Nacida en Milán (1924), abandonó Italia y se radicó en Montevideo; que abandonó a su turno, para residir en Buenos Aires y São Paulo, y en Europa y EE. UU., antes de su vuelta a Montevideo. Peregrinaje obligado al huir, junto a sus padres, al inicio mismo del Holocausto, y escapar con su marido y sus hijos de la dictadura militar uruguaya.
Al cabo de los años, esta condición nómade de la artista se ha evidenciado como nuclear en su repertorio iconográfico: su permanente peregrinación, levantando campamento, guardando su pasado (al que debe resignar, aun contra su voluntad) en precarios envoltorios, armándolos y desarmándolos, una y otra vez; por lo que no es de extrañar que cajas y valijas sean dos de los temas centrales de sus pinturas.
En pocas palabras, la obra de Linda Kohen acompañó su nomadismo (asunto que vuelve a tener una actualidad insoslayable en esta era de globalización).

Una mirada femenina
Cajas, valijas, camas. A través de estos temas, las pinturas de Kohen nos transmiten una dimensión cualitativa femenina de ese permanente desarraigo. Profunda y angustiada, sus pinturas ejercitan una angustia propia de un expresionismo atemperado por los años transcurridos como integrante del Taller Torres García, donde recibió las enseñanzas de Gurvich, Alpuy y Augusto Torres.
Artista alejada de toda espectacularidad, maneja precisos y deliberadamente limitados recursos plásticos. Su obra se despliega en torno a los espacios vivenciales en los que alternó y los objetos de la vida diaria que la rodearon. La mayoría de sus cuadros son pintados con austeridad en el uso del color: una paleta baja de ocres, grises, blancos. En la mayor parte de su obra, el color es una tonalidad que recorre la totalidad del cuadro (no se aferra a los objetos porque son una tentación sedentaria). Asimismo, pese a ser hija de la generación informalista, que al privilegiar el mundo de lo orgánico cubre la superficie de sus lienzos con pinceladas de denso empaste, configurando una suerte de topografías matéricas, Kohen ve la materia en clave abstracta y recurre mínimamente a las texturas. La paleta baja, austera, y la falta de textura la emparientan con la pintura de Morandi. Y, al igual que para el boloñés, también para ella “menos es más”.

“La pintura es cosa mental”
De modo que desnudez y esencialidad definen su arte. La artista busca configurar plásticamente formas despojadas de toda contingencia, pues la suya es una pintura mental. Linda Kohen siempre pintó a partir de la memoria para llegar a la configuración de las formas y los objetos representados. A la artista no le preocupa la verosimilitud sino los valores plásticos como el color, la composición y la construcción. Aquí se advierte que, junto a Amalia Nieto y Elsa Andrada, representa la vertiente femenina del Taller Torres García.
Es así que la casi totalidad de los objetos de Kohen son abstracciones, pues les sustrae todo lo anecdótico, aquello que no es constitutivo de su forma, y los convierte en pura imagen. De haber sido coetáneo, De Chirico los habría definido –tal como lo hiciera para Morandi– como “la metafísica de los objetos más comunes”, pues el artista ve (y nos muestra) lo que a nosotros nos parece muerto “en su aspecto eterno”. Sin embargo, para Morandi los objetos de sus naturalezas muertas son los protagonistas, mientras que para Kohen se volatilizan.
A lo largo de su extensa trayectoria sobresale su propuesta de invitarnos a recorrer un mundo que luce como íntimo, privado. Los corredores, las puertas –cerradas o entreabiertas–, las ventanas, las escaleras, las placas de las casas que ha habitado; los interiores y los muebles familiares: la cama deshecha, los sofás, la mesa servida sin comensales, valijas con viejas cartas o fotografías familiares, butacas vacías, y cajas, multiplicidad de cajas, esos misteriosos archivadores. En suma, la organización del espacio del hogar. El mundo privativo de la mujer, caracterizado por el intimismo. (Pero los archivadores también pueden presentar huellas enigmáticas del mundo público interfiriendo el espacio del hogar, en especial en las sociedades represivas, donde simbolizan la intrusión en el ámbito de la vida personal pues almacenan la información relativa a las vidas privadas que son vigiladas).
Ello da pie a que su incursión en la intimidad bien pueda ser confundida con subjetivismo, ya que, en algunos cuadros, la artista pareciera mirarse a sí misma mientras está acostada (De pie es uno de sus cuadros más notables), come, pinta o trabaja. Sin embargo ni sus retratos ni sus autorretratos apuntan a una indagación introspectiva psicológica sino que constituyen un pretexto para explorar los valores plásticos. Kohen muestra los objetos, pero se oculta en cuanto sujeto.

La fragua del fragmento
Cuando el hombre fue representado por primera vez, como en las cuevas neolíticas del desierto del Sahara, aparece de cuerpo entero con una proyección cinestésica. Por entonces su destino dependía de la agilidad de sus piernas y de la habilidad de sus manos, de sus órganos sexuales y de su parentesco con los animales. En cambio, Linda Kohen, ya sea en sus retratos o en sus autorretratos, representa el cuerpo de sus personajes de manera fragmentaria inscribiéndose en la estética del fragmento surgida en la historia del arte como consecuencia de la fragmentación de la sociedad y de los valores, así como en una concepción fragmentaria del individuo, propias de la época y la prédica modernistas.
Esta fragmentación es fotográfica. El retrato, antes de la fotografía, procuraba captar la unidad de los diferentes momentos de una persona. La fotografía, por el contrario, atrapa un momento y un encuadre en concreto. Los retratos de Kohen arrastran algo de esta sensibilidad fotográfica instantánea. Y puede encontrar sus referentes en la escultura de Rodin y las pinturas de Schiele y de Philip Guston.
Mientras que Vuillard arroja una mirada a la vida privada de sus personajes, Kohen propone escenarios de personajes ausentes. Muestra el mundo detrás de las puertas cerradas, el mundo privado en el que vivimos, pero que no nos es dado ver como espectadores. Las escenas domésticas de Kohen están impregnadas de una atmósfera tal vez inquietante, reflejo de las incertidumbres que pautan el siglo XXI.
Linda Kohen pinta el espacio alrededor de su cuerpo, así como puertas y ventanas, esos diafragmas del espacio. Y cuando apela a la perspectiva, en Corredor simetría (1998) acudirá a una perspectiva acelerada, como la del puente de El grito, de Munch. Aquí Kohen consuma un expresionismo minimalista.

Senderos que se bifurcan
La artista escribió: “pinto en series; he pintado las horas de mis días, […] mi persona, mi casa, retratos, gente, la soledad de los hombres [...]”. Series que articulan su mundo bajo nombres tales como Soledades; Cajas; El Peñasco; La valija que contiene cartas de familia; Interiores; La Cama; etcétera.
La serie Valijas (1985). Cerradas o abiertas hablan de arraigo y desarraigo. Valijas traídas de Italia, por ella y sus padres, como muchos inmigrantes/emigrantes de otrora y ahora. Mientan la necesidad de adaptar sus características más identificatorias (cultura, religión, lengua); no obstante, los espacios son genéricos, minimalistas. En el arte uruguayo es necesario establecer un paralelismo entre el acercamiento a este tema por Hilda López, con una pintura más trágica, de prefijo social, y por Linda Kohen, cuya obra, si bien remite a circunstancias familiares, una vez más privilegia lo pictórico, alcanzando inusuales alturas de calidad.
La serie Cajas (1987). Cajas que se insertan en una tradición que en Uruguay puede remontarse a Torres García. Kohen pinta estos objetos banales de la sociedad de consumo. Cajas de cartón, de archivo o embalaje, apiladas o en desorden, cerradas o abiertas, enteras o en fragmentos (debido a los primeros planos fotográficos de su composición), carentes de rótulos, cultivan el consistente misterio de viejos archivos de olvidados cronicones, fotografías desvaídas, cartas, recortes de prensa, facturas de hoteles y documentos. El pasado a la orden.

De torres y rascacielos
La serie El Peñasco (1991) recuerda los muros y ventanas de su casa en Punta del Este. “La casa –según Bachelard– es primeramente un objeto de fuerte geometría. […] Está hecha de sólidos bien tallados… Domina la línea recta… Un tal objeto geométrico debería resistir a metáforas que acogen el cuerpo humano, el alma humana…”. Pero El Peñasco es una casa con aliento de torre, y las torres, se sabe, las medievales y los actuales rascacielos, de São Paulo y Nueva York, son emblemas de poder, familiar antes, y del dominio monopólico ahora. En estos cuadros de Linda Kohen cuentan las figuras macizas de sus muros, de estructuras geométricas, reducidas a planos esenciales, y pintadas con paleta alta, restallante, carentes de figuras humanas, con un mínimo entorno paisajístico reducido a planos esenciales, en los que resuena la pintura del Giotto (una de las telas de esta serie lleva por título explícito Giotto).
Las torres se levantan por encima de las demás, y eso les facilita una actitud vigilante. Desde las alturas de El Peñasco puede otearse la vecina ciudad de San Carlos, ciudad huérfana de árboles, y ésa es la visión que tiene de las calles y casas que pinta en su serie San Carlos (1991). Linda Kohen encontró en ese lugar el equivalente a Horta de Ebro para los primeros cuadros cubistas de Braque y Picasso. Del cubismo al minimalismo hay apenas un paso.
Las casas tienen una connotación familiar, y el mobiliario define su carácter y el lugar que ocupa en la sociedad. La mesa donde come, por ejemplo: La mesa está puesta presenta una mesa (las ha hecho cuadradas y rectangulares) sin comensales, solitaria; exhibe un plato y una copa sobre un gran mantel de un blanco rutilante. ¿Alusión a la mesa familiar, así como a los modales en la mesa, los modos de cocinar y de comer?

Las ciudades con nombre
En la serie El hombre en la ciudad, Linda Kohen descerraja una mirada sobre las megalópolis: São Paulo o Nueva York, tanto da; sobre la arquitectura y los hombres.
Estos cuadros pueden remitirnos a la nostalgia de las ciudades romanas que transmitió Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles. O pudieran anticiparse al estupendo libro La ciudad genérica de Rem Koolhaas, en cuyo acápite se lee: “La Ciudad Genérica es todo lo que queda de lo que solía ser ciudad. La Ciudad Genérica es la post-ciudad que se está preparando en el emplazamiento de la ex-ciudad”.
La serie Los ejecutivos propone escenas protagonizadas por funcionarios ejecutivos, quizá de empresas multinacionales, esa nueva nomenklatura; por ejemplo, una cena en un restaurante desierto (en correspondencia con los EE. UU. de hoy, casi al borde del default y con una Europa en crisis), con multitud de butacas vacías. El juego abstracto de la bolsa capitalista. La ominosa presencia de la elocuente ausencia.
Una autobiografía pictórica
La obra de Linda Kohen, en su conjunto, tiene algo de cuaderno de bitácora en el que ha consignado sus memorias, esa materia de la que está hecho el arte para devolverle vida al olvido. “¿Qué región del olvido vuelve ahora?”, podríamos preguntarnos. El choque que produciría recuperarlo todo sería tan destructor –escribió Walter Benjamin– que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia.
La recuperación del objeto es el tema y título del último libro de Torres García. Kohen sigue los pasos del maestro: recupera los objetos, convertidos en huellas, trazas, vestigios, patinados por el paso del tiempo, “porque no puede escapar a la fatalidad de la memoria”.
El lenguaje plástico de Kohen, cerrado en si mismo, es de índole realista, pero de un realismo preñado de un atisbo metafísico que emerge del (aparente) quietismo minimalista de sus pinturas. Su pintura no ofrece más ni menos que la presencia como una realidad plástica. Empero, sus pinturas ocultan más de lo que muestran. “El misterio es lo que mueve mi trabajo. O sea, quiero y me importa –confesó la artista– que en mi pintura cuente especialmente lo que no está, lo que uno imagina, o intuye o presiente, o lo que inquieta y trata de entender: el misterio de nuestra vida, del universo,… de la vida”. Intentar descubrir el fondo de su misterio es el desafío con el cual Linda Kohen interpela al espectador.
ÁNGEL KALENBERG
Crítico de arte. Integra el Consejo Rector del IVAM. Director del Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo entre 1969 y 2007.

