Exposición Individualsept 2012 - nov 2012· Por Alessandra Simões

Elizabeth Jobim

Lurixs Arte Contemporánea

La pintura de la artista carioca Elizabeth Jobim es el resultado del equilibrio entre la matriz constructivista de sus composiciones plásticas y la libertad poética. Al analizar su trabajo es pertinente mencionar hasta las más remotas discusiones sobre el sentido del arte constructivista, es decir, el arte pensado como construcción y no como representación. Si —desde las vanguardias— muchos artistas habían profundizado en innúmerables debates sobre el potencial significativo del arte constructivista, Elizabeth Jobim prueba una vez más que la más abstracta de todas las artes también es libre de ser interpretada en sus diferentes aspectos.

Es esto lo que mostró recientemente la exposición Mineral, en la Galería Lurixs Arte Contemporánea, en Río de Janeiro. La producción más reciente de la artista, compuesta por dípticos y trípticos, revela formas simplificadas, que remiten al formato tradicional de la tela y también a sólidos geométricos. Se trata de una ruptura puntual en la trayectoria de la artista, que en los últimos años se venía dedicando primordialmente a grandes paneles que circundaban las paredes de los espacios expositivos. A pesar del cambio, sus obras recientes siguen dialogando con el ambiente arquitectónico. Circunscritas a espacios más delimitados y con nuevos colores (con brillo satinado) afirman, además, un vínculo directo con asuntos constructivistas, como la ilusión de profundidad y la relación entre bidimensionalidad y tridimensionalidad.

Exposición Individual: Elizabeth Jobim — imagen 1
Elizabeth Jobim. Mineral, 2012. Óleo sobre tela. 200 x 420 x 18 cm. (78 ¾ x 165 1/5 x 7 pulgadas).

El trabajo de Elizabeth Jobim da continuidad al linaje tradicional concretista carioca, que surgió en Río de Janeiro como Grupo Frente, en la década de 1950, que se reafirma enseguida con el advenimiento del Neoconcretismo. Interpretar libremente el purismo más radical de las primeras manifestaciones constructivistas europeas era la esencia del trabajo de estos artistas cariocas, cuyas influencias estéticas se pueden ver en las generaciones posteriores, como es el caso de Elizabeth Jobim, que estudió, por ejemplo, con Aluisio Carvão (1920-2001), integrante del grupo Neoconcreto. Ella también pasó por el atelier de Eduardo Sued, quien acuñó el término “constructivismo dialéctico” para definir la singularidad de su propio trabajo.

Como Sued, Elizabeth Jobim buscó un desarrollo peculiar de sus orígenes constructivistas. Graduada en Comunicación Visual y con una maestría en Bellas Artes, también llegó a estudiar con Anna Bella Geiger, cuya postura intelectualizada debe haber influido en los rumbos de su arte. Las construcciones geométricas de Elizabeth Jobim siempre fueron más líricas y permeadas por matices, como los sobrantes de materia pictórica que escurren de las imágenes abstractas.

También se puede establecer una filiación de la artista con las Superficies moduladas de Lygia Clark (1920-1988), toda vez que las nociones de modulación y articulación están presentes en diversas series de Elizabeth Jobim. En trabajos realizados a principios de los años 2000, por ejemplo, utilizó fragmentos de dibujos permutables y, mediante el montaje, creó relaciones entre las formas que cambian cada vez que los trabajos son expuestos. Así, investiga asuntos esenciales del arte concretista, como las relaciones de la parte con el todo, y nociones de continuidad y discontinuidad.

Como todo artista constructivista, Elizabeth Jobim partió inicialmente de la tradición occidental figurativa. Y siempre utilizó reminiscencias de esta tradición, como hace constantemente al inspirarse en arreglos de piedras para hacer sus composiciones, cuyos trazos amplios e irregulares establecen contornos y sugieren volúmenes. Al final de la década de 1990, también realizó pinturas de pequeñas dimensiones, con base en obras del italiano Giorgio Morandi (1890-1964). El universo sereno de Morandi fue reconfigurado por la artista mediante pinceladas gestuales. Además, la naturaleza muerta siempre permaneció como un problema interno en sus creaciones, como muestran las imágenes de tubos de color en telas pintadas en la década de 1990, cuyos colores y texturas también recuerdan el universo pictórico de Morandi.

En las obras más recientes, como las expuestas en la galería Lurixs, Elizabeth Jobim circunscribe su trabajo al plano aproximado de la tela, casi bidimensional. Juega con volúmenes corpóreos al desplazar áreas de las telas. Así estimula al observador a relacionarse directamente con la obra. Cada cuadro pide un movimiento de alejamiento o de aproximación, de circulación en torno a sí. Es como si la tela se construyera delante de los ojos de cada espectador, de acuerdo con su movimiento corporal, lo cual confiere así un ritmo sensual al disfrute, incluso con la aparente sobriedad de la rigidez geométrica.

En las obras surgen grietas que dirigen la mirada hacia un fondo infinito, o también sombras que proyectan figuras geométricas inusitadas. Siempre hay una sugerencia ilusoria que hace dudar a la mirada sobre lo que es bidimensional o tridimensional, o mejor, sobre lo que es verdadero. Algunas formas parecen sugerir que la superficie misma de la obra es la pared. Elizabeth Jobim afirmó cierta vez que su trabajo “viene de ese momento de mirar las cosas, de cómo las vemos, pero también de cómo construimos nuestra visión mediante una especie de geometría que organiza nuestra percepción de la espacialidad de las cosas y del mundo”. De esta manera, la artista comprueba que el lenguaje geométrico es, ante todo, un campo abierto al experimento y la indagación.

ALESSANDRA SIMÕES

Elizabeth Jobim, por Alessandra Simões | artnexus