El mundo cabe en una concha. Es esto lo que revela el trabajo de la artista carioca Anna Bella Geiger, expresado emblemáticamente en una de sus obras más conmovedoras: una pequeña concha de mar donde se puede ver el mapamundi grabado en metal. La obra, titulada Sobre nácar (2003), está entre los trabajos más representativos de la artista, que con frecuencia recurre a la reproducción cartográfica para expresar conceptos como lugar, territorio, fronterizo y global.
Imposible no asociar la concha recreada por la artista con el pensamiento del filósofo francés Gaston Bachelard, para quien la concha es nido, el espacio de la soledad, la casa. Si el planeta tierra, planificado en la sistematización racional de un mapa, cabe en la inmensidad íntima de una concha, Anna Bella Geiger no hace apenas arte con sentido político. Su obra es visceralmente humana. Cuando se muestra explícitamente como ideológica, por medio de la representación de mapas que cuestionan las nociones de centro-periferia, ella toca a cada espectador en su más íntima subjetividad: nos hace preguntarnos quiénes somos y cuál es nuestro lugar como individuos en el juego frenético del poder geopolítico globalizado. Es el punto de vista de una artista latinoamericana.

Algunas de esas obras fueron recientemente mostradas en la exposición Ni más ni menos, en la galería Artur Fidalgo, en Río de Janeiro, con la curaduría de Fernando Cocchiarale. Geiger, que tiene actualmente 80 años de edad, participó en transformaciones puntuales en la Historia del Arte: el final del Modernismo, el Abstraccionismo de posguerra, el Arte Pop. Llegó al siglo XXI manteniéndose fiel a su proyecto poético, o mejor, “geopoético”, enfocado en la diversidad de técnicas y soportes. Su madurez revela que el arte y la vida no pueden ser objeto de análisis evolucionistas cartesianos. El “ir y venir” de la creación es un tiempo misterioso, avalado en su forma “constelar”, como explicó Cocchiarale respecto al sesgo curatorial para encadenar pinturas, fotomontajes, videos, papiros y mapas.
Toda la trayectoria de la artista se muestra coherentemente concatenada, como también se probó en una extensa retrospectiva realizada el año pasado en Río de Janeiro, llamada “Circa”. La exposición fue fruto del “Premio SESC Río de Fomento a la Cultura”, y la curaduría fue de la propia artista. En la muestra, las transformaciones de su trayectoria fueron siempre consonantes con los propios cuestionamientos de cada época y las idiosincrasias de Geiger como creadora y pensadora. Es posible comprobar en las obras de períodos anteriores —por ejemplo, las de los años 1960, hechas en grabado o pintura— la noción de “arte visceral”, definida por el crítico Mario Pedrosa.
En la década de 1970 esta organicidad se traduce en representaciones del cuerpo humano, utilizado también como mapa, y cuyas entrañas representan los ríos y fronteras de un mundo simbólico. El cuerpo entendido como un cuerpo político aparece en performances de los años 1970, tal como la registrada en una fotografía que muestra el molde dejado por un cuerpo acostado en la arena. El tema del cuerpo “ideologizado” también aparece en las constantes representaciones de orejas, como las que vigilan mapas o globos terrestres.
Anna Bella Geiger defiende al arte como un arquetipo, es decir, una representación simbólica del inconsciente colectivo. Probó esto hasta cuando produjo rupturas con la utilización de nuevas tecnologías, como video, fotografía y fotocopia. Sus propias teorías fundamentan la producción poética, ya que Geiger posee una sólida formación teórica (grado en Lengua y Literatura Anglogermanas, Historia del Arte, con Hannah Levy, en el Metropolitan Museum of Art [MET], y Sociología del Arte, en la Universidad de Nueva York). Así, la artista considera la postura experimental como el único camino posible para la creación estética. Este pensamiento la llevó a percibir, por ejemplo, el profundo agotamiento del abstraccionismo, cuyos códigos se fueron volviendo meros dogmas estilísticos. La propia artista también explica que es fundamental reflexionar y comprender el arte como “idea”, desmenuzar los motivos de su desgaste y de la pérdida de significados en las reglas o métodos hasta entonces considerados válidos.
Esta importante vertiente teórica de la artista aparece también en la constante presencia de la palabra en sus trabajos visuales. Al lado de representaciones figurativas, las frases, las palabras sueltas, los vocablos representan realidades muy objetivas: la guerra en la división de los poderes mundiales y el sometimiento cultural de los países marginados. En algunas obras hay un evidente recurrir a los moldes del humor de la corriente pop latinoamericana, manifiesto en la serie en que aparecen los escritos: Sobre Arte—Diga con nosotros: Burocracia.
Sin embargo, la artista va más allá del situacionismo latinoamericano para mostrar que las dominaciones geopolíticas son arquetipos que se repiten a lo largo de la secularización de la cultura. Prueba de esto es la frase “Aquí es el centro”, uno de sus clichés. Es el título de un fotograbado de 1974 que muestra una carretera que va al infinito, a la nada. Esta carretera sin fin es la representación de su teoría más importante: “hablar del mundo es una abstracción”, como explicó cierta vez la misma artista. Es desde este punto de vista como el mundo puede caber en una concha.
ALESSANDRA SIMÕES
