En una misma galería, dos momentos de la producción de un autor: los años setenta y el año 2011, con algunos puntos de conexión de los ochenta y noventa. Calidad de gabinete, obra de colección, íntima, a la vez que abarcadoramente latinoamericana, sin dejar de ser propiamente argentina. Horacio Zabala es uno de los artistas que ha desarrollado una vertiente peculiar del arte conceptual. Para quien no conoce su obra, la exposición ofrece un intenso recorrido subliminal del contexto político argentino de los años sesenta y setenta. Es necesario ampliar el espectro de información y establecer conexiones de vida. ¿Por qué usar aquí el vocablo “vida”? Porque el arte y la vida son inseparables. Porque en Argentina –donde nació el arquitecto Zabala– las décadas mencionadas fueron trágicas; los gobiernos militares se encargaron de consolidar el término “desaparecidos” –por sólo tomar la denominación general de las inhumanas acciones ejercidas–. Es fundamentalmente a través del arte conceptual que la imagen no es de narrativa directa sino “entre líneas”. La opresión social ejercida trasciende y revierte en imágenes consecuentes; la percepción se detiene menos en la imagen en sí para incentivar la reflexión más allá de la superficie. Es necesario entender que son pensamientos ligados a claves de vida. La exposición refiere esto a través de la presencia en Nueva York de este artista singular que formó parte del Grupo de los Trece, asociados en torno al CAYC. Artistas, arquitectos y organizadores que trabajaban de manera individual y colectiva, encabezados por Jorge Glusberg, quien fundó el CAYC (Centro de Arte y Comunicación).

Predominan las obras en papel –a lápiz, tinta, acrílico y pastel oleoso–; hay tres construcciones tridimensionales, que articulan el espacio y ratifican la conceptualización autoral. Mientras que transparenta el arquitecto detrás del artista, en la unidad modular, el papel cuadriculado, el cuidado tratamiento de cada trabajo, y hasta la tipografía manuscrita de Horacio Zabala. En el conjunto de dieciocho obras expuestas, hay piezas claves de los setenta –Art is a jail–, y hay que advertir la importancia de algunos de los trabajos recientes que expanden el lenguaje autoral sin buscar refugio en la repetición ni en lo ajeno. Corresponde mencionar la habitual pertinente selección y museografía de Henrique Faría. En la galería hay un alto paño arquitectónico entre la recepción y uno de los espacios, que suele recibir una obra distintiva. Se señala aquí porque hay mucha gente que lo pasa por alto; siendo una ubicación original, crea un silencio bachiano, y es un incentivo para quienes dicen que ya no tienen lugar donde ubicar obra en su casa. De Horacio Zabala, ahí estaba Hipótesis XXV (2010), una obra de dimensiones variables resuelta en acrílico sobre tela restirada en madera, y unas secciones de madera esmaltada. La misma técnica y materiales del otro objeto de la misma serie, así como del otro políptico volumétrico titulado Seis libros, de 2011, con dimensiones no fijas. Esta sucesión de libros rojos y comas negras, los unos herméticamente cerrados, las otras sincopadamente ubicadas.
En los setenta, la era digital recién se estaba haciendo presente. Se escribía, dibujaba, anotaba sobre papel, se mandaban cartas, el video comenzaba a hacerse “ver”. Muchos de los artistas tenían un trabajo fijo –burocrático o profesional–, cuyo papel membretado, o foliado, solía ser usado en algunas de las series de dibujos que hacían. Las obras de los setenta están en una sala; son pequeñas, en su mayoría de varias hojas, polípticos de cuatro secciones. Una mirada abarcadora revela el predominio temático de mapas en lápiz, tinta y pintura acrílica, mapas impresos y quemados, textos manuscritos, con papel quemado. Si bien la mayoría son obras planas, algunas tienen ciertos relieves debidos al quemado y superposición, como en Seis imágenes del fragmento 30 (Argentina) III y en Combustión, ambas de 1973. Este díptico lleva el fragmento 30 de Heráclito manuscrito por el artista. También de ese período, está la obra Terra ignota, un políptico de tinta sobre papel, del mismo año, en el cual Zabala satura con grafismos dos de los cuatro mapas de América del Sur. El de la izquierda, inexistente, sostiene los datos, lleva un sello con el nombre del autor y evoca la ausencia, las muertes acaeciendo. Los otros tres ahogan, tapan, encierran, el bloque continental en el marco de las dictaduras que se despliegan. Desde el mundo de la censura propia de varias épocas y como situación recurrente, Le Monde censurado de 1983 y de 1996 y otros periódicos atienden a algo que con sólo mencionarlo, se entiende y lamentablemente se repite en diversas geografías. Con las páginas intervenidas de The Wall Street Journal, un periódico de inversiones y de extrema derecha, también se leen las sucesivas devaluaciones y las presiones sociales, otros de los sufrimientos latinoamericanos. Se cierra esta nota con un voto de confianza a los habitantes de estas historias que demuestran –como Horacio Zabala– la capacidad de resistencia y la entereza volcada en la creación.
