: su padre había sido fusilado y dinamitado en el regimiento de Tacna. Recién en 2006 y gracias a las pruebas de ADN sobre unos fragmentos encontrados en una fosa, se pudo confirmar su identidad. Lo paradójico es cómo proceden estos análisis: con la pulverización total de la pieza. La desaparición definitiva.
La obra del artista siempre se ha desarrollado en proceso, en relación con la historia reciente de Chile, con la autobiografía y con los espacios donde se levanta. En el Museo de la Memoria cobra una presencia solemne y sobrecogedora, que puede relacionarse al recorrido museal, por una colección de fotografías, documentos, videos y objetos dedicada a la historia de la violación a los derechos humanos en dictadura y a la lucha por su defensa. Justo los días de apertura de la obra –en julio– el museo era tema mediático. Magdalena Krebs, de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam), cuestionaba la eficacia pedagógica de la institución al excluir el contexto que propició tales hechos. La directora relativizaba el horror intrínseco de una serie de acciones sistemáticas de ocultamiento y exterminio, bajo la idea de que todo fue consecuencia de procesos de país. Diversas voces se levantaron en esta coyuntura. La obra de Corvalán-Pincheira fue –sin quererlo– una respuesta desde la otra orilla.
Proyecto ADN puede hablarnos de situaciones de desastre, tortura, de la dictadura en Chile, de la necesidad de repensar la historia y cuestionar el poder de quienes la escriben. Pero si atendemos al peso de su superficie, a la poesía feroz, la puesta en escena puede ser un memorial al padre desaparecido, una reconstitución de cuerpos o de moléculas suspendidas, un monumento al genoma humano. En el aparataje, la ficción nos enfrenta justamente con lo real, con lo que está por acontecer: un cortocircuito en esta cadena perfecta o la pérdida del cuerpo, que no es lo mismo que el silencio, la ausencia o la pérdida de la memoria.
