Aún puedo, cerrando los ojos, oler la frescura verde-azul claro de ese lugar encantado llamado Inhotim. Sí, Inhotim, esta palabra que en el circuito de la plástica actual es sinónimo de abundancia y que al ser pronunciada por un habitante de esta geografía lejana, justo en el corazón de Brasil, parece música.
Inhotim es la colección de arte contemporáneo de Bernardo Paz, el magnate brasileño de la minería. Como toda colección, esta parte de excentricidades que la vuelven única. La particularidad de la colección radica en que se ha creado con la conciencia de habitar la hacienda del coleccionista, un espacio bien retirado de centros urbanos radicales, de difícil acceso para quien quiera visitarla, pero paso obligado para los que se precian de coleccionar experiencias en centros de arte alrededor del mundo; sin duda, éste es también uno de sus mayores encantos. Inhotim está ubicada en el municipio de Brumadinho, a 60 kilómetros al sur de Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais; una tierra de Sérton1, que en el siglo XIX fue un caserío que sirvió de plaza para asentamientos mineros. El origen del nombre no se relaciona con nada en particular, más bien obedece a un vocablo derivado de un apodo: “Senhor Tim”, como se llamó al patrono de ese entonces, un inglés de nombre Timothy. Con el tiempo pasó a ser “Nhô Tim” o “Inhô Tim”; las tierras de Inhotim; origen singular para un espacio que hoy por hoy se ha vuelto el sitio de peregrinación más excelso y apremiante para los agentes del arte contemporáneo de todas las latitudes.
A finales de los años noventa el señor Paz tomó la decisión de comenzar una empresa quijotesca: convertir su ya importante colección de arte contemporáneo en una institución de corte cultural, que fue abierta al público de forma paulatina a partir de 2006. Paz, quien es el actual dueño de la tierra de “Senhor Tim”, es un hombre blanco de 61 años de edad; tiene una figura que claramente lo podría hacer encarnar a Zeus en una versión latina de Furia de titanes, cosa a la que quizá le debe su apodo: “el emperador de Inhotim”, tal como aparece en el especial “Américas” del 9 de marzo de este año en The New York Times2. Su visión fue convertir un árido lugar en un oasis de arte. Han pasado ya dos años después de haber visitado el oasis creado, y no dejo de recrear en mi recuerdo el espejismo que significa lo que encontré en la tierra de este emperador contemporáneo.


En 2004 se conformó el cuerpo responsable de dar orden a las ideas para concretar un proyecto único en el amplio sentido del término. Tres curadores fueron contratados para lidiar con la colección, los artistas, los galeristas y, claro, lo más importante: el coleccionista. Este grupo se integró con el norteamericano Allan Schwartzman (líder del grupo), el alemán Jochen Volz y el curador local, Rodrigo Moura. La decisión de esta tríada, según los documentos publicados desde el complejo cultural, tiene que ver con los alcances de imbricación del arte brasileño con el arte universal, donde los nombres más relevantes del arte contemporáneo desde 1960 tuvieron un escenario en el que sin reparos ni ahorros pudieron desplegar toda su magnificencia. Otro de los atractivos de este espacio, y quizá uno de sus más grandes contras, es la aparente carencia de límites o techos presupuestales para alcanzar en las tierras del señor Tim, o del señor Paz, en lo que a la inversión en curso se refiere.
En la entrevista concedida al rotativo neoyorquino, Paz dejó claro dónde se encontraba su real interés. “Yo no me considero apasionado por el arte. Pero los jardines, eso es lo que me gusta”, declaró. Inhotim es realmente un centro botánico único, tratado como un jardín imperial, donde se combinan topografías de lagos con cantones orgánicos de vegetación endémica, de una saturación amazónica a la altura de los más exquisitos jardines realizados a través de los tiempos. Un parque botánico, con una colección exuberante, que supera las 1.400 especies de palmas, lo que la constituye en la más grande del mundo, y que preserva otras especies notables del patrimonio universal. La organicidad estética del lugar partió de los planos del también artista plástico Roberto Burle Marx (1909–1994); padre del paisajismo moderno latinoamericano y uno de los más grandes arquitectos verdes del planeta, quien visitó en 1984 la propiedad para hacer coincidir sus proyectos con las posibilidades geográficas del lugar. El jardín es Inhotim, la pieza maestra e inigualable de esta colección, donde el coleccionista es el artífice al mismo tiempo, asunto que reafirma uno de los postulados mayores del coleccionismo: “coleccionar es crear”. La propiedad que recrea este mito contemporáneo actualmente cuenta con 5.000 hectáreas.
Había escuchado formalmente de este lugar en 2009. Fue en una charla donde se encontraba la artista colombiana Doris Salcedo, quien para calificarlo estableció un paralelo entre Inhotim y el Dia: Beacon, de donde –para no entrar en detalles– la colección norteamericana no salió muy bien librada. Desde entonces, y con cierto conocimiento sobre el Dia:Beacon, comoquiera que me declaro admirador incondicional de las políticas culturales de este espacio –sobre cualquier otra colección de arte privada o no que haya yo conocido–, se me sembró la obsesión de visitar “el lugar más importante que nunca antes se había proyectado para el arte contemporáneo”, tal como lo dejó saber Salcedo en aquel entonces. Quizá la única semejanza entre Inhotim y el Dia: Beacon es que son colecciones de arte majestuosas ubicadas fuera de centros urbanos de poder, con la diferencia de que al Dia se puede llegar muy fácilmente desde Nueva York, y que en Inhotim se comisionan piezas directas a los artistas para el lugar. Es de anotar que Inhotim alberga en su colección una de las piezas más ambiciosas de la artista colombiana; se trata de Neither, una instalación de sitio específico, donde rejas troqueladas con repeticiones de rombos verticales se encuentran incrustadas en el drywall que recubre a manera de piel la edificación en su interior, generando un juego visual inquietante, que lanza preguntas sobre la manera como nos relacionamos con nuestro prójimo. Esta obra suscitó, a su vez, un sitio específico dentro de la colección para su instalación, tras ser adquirida por los curadores de la institución a la galería White Cube de Londres, después de su primera y única presentación comercial en 2004. Para lograrlo, Doris Salcedo debió trabajar con la arquitecta Paula Zasnicoff Cardoso, la misma que trabajó con el artista Matthew Barney en otro de los mega proyectos de la colección.

La obra de Salcedo se reprodujo tal y como la artista lo indicó a partir de la primera instalación. Sin dejar escapar ningún detalle, esta obra en su conjunto parece haber sido teletransportada desde Londres hasta la hacienda del señor Paz. Saliendo del centro de la propiedad, justo de uno de los restaurantes cinco tenedores que presta servicio en el complejo, la pieza se encuentra ubicada en una ladera que remata el camino que a su vez bordea uno de los lagos de la hacienda. A la izquierda, en el fondo se alcanza a ver uno de los primeros pabellones, que fue construido para la instalación True rouge del artista Tunga, de 1997. Las construcciones son majestuosas y guardan las proporciones necesarias para que cada obra se perciba más que cómoda, como en casa. El silencio silvestre es elocuente y se acentúa aun más entre los formatos faraónicos de las construcciones en cuestión, que recuerdan al Taj Mahal o a Halicarnaso y su mausoleo. Tal vez esto tenga que ver con la aseveración del señor Paz, al pretender que éste sea un espacio para la trascendencia. “This is a Project to last 1,000 years”, declaró bíblicamente en la entrevista al Times.
Las diecisiete galerías o pabellones son el énfasis en lo que a la museografía de arte se refiere; a éstas hay que sumar las veinticuatro obras emplazadas a campo abierto, no necesariamente fijas, como es el caso de Troca-troca (2002) de Jarbas Lopes, obra interactiva que se vale de tres Volkswagen, con la cual se hace perifoneo de activación cultural en los entornos de Inhotim. El acervo en total comprende más de quinientas obras de un centenar de artistas de treinta nacionalidades. Según declaró el señor Paz, este complejo tiene espacio para unas dos mil obras más, lo que complementará en un futuro cercano con la construcción de un anfiteatro con una capacidad para albergar cómodamente a unas 15.000 personas, dotación hotelera, e incluso la construcción de viviendas tipo loft, para aquellos que quieran ir a vivir la experiencia de ser parte de una colección de gran escala.
La estética predominante en Inhotim es clínica; domina una asepsia extrema, aun tratándose de un espacio rural. El orden recuerda el postulado católico que dice que el trabajo del hombre consiste en el dominio de la naturaleza para su beneficio. Es un ambiente de control absoluto, absurdo. Sin embargo, este principio contrasta con lo rizomático de los múltiples recorridos posibles. Se puede ir a donde se quiera, con excepción del camino que conduce a la residencia del señor Paz; de resto, todo el conjunto se puede recorrer libremente. La extensión del parque es importante y debe ser considerada a la hora de planear un viaje de visita, ya que no basta con un día para recorrer todos los edificios construidos, que hasta el momento suman diecisiete galerías, entre espacios para muestras colectivas e individuales.

No cabría hacer en esta crónica una relatoría pormenorizada de las piezas de la colección según su valor estético, comercial, o su significación singular. El grupo de obras, en primera instancia, es claramente una selección notable del arte brasilero, donde resalta la presencia de HélioOiticica, Tunga y Cildo Meireles. En lo internacional resulta fascinante encontrar una obra de Matthew Barney sumergida en la selva, donde un tractor deforestador sostiene un dummy de un árbol hecho en resina de poliéster blanco, tomado en molde del original; un árbol que fue arrancado del suelo con este mismo tractor y paseado por Salvador de Bahía en una acción performática de Barney, patrocinada por el señor Paz tiempo atrás; el Sonic Pavillon (2009) de Doug Aitken, una rotonda de vidrio polarizado que permite escuchar el sonido de la tierra; un agujero justo en el centro de la construcción trae las voces sumergidas 200 metros bajo la superficie; o Olafur Eliasson, tan lejos de casa, en una construcción icosaédrica que recuerda los iglúes esquimales; en el interior una fuente de agua es congelada por el disparo de un strober. A todas éstas, lo que más me resultó complejo de entender fue la dimensión exacta manejada por los artistas, teniendo en cuenta que el límite se da en la aparente carencia de límites. La pregunta no da espera: ¿Hasta dónde un artista se puede contener en la planificación de una obra comisionada para sitio específico, si los recursos parecen no tener fin, para no entrar en desmanes o crear un monstruo de sus más perniciosos anhelos? ¿Quién es finalmente el artista reflejado en estos inquietantes “mausoleos”? ¿Cómo van a ser leídos este espacio y estas obras pasados los 1.000 años que menciona el señor Paz?
La colección en cuestión es extremadamente heterogénea y versa sobre dos grandes cuerpos taxonómicos: arte y plantas. La cohesión temática y formal está determinada, en la mayoría de los casos, por la relación de las obras con el ambiente natural, reafirmación de que lo realmente imperante es el entorno natural domesticado; en suma, se trata de un jardín botánico tematizado por arte contemporáneo. La selección de artistas y obras trata de equilibrar la participación de los locales con los internacionales. Aunque la presencia de artistas brasileros es definitivamente mayor que la de los foráneos.

El lugar es ciertamente excesivo en todos los frentes, si se quiere, desmedido. La belleza que encierra puede alcanzar la lógica de lo monstruoso. Toni Negri define la belleza como un principio de “excedencia de ser”3, donde esta excedencia siempre está en equilibrio con lo soportable, primero por el ser de la res, es decir, por la esencia de la cosa bella, y luego, soportable para los que nos relacionamos con la cosa catalogada como bella. Lo plausible a todas éstas resulta ser la conciencia social que cobija el proyecto en toda su dimensión existencial, asunto presente en los programas que apuntan a la intermediación cultural con los públicos, con especial enfoque en la población adyacente al complejo cultural. El complejo es conocido hoy como Inhotim–Instituto de Arte Contemporáneo y Jardín Botánico. Dentro de sus líneas de acción, la más relevante es la llamada “Inclusión y ciudadanía” que vela por el desarrollo de la región, y que es acompañada por el frente “Educativo”, donde se define la agenda programática en términos académicos, con proyección a la comunidad y a los visitantes en general. Con una operación anual de 60 a 70 millones de dólares, provenientes casi en su totalidad de las compañías del señor Paz, Inhotim emplea a unas 1.000 personas, entre técnicos, biólogos, jardineros, agentes de arte, mediadores y, cómo no, agentes de contracción. En 2011 se reportaron alrededor de 250.000 visitantes, cifra nada despreciable, si tenemos en cuenta lo alejado del lugar de centros urbanos densamente poblados. El ingreso por persona es de 20 dólares los miércoles y jueves, 28 dólares de viernes a domingo y festivos. Los niños menores de seis años no pagan. Los martes el ingreso es gratuito. Lo anterior denota un sistema preocupado por la autosostenibilidad, aunque claramente con las entradas nunca bastaría para igualar los gastos de mantenimiento en que debe incurrir la organización. Las obras producidas en y para Inhotim plantean retos de conservación sin precedentes. El tiempo de la colección está a un lado de la balanza, y al otro lado están los costes de mantenimiento de obras y del paisajismo, lo que implica un músculo financiero muy bien ejercitado y de largo aliento. No logro ni imaginar qué sería de este lugar sin los recursos con los que actualmente cuenta para mantener lo hasta ahora logrado. Quizá una ruina contemporánea digna de su espectro pasado.
Ahora, Inhotim es una institución que ha asumido la responsabilidad de su presente y de su presencia en un entorno que otrora fue un lugar marginal de la geografía brasileña. Éste es precisamente el asunto que hace la diferencia entre una colección privada sólo para el disfrute de su coleccionista y una colección abierta al público: la responsabilidad frente a los derechos de los que han hecho posible este mito de la sociedad contemporánea. Éste es finalmente el gran reto de una institución que replanteó el sentido del nombre Inhotim, un lugar forjado por las memorias de los mineros de antaño y la vida de sus familias. Cabe anotar que toda colección nace de un capricho, y que en sí mismo otro capricho podría hacer que esta intención termine. Aquí no hay paso atrás; cuando una colección se abre al público, es responsabilidad de todos los implicados velar porque este legado se mantenga activo y contando su historia.
NOTAS
1. El sertón consiste principalmente en colinas semiáridas de poca altura que forman parte del Planalto Brasileiro. La mayor parte del sertão está entre 200 y 500 metros sobre el nivel del mar, y son bastante complejas de manejar en términos agropecuarios.
2.http://www.nytimes.com/2012/03/10/world/americas/bernardo-pazs-inhotim-is-vast-garden-of-art.html
3. Toni Negri, Arte y Multitudo. Carta sobre la belleza. Ed. Trota, 2000.
* Todas las fotos son de la Colección Inhotim Brasil, cortesía Instituto Inhotim, Brasil.
ÓSCAR ROLDÁN ALZATE
Curador y politólogo.

