Abriendo su programación bajo la nueva dirección de Paola Santoscoy, el Museo Experimental El Eco se inauguró con dos exposiciones individuales. Ambos son mexicanos y trabajan a su modo con la condición procesual de la obra de arte; las piezas comisionadas a Pablo Vargas Lugo (1968) y Miguel Monroy (1975) obligan al espectador a interrogarse sobre las posibles relaciones conceptuales y formales que anticipa su selección conjunta.
En el espacio principal de esta “escultura habitable” diseñada por Mathias Goertiz, Pablo Vargas Lugo comporta con lúcida sensibilidad su primera exposición a su regreso a México (después de tres años de vivir en Lima, Perú). La obra Intemperie corresponde a una secuencia de piezas-mandala en las que el artista ha utilizado la técnica meditativa-estética del trazo con arena devenida del budismo (aun cuando trabajada también antiguamente por culturas mesoamericanas con granos, semillas y pétalos). Su primer mandala (OPA, Guadalajara, 2007) confesaba su reciente pasión epistemológica por las configuraciones formales que la lucha de fuerzas en el desarrollo de las especies ha configurado sobre las alas de las mariposas. En esa instalación para sitio específico, Vargas Lugo extendía sobre su (des)materialización el registro visual de un ala de mariposa como si fuera un gigantesco (11 x 9 m) y delicado biomapa evolutivo cuya persistencia, tanto como su finitud, permaneciera inscrita en la consistencia y las condiciones de su propia materialidad.

En esta nueva intervención in situ creada para El Eco –retomando por tercera vez la seductora textura visual y sugerente temporalidad del mandala–, el artista decide atinadamente transferir la práctica del trazo con arena para crear una especie de “mandala incompleto” invocando una alfombra cuyos trazos refieren a un imaginario devenido del Medio Oriente. Replicando los motivos de alfombras ancestrales que en sus territorios de origen delimitaron el piso habitable de la morada nómada, o bien, el centro de reunión y acogimiento dentro de la casa; objetos de lujo importados con voracidad durante el fervor orientalista europeo del siglo XIX; hoy albergadas aún en las casas como un cierto estatuto de clase; está en los restos de este sucintamente narrado imaginario lo que Vargas Lugo captura al seleccionarlo como única “presencia” que habita la sala principal del museo.
Al acercarnos, notamos que una de las esquinas de la alfombra no sólo no ha sido “dibujada” sino que existe en un paulatino proceso de borrado por la acción –sutil pero insistente– del aire que la acaricia lateralmente. Entonces vemos que –interactuando con el espacio arquitectónico del museo de una manera más decisivamente “activa”– Vargas Lugo ha removido el gran vitral que conecta el espacio central con el patio interior, dejando en su lugar una cortina blanca de trazos enrejados negros (en referencia literal a la obra Senza titolo (1980) del artista italiano Gino Dominicis) que modula la acción del viento sobre la pieza como testigo implacable de su desvanecer.
Deshabilitándose de su propósito originario –el de la hospitalidad y su hacer morada–, Intemperie es una obra que delicadamente penetra y desnuda grano por grano problemáticas sociopolíticas humanitarias contemporáneas apremiantes: sea el rastro nacionalista frente al exilio obligado; el resto de hospitalidad (ya no) brindado a aquel cuya venida no se espera; o lo residuos de habitabilidad en el (des) territorializante empuje de la realidad contemporánea.

En la sala dispuesta en el segundo nivel del museo, la obra Canon del artista Miguel Monroy ofrece el registro en video de su intervención en sitio. Filmación seriada de acciones en las que se recurre a la idea del “eterno retorno” (concepción mítico–filosófica-metafórica que aboga por la afirmación de un tiempo cíclico –no lineal– como devenir de la historia de la humanidad).
Físicamente, la pieza de Monroy se constituye de un pasado ofrecido en ilusión idéntico a sí mismo; comprendido ahora en el pequeño espacio de una pantalla que, casi al fondo de la sala, funciona como registro espectral de una serie de acciones que antes de nosotros cohabitaron ese espacio desde donde las vemos.
Evidenciando los usos, negociaciones y tránsitos regulares del espacio de exposición, el video de Monroy ejercita la ilusión de trama repetida, como si visualmente superpuesta, en referencia al funcionamiento cíclico del tiempo y acontecer del hombre en sus acciones cotidianas, aparentemente intrascendentes en consecuencia. Los entretiempos coreográficos que Monroy consigue entre sus actores –estereotipando una gama de usuarios comunes de un museo– intervienen el mismo espacio que ahora ocupamos como memoria autómata saturada de eventos que pudieron haber-o-no-sucedido dentro en una temporalidad imprecisa que, sin embargo, pudiera reiniciar en cualquier momento incorporándonos de súbito en su enajenante dinámica.
Monroy ha dejado sobre el muro contrario a la pantalla de registro un rastro “ensuciado” (en la gestualidad de su historia) como único rastro físicamente comprobable (tangible) de las múltiples acciones que dieron cuerpo al pasado de ese presente que vemos-sin-haber-visto. Queda la mancha en registro de una ¿primera? intervención pintada y recubierta ad infinitum sobre esa otra pared que ahora nos observa, desnudado su desgaste a cambio del nuestro.
MARCELA QUIROZ
