Carola Bravo

Geovacuigrafía III, 2001. Instalación con mármol, grafito, carboncillo sobre pared, guayas metálicas y acrílico sobre piso. 6 x 12 x 4 cm. (2 ¼ x 4 ¾ x 1 ½ pulgadas).

 sept 2012 - nov 2012· Por Freddy Carreño

Carola Bravo

Cartografías del espacio

La construcción del lenguaje bravano comenzó con el dibujo de cartografías, una particular recreación de la topografía que permite la interpretación articulada, y por tanto práctica, pero de algún modo también circunstancial, del territorio, del mundo que habitamos y que desde nuestra visión del trabajo de la artista ha buscado sensibilizar al espectador en torno a la comprensión de esa realidad.

Entre la presentación de obra creada por Carola Bravo para la V Bienal Nacional de Arte de Guayana, Museo de Arte Moderno Jesús Soto, 1998 (ocasión de mi primer encuentro con una realización suya), y su más reciente exposición en la Galería Fernando Zubillaga han transcurrido algo más de doce años. Un lapso temporal que puede ser revisado con intención cronológica, pero también percibido desde ópticas diferenciadas: como proceso histórico que marca una época o como el tiempo que media entre el surgimiento de una generación de creadores y su reconocimiento público.

En aquel entonces, más allá del interés motivado por la propuesta de Bravo, me conmovieron la intensidad del trabajo y su voluntad de hacer, que no pudo tener en aquellas circunstancias una forma expresiva más elocuente que la de estar instalada, un tanto a la manera michelangelesca, sobre un conjunto de andamios. Al dibujar las líneas de un territorio, dando sentido a una cartografía que hacía referencia a un lugar determinado, pero también al suceso de la plástica nacional en el que participaba.

A partir de entonces ha continuado mediando esa voluntad creativa entre las diversas exposiciones de la artista que he tenido la oportunidad de ver, muestras que han confirmado la razón del discurso inicial, pero, sobre todo, de ese decir plástico que de igual modo ha adquirido una nueva formalidad. Esta circunstancia evidencia la presencia de diversos intereses en su dinámica creadora y apunta al reconocimiento de otras estéticas; expresa, por tanto, la búsqueda de nuevos recursos conceptuales y formales. No obstante esa necesidad de lo nuevo, en su obra persiste la acción reflexiva en torno al concepto de lo espacial.

 : Carola Bravo — imagen 1
Territorio dislocado, 2001. Instalación con mármol, grafito, carboncillo sobre paredes, guayas metálicas y acrílico sobre piso. 4 x 4 x 4 m. (13 x 13 x 13 pies).

El espacio, que desde nuestra inmediatez cotidiana se extiende hasta lo infinito, ha existido desde siempre, desde antes de nuestra llegada a este mundo, y seguirá estando para el momento en que otra humanidad lo reconozca de nuevo. Y es ésa la condición necesaria para la comprensión de su singularidad: la presencia del hombre. Este concepto existe en la medida en que el ser humano lo define, lo construye en su mente como realidad, le da forma y sentido en su diario existir, y lo recrea a través de distintos discursos; es así como, asociados a él, han permanecido como constantes a través de los milenios dos de los haceres esenciales en el diario existir: la arquitectura y el arte.

La primera en su voluntad de recrearlo como ámbito fundamental para la vida, y el segundo como expresión, tal vez, del más evocador de los lenguajes, y ante la necesidad de descubrirlo como referencia para la creación. Pero por sobre todas esas consideraciones se ha mantenido como dominante el afán del hombre de reinventarlo en la medida en que lo conoce, lo explora y atisba su densa complejidad. En esa búsqueda permanente se halla Carola Bravo; la artista basa su trabajo en esa indagación para proponer nuevas percepciones del espacio –parte de lo cercano, de lo inmediato–, para descubrir las claves que dominan lo inconmensurable.

Así, la construcción del lenguaje bravano comenzó con el dibujo de cartografías, una particular recreación de la topografía que permite la interpretación articulada, y por tanto práctica, pero de algún modo también circunstancial, del territorio, del mundo que habitamos y que desde nuestra visión del trabajo de la artista ha buscado sensibilizar al espectador en torno a la comprensión de esa realidad. Una experiencia que ha cubierto los muros de museos, galerías y espacios alternativos con líneas sinuosas, envolventes y recurrentes, que igualmente ha intervenido aceras y calzadas con expresivos dibujos, siempre con el propósito de particularizar el suelo sobre el cual nos movemos. Propuesta que hace posible el reconocimiento, en esos trazos extendidos sobre variadas superficies, de la fuerza de la línea como valor, como forma, pero también como recorrido que señala una intención, a fin de cuentas, como mensaje.

 : Carola Bravo — imagen 2
Luna criolla, 2003. Esfera con grafito y tinta sobre mármol. Diámetro: 30 cm. (11 4/5 pulgadas).

Sin embargo, más allá de la voluntad comunicacional Bravo busca aclarar las interrogantes que esas líneas, como expresión de una idea, suscitan en el espectador desprevenido pero también en ella misma. Esta lectura de la obra de Carola Bravo nos permite identificar en su trabajo dos momentos o etapas diferenciados que continúan más allá de la forma; aunque este fraccionamiento interpretativo pueda parecer un tanto arbitrario: un primer tiempo de naturaleza expresiva y otro posterior de intención racionalista. Y desde lo expresamente visual, como un proceso continuado de complejización de la imagen con nuevas técnicas y recursos formales.

Ese espacio de las primeras realizaciones pierde en la nueva lectura la visibilidad de una superficie extendida y su carácter unitario, para hacerse fragmentario, circunstancial y disperso, y de igual modo denso y significativo. Respuestas que pueden tener soporte teórico en las discusiones en torno a la noción contemporánea de cultura y a los procesos de cambio que experimenta la sociedad global, entendidos ambos planteamientos desde la perspectiva deconstructivista.

En la serie  intervenidos con grafito y tinta, con la intención de valorar las líneas de la piedra que parecieran referir las irregularidades de la cambiante superficie terrestre. El vínculo entre las distintas piezas lo alcanza “ocupando” el recinto con líneas que fluyen sobre pisos y paredes, un recurso formal que articula lo espacial con sus dibujos sobre el mármol. En otras ocasiones el diseño de la instalación propone tridimensionalidades distintas, tal vez imaginarias, en las cuales las piezas y su particular variedad cartográfica configuran territorios que apenas se sugieren en el trazo de las líneas, pero que resultan sorprendentemente comprensibles desde la experiencia del espectador.

 : Carola Bravo — imagen 3
Estrías verticales, 2011. Instalación con grafito, carboncillo, y tinta sobre mármol y pared. 12 x 12 x 3 m. (40 x 40 x 10 pies).

Surgirán luego los Espacios dislocados, que marcan una profundización de las búsquedas anteriores, una suerte de regreso a intenciones suspendidas en el tiempo que en un determinado momento retoman el centro de interés de la artista. Este juicio resulta válido para algunas de sus series, como es el caso de las obras inspiradas en la luna, que ya se habían mostrado en 1999 en la exposición Pedazos de luna. Así, Bravo vuelve sobre el tema con las Series lunares, piezas que proponen el “reconocimiento” de una cartografía marcada por la presencia contundente, y a la vez sensible, de lo esférico, que desplaza la paradójica regularidad y planitud de las cartografías terrestres, una nueva formalidad que se apropia de su espacio creador dominando la escena. Aparecen entonces las Lunas criollas, Lunas criollas I y II, Terra-Luna, Mapas lunares y Lunas cuadradas. Conjunto en el que el lejano satélite, casi siempre presente en la nocturnidad de nuestro mundo, adquiere una presencia distinta, tan cercana que se hace accesible. Podemos reconocer entonces, en esas particulares piezas, la regularidad de sus cráteres y desiertos, así como la desmesurada soledad de ese astro sin vida.

Con Cartografías imprecisas, exposición realizada para la Casa Rómulo Gallegos, el CELARG de Caracas da inicio a una nueva etapa que orientará el trabajo de la artista hasta el tiempo presente; no se trató entonces de la articulación de una nueva formalidad, sino de una precisión en lo conceptual que da soporte a la obra. No obstante, el cambio más notable en la obra de Carola Bravo ocurrió hacia mediados de la pasada década, y se impone con la revalorización de lo geométrico, del hacer “constructivo”, como resultado de los cambios de la mirada, del interés de la artista en dar a conocer el trabajo que realiza. De esta etapa se pueden mencionar exposiciones importantes como Trazografías y Espacios mutantes.

Su más reciente exposición,  Registros intuitivos, Galería Fernando Zubillaga, en Caracas, nos muestra una obra que ha madurado desde la dimensión del concepto y, en consecuencia, se ha consolidado como hacer creativo. Un primer aspecto por destacar es la plasticidad que ha adquirido ese lenguaje que es intuitivo en su origen pero que se hace racional en la forma, que es profundamente sensible como respuesta a una comprensión del entorno y que, sin embargo, controla las emociones, a fin de propiciar la intención reflexiva, la complacencia estética que va más allá de la formalidad.

 : Carola Bravo — imagen 4
Estrías de canto, 2011. Instalación con grafito, carboncillo y tinta sobre mármol. 3 x 1 m. (9 4/5 x 3 1/5 pies).

La muestra la integran tres series que la artista denomina Estrías, un conjunto de piezas de mármol intervenidas con grafito, carbón y tinta. El grupo resulta de distintas situaciones relacionadas con ella, con su experiencia personal, con sus búsquedas de lo artístico. Pero también se suma a todo el proceso reflexivo y constructivo de la obra otro aspecto de interés que tiene que ver con la dinámica del medio, con lo que ocurre en el escenario cultural del país, de manera particular, con la visión de esa generación de artistas a la que pertenece Carola Bravo y que podríamos denominar, sin mayor intención, como posmoderna. En todo caso, se trata de ese grupo de jóvenes creadores que descubre un tiempo sin igual de nuestra historia artística, a partir de la revisión crítica de un período fundamental en la historia del país, particularmente especial para el contexto cultural, como lo fueron las décadas de los años cincuenta y sesenta, etapa ganada para la reflexión, el análisis y la creación; igualmente, período de errores, conflictos y pérdidas. Época sobre la que enfocan su interés estos artistas, y de la cual surgen nombres importantes como el de Carlos Raúl Villanueva, y otros igualmente sobresalientes como los de Alejandro Otero, Armando Barrios, Carlos González Bogen o Jesús Soto. Desde ese tiempo de interés, Bravo se plantea otro tema de estudio en su trabajo, asunto que se hace presente en la muestra para la Galería de Zubillaga: un encuentro con los coloritmos de Otero, pensado, analizado y convertido después en imágenes, en obras de arte.

Resulta innegable el vínculo formal entre las obras presentadas por Bravo y aquel emblemático conjunto realizado por el líder de los Disidentes entre mediados de los cincuenta y comienzos de los sesenta, y, sin embargo, son muy distintas. Respecto a esta búsqueda la artista comentó: “Me interesaba sobre todo el ritmo que se crea con los coloritmos, así como el espacio y la profundidad que se puede lograr. Es decir, esos distintos planos que se pueden generar gracias al dibujo básico y a la pared”. No obstante, son distintas no sólo por la materialidad que impone un valor sino también por el mismo acto creador, y finalmente por el resultado que es el objeto estético, que deviene, en el caso de Bravo, por la ausencia del color y la combinación de lo que el elemento natural aporta, sumado a la intervención de la autora que transforma esas formas en un hecho artístico. Y a pesar de ello, tan cercanas en el proceso perceptivo de un espacio que se hace profundo a partir del fenómeno vibratorio.

La crítica especializada ha caracterizado de diversas maneras la propuesta de Carola Bravo en la serie Estrías; para Sandra Pinardi, son pentagramas tectónicos; el poeta Rafael Castillo Zapata las reconoce como relatos de territorios. Mientras que Susana Benko las percibe como textos, grafías contenedoras de sentido que no pueden descifrarse. Apreciaciones diversas pero coincidentes todas en el reconocimiento de esa intención comunicadora que emana de las obras de la artista, con la potencia suficiente para estimular la sensibilidad del espectador, que es a fin de cuentas la razón de ser de la obra de arte.

 Carola Bravo, como arquitecta, crítica de arte, museóloga y docente universitaria, ha sido consecuente con su trabajo, perseverante en su intención de indagar en la complejidad del espacio con el propósito de desvelar algunos de sus secretos. Así mismo, se ha preocupado por demostrar que hacer arte es un propósito que se verifica en lo que se crea, en la forma que surge de la voluntad y el esfuerzo de cada quien cuando se trabaja por la consecución de un logro importante, pero, por sobre todo, su hacer es la verificación de que ese resultado es imagen de aquello en lo que se cree.

FREDDY CARREÑO

Arquitecto, investigador, curador y crítico de arte, miembro de AICA-Venezuela.

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