El que la discreta y elegante instalación de Marc Latamie en la serie For Rent de la Americas Society se presentara en el histórico edificio McKim, Mead and White resultó más que apropiado. En este sitio, construido sólo unos años antes de la prohibición casi internacional del ajenjo en 1914, podría haberse llevado a cabo fácilmente, según el artista, un debate pagano de arte con “[…] un mínimo de demostración y [un] máximo de reflexión”. Sin embargo, este tipo de salón en la Nueva York de comienzos del siglo XX probablemente no habría estado incentivado por la fée verte [el hada verde] o ajenjo, que sirvió de musa virtual para esta instalación.
Marc Latamie, junto con las curadoras Christina de León y Theodora Doulamis, en primer lugar, construyó un ambiente que materializó los complejos conceptos que ligan a la nación caribeña de Martinica con Francia. Además, la yuxtaposición de los objetos de la instalación obligaba al espectador a explorar la idea de la identidad martinicana, es decir, aquellas cosas que separan a la isla totalmente de Francia y de su historia. Quizás lo que quedó más claro es que mientras que Francia es parte de la historia de Martinica, la historia de Martinica no es francesa.

Con la fée verte había en realidad tres musas femeninas: la absenta o ajenjo (que fue llevada a Martinica por los franceses), Lumina Sophie y Ady Fidelin. La herbácea bebida se encontraba por toda la instalación, haciendo presencia en las tres galerías; Marie-Philomène Roptus, conocida como Lumina Sophie, fue una activista durante la insurgencia de 1870 en Martinica y se ha convertido en una verdadera heroína nacional; y Adrienne “Ady” Fidelin, de Guadalupe, fue la amante, musa y modelo de Man Ray, que llegó a ser una figura omnipresente en el escenario artístico parisino. Todas ellas se resumían quizás mejor en Antillaise (1941), un pastel raras veces visto de André Masson que representa a Martica en la impactante figura de una mujer. Masson y André Breton visitaron la isla en 1941 y esa visita les dejó una impresión duradera.
El reto de esta exposición fue conectar los objetos y secciones en apariencia dispares y entender el punto de vista del artista y el propósito fundamental de la muestra. Sin un conocimiento razonablemente sólido de la historia de Martinica y su relación primaria como un Département d’outre-mer o Departamento de ultramar de Francia, el típico visitante de galería estará en desventaja. Como la información de texto es escasa, la aproximación más efectiva era leer el minucioso folleto/volante disponible en las galerías, un proceso que, sin duda, valía la pena.
La primera galería, Le Salon (de) Surprise, estaba dedicada a Lumina Sophie, que fue encarcelada y condenada bajo el nombre Lumina Sophie Surprise. Allí quedaba claro el poder de Martinica –y otros territorios franceses exotizados– para cautivar la mente y las convicciones de los franceses. Una pequeña selección de impresiones, dibujos y fotografías, todos de colecciones privadas, demostraba en forma gráfica esta atracción, que motivó a Man Ray a aprender creole y a intentar hacer retratos. Como no existe una imagen de Lumina Sophie, Latamie trasladó a Ady, de manera convincente, la representación de una mujer caribeña fuerte, inteligente y hermosa.
La segunda y principal galería era de lejos, de inmediato, la más llamativa y desconcertante. Un pequeño modelo alegórico de madera que, al igual que san Sebastián martirizado, estaba perforado por tubos de cobre dialogaba con nueve representaciones de tamaño humano, en acero inoxidable, de los malic molds de Duchamp como se vieron en su Large Glass. Al parecer, estas figuras se habían reunido con el fin de contemplar de manera furtiva la esencia de ajenjo que daba vueltas dentro de la destilería y respaldaba la idea del secreto de la vida en un estilizado árbol de la vida. En esta galería central estaba plasmado uno de los principios estéticos de Latamie, como lo expresó en el folleto: “Obviamente, tenía a Marcel Duchamp en mente, lo que sucede con mucha frecuencia cuando miro el arte. No sólo cuando examino mis propias piezas sino que, por lo general, la forma en que me aproximo al arte es con 'el mínimo de demostración y el máximo de reflexión'”. La idea de deseo llenaba el salón.
Esa reflexión estética era algo que podía llevarse a cabo en la tercera galería, el Salón de la Absenta. Allí, en un pastiche de una sala del siglo XIX, el artista invitaba a los espectadores a sentarse y reflexionar sobre el contenido de las primeras dos galerías. Para ayudar en ese proceso Latamie incluyó dos obras anteriores en madera, plata y vidrio. Cada una de esas cajas (estuches) podía verse como una especie de kit de un consumidor de absenta. Pero en realidad estas cajas, diseñadas y elaboradas a la perfección, adquirían la forma de un relicario, con los restos de la idea de los franceses en Martinica.
CLAYTON KIRKING
