El arte contemporáneo ha reflejado el impacto de la informática e internet en nuestras vidas de una forma muy irregular. Muchos artistas, los menos colaborativos con el espectador, han querido aparentar una devoción y dominio de las nuevas tecnologías simplemente para satisfacer su obsesión por “estar a la última”. Otros han generado una discusión en torno a este nuevo paisaje cibernético estableciendo nuevas perspectivas, descubriendo posibilidades junto con el espectador. A medio camino entre ambas posturas se encuentra Gonzalo Mezza. El chileno se interesa más por los nuevos medios como concepto, como una metodología para interactuar con el que está al otro lado de la pantalla. Primero fue su inclinación hacia la desaparición de la materia, y en esa retórica encontró el espacio virtual como el hábitat natural más amable. Sin embargo, tras esa intencionalidad de retroalimentación con los internautas y ese estudio de las consecuencias de la tecnología no ha desarrollado una obra de la que se puedan extraer enriquecedoras conexiones, sino una forma de comunicación analógica reactualizada. 8 = ∞ The Virtual Museum Project es una selección de sus aventuras cibernéticas desde mediados de los años noventa. Dieciséis “cybergrabados”, como él los denomina, muestran piezas obtenidas en anteriores exposiciones, en las que proponía al espectador/usuario imágenes que éste podía manipular a su antojo. Libremente, cualquiera añadía o modificaba esa imagen y la devolvía al artista. De este modo, lo que se genera no es una discusión colectiva acerca de la modificación de la obra de arte a través de las nuevas vías comunicativas, ni tampoco la que presupongo es la misión última de Mezza, que es generar una alteración en el control de la información en las redes, sino un diálogo bidireccional en el que poco espacio real (o virtual) se deja a la supuesta libertad democrática de internet. Sus experiencias en los ochenta y noventa fueron muy enriquecedoras y adelantadas; sin embargo, en la actualidad quedan superadas por el torbellino de la inventiva tecnológica. Sus últimas exposiciones son muy similares y se limitan a recoger los frutos de sus investigaciones sin actualizar sus conceptos, cuando dichos conceptos están siendo actualizados online. La muestra, que no degenera en el caos y la disparidad en los que suele caer este tipo de exposiciones, se completa con proyecciones, material documental e información biográfica en la que se prioriza el currículum del artista (que no en vano es uno de los pocos valedores del arte digital en Chile) sobre la explicación de las obras, que quedan entonces relegadas al conocimiento previo del visitante, huérfano de asesoramiento. Curiosamente ese hiato argumentativo deja a Mezza, promulgador del arte “antimatérico”, como un expositor de objetos, de videos y de antiguos catálogos en una vitrina. El espectador no tiene herramientas para establecer conexiones con la obra ni indicios para atestiguar el proceso de realización de las obras seleccionadas. Este inconveniente se ve reforzado, pues en la obra de Mezza lo más interesante es el proceso de creación, no las producciones resultantes.

El museo virtual en el que trabaja Gonzalo Mezza una vez procesadas sus anteriores experiencias en video (junto con Antoni Muntadas) acumula información liberada en una dirección; humanizar la tecnología. Por ello, el cuerpo siempre está presente en las imágenes, ya sea a través de su recreación de la Venus clásica, o de íconos indígenas latinoamericanos. Las creaciones son generadas a través de la participación del usuario anónimo de diversas formas; por medio de teléfonos móviles (adelantándose en el tiempo; la aparición actual de los códigos cifrados), de la manipulación digital de imágenes preestablecidas y su devolución vía e-mail (atrasándose en el tiempo; las creaciones de arte postal elaboradas por los artistas conceptuales de los sesenta) o a través de la edición de videos que luego conforman murales públicos en movimiento. Los signos que acompañan la muestra son un desarrollo evolutivo de las primeras manifestaciones comunicativas, y por medio de ellos el artista relaciona el 8 (8 bits son un byte) y el símbolo del infinito, un “8 tumbado”. Así, concluye que vivimos un octavo arte, y a través de estas reflexiones bosqueja una filosofía basada en las nuevas redes de intercambio. En esta era de las pantallas el usuario es captado por la superficie plana; múltiples factores impiden asegurar si lo que hay detrás del espejo es el País de las Maravillas de Alicia, o la fantasmagórica dimensión que secuestra a Carol Anne en Poltergeist. Gonzalo Mezza nos propone herramientas para tener un mayor dominio de estas variables, aunque en esta ocasión de una forma críptica y enigmática. Reduciendo al posible usuario de su obra en un mero testigo.
JUAN JOSÉ SANTOS
