Ana Gallardo inició su desarrollo artístico a través de la pintura. Luego hubo un período sin obras. Más tarde comenzó la larga y continua serie de trabajos que forman el corpus de producción con el cual se la identifica hoy en día no sólo en Argentina, sino en Brasil, Ecuador, Nueva York, España, Francia, Inglaterra, pronto en Bélgica, entre otros. Difíciles de clasificar, sus obras suelen ser denominadas como ready-mades: aparatos de radio, sábanas, utensilios de cocina, ramos de perejil, sus propios muebles, sus pertenencias, videos, personas, historias. Todos son elementos de la vida cotidiana pero que ella no ha resignificado, sino a los que ha señalado de manera especial para potenciar el hondo sentido que han acumulado como parte de su propia existencia o la de otros, en tantos casos. Muchos de ellos han formado parte de su propia experiencia de vida personal, sentimental, íntima, familiar, comunitaria, que ella conduce al modo artístico. Se trata de un lenguaje que resulta difícil de manifestar en lo visible, porque se trata de deseos fervientes, de sueños con urgencia de ser cumplidos; la mayoría yacen casi en la inmaterialidad. En cada caso la artista se ajusta al recorrido, a las huellas, al diseño que cada situación dejó. Los objetos no son de necesidad ni de valor de uso, son objetos que surgen de una insaciable demanda de concreción de utopías.
Sicaria, su exposición en Ignacio Liprandi, estuvo compuesta por cuatro elementos principales: un gran dibujo en carbonilla, el retrato de una sicaria apuntando al espectador; un texto escrito y tallado por la misma artista en una pared; un video que registró parte del acompañamiento que la artista hizo a Estela, una exprostituta enferma y moribunda, en un geriátrico de la ciudad de México –se ven sus manos que la acarician amorosamente–; una libreta escrita con un relato autobiográfico y personal tomado de un relato que su padre le hizo.

Gallardo confiesa haber tenido la necesidad de volver al trabajo con materiales artísticos: la talla de las letras realizada con la herramienta adecuada, una por una en la pared, de las que en las fotografías resulta difícil percibir su grado de incisión dentro del muro y el trazo tembloroso de la tremenda urgencia. Un acto catártico para intentar exorcizar, a través de la identificación con la directora del geriátrico mexicano, la desidia, el abandono, la indiferencia, hacia los seres humanos que tenía a cargo. Más distante, la carbonilla sobre el gran papel, retrato de una sicaria, símbolo de la violencia que en el mundo actual ya no es sólo masculina.
De tener un proyecto de intercambio entre lúdico, terapéutico, liberador, con un grupo de ancianas, sólo le fue permitido hacerse cargo de Estela, que falleció a los pocos días de su estadía, después de haber registrado sus encuentros en un video precario. No se puede dejar de nombrar lo evidente: Ana Gallardo la ayudó en su última partida, una de las entregas más amorosas que se pueden dar entre seres humanos, papel que suelen tener las personas más allegadas. Antes de ese último momento la acarició con las mismas manos de artista con las cuales tenía deseo de “volver a la materia”.
En la última habitación del recorrido de la muestra hay sólo una silla con una pequeña libreta negra. Allí está escrito un corto relato autobiográfico, un relato que su padre le hizo sobre la vida sexual con su madre, mucho más que traumática. La poesía de él, la tristeza de ella, el desarraigo de ambos, la ignorancia. Un relato cuya sinceridad y transparencia al menos abisma a cualquier lector, porque además, todos podemos entrever la dificultad de la llegada de Ana Gallardo a su propia vida; pero así como eso está implícito, también lo está su incalculable comprensión.
La artista dice que para ella “la muestra no está cerrada”, y no lo está porque incita e invita imaginariamente no sólo a los espectadores a una toma de conciencia, sino hipotéticamente a los responsables de aquella institución mexicana, a los funcionarios de la salud, a los encargados de la educación en el mundo, a entrar y observar con otros ojos, los de la artista, una realidad con toda la potencialidad de su transformación.
Se solicita una mirada compasiva, es decir, ver con el corazón, con el sentimiento, para varias creencias, del padecer con. Pero para que esta mirada de muchos sea posible, la artista tuvo que realizar gestos previos, el del traslado a México, el de acompañar a Estela, o el de escuchar y asimilar el relato de su padre. Esos gestos no son simples señalamientos, son entregas, son sacrificios personales ofrecidos al mundo.
La cultura neocapitalista, que posiblemente está llegando a su fin, no tuvo en cuenta antiguos hábitos fundamentales de convivencia. Su olvido fue nefasto para la humanidad y también para el arte. La obra de Ana Gallardo está en la utopía que la artista propone. Una cara de la obra es visible, la otra es invisible. La sed de justicia que Gallardo reclama a través de sus obras, ella la intercepta a través de una monumental dosis de afecto, y eso es lo que posiblemente le otorga una forma a cada obra. Pues, además, sólo en un mundo que esté afectivamente más acompasado y consciente de sí mismo, se podrá volver a vislumbrar la belleza.
MERCEDES CASANEGRA
