Exposición Individualjun 2012 - ago 2012· Por Victoria Verlichak

Pablo Siquier

Centro Cultural Recoleta

A mediados de los años ochenta, Pablo Siquier (Buenos Aires, 1961) comenzó a exhibir pinturas trabajadas con la repetición y con imperfectas geometrías, que parecían elaboradas a partir del diseño y del ornamento en la arquitectura, quizá prefigurando las vertientes de la neoabstracción que se multiplicarían luego en la década del noventa en Buenos Aires. Más de 25 años después, Siquier es muy reconocido, incluso por su labor docente. Es también uno de los artistas que tiene mayor difusión gracias a sus murales en el espacio público, en distintos soportes, que aluden a lo arquitectónico y al tejido urbano; ¿o es que visualizan laberínticos circuitos del cerebro? Para Los Molinos Building –complejo de viviendas, locales comerciales y oficinas de Faena Properties–, en Puerto Madero, desarrolló piezas con perfiles de aluminio, montadas sobre una estructura liviana de acero, mientras que en el nuevo espacio del Centro Cultural San Martín (a la altura de Avenida Corrientes al 1.500) pintó un mural al óleo, y en el Sanatorio Güemes plasmó otro con un ploteo vinílico de corte.

Quizá el más transitado es 0908 (según la nomenclatura del artista, estos números significan que es la obra n° 8 del año 2009), mural cerámico instalado en 2009 en la nodal estación Carlos Pellegrini (debajo del Obelisco) del subterráneo. “Me alimento de arquitectura y a nada le pongo título”, señaló años atrás. Precisamente, la imagen de ese proyecto del subterráneo está desplegada en vinilo transferible, en 5 x 13 m, sobre una de las paredes de la gigantesca Sala Cronopios, y es una de las cinco piezas de gran tamaño que integran la completa aunque breve muestra, Siquier: murales e instalaciones. No es una retrospectiva a pesar de que, en un recorrido apretado y contundente, cuatro de las obras compendian su trayectoria, y la quinta y audaz pieza augura un nuevo camino.

Exposición Individual: Pablo Siquier — imagen 1
Pablo Siquier. 1201, 2012. Instalación en hierro, hierro trefilado; 300 x 950 x 400 cm. (118 x 374 x 157 ½ pulgadas).

Siquier: murales e instalaciones requiere un visitante moroso que camine entre las instalaciones, ambientaciones y murales, como el efímero dibujado en carbonilla sobre pared (5 x 7,5 m). Similar a la que presentó en las obras en la Bienal de São Paulo (2004), esta imagen traza una compleja trama que, a pesar de su espesor visual, tiene fecha de caducidad. Como negativo y positivo, el mural en vinilo y el de carbonilla comparten tanto el espacio, ya que se hallan uno frente a otro, como su destino final: están allí para ser borrados, levantados, cuando concluya la muestra. Entre ambas imágenes, perecederas pero resistentes, nacidas de la imaginación y, quizá, de la grilla y el mobiliario callejero de una ciudad tan atractiva como imposible (¿cómo lo es hoy Buenos Aires?), surge como en un sueño 1201, que señala a la primera obra realizada por el artista en 2012.

La asombrosa pieza 1201 es un dibujo construido con una estructura de metal que se eleva sobrio y exuberante (3 x 9,50 x 4 metros). Es un dibujo en 3D, cuyo armazón está compuesto con 70 módulos de hierro ensamblados, y entre cuyos perfiles de líneas rectas el observador puede desplazarse. Desde los intersticios por los que la obra lo habilita a circular, desde adentro del “dibujo 3D”, el visitante avizora el brillo de las luces cenitales y las sombras de los tubos con los que está hecho el esqueleto, y advierte los murales que lo flanquean a la distancia. Por su emplazamiento y su referencia presente y reseña de futuro, esta enmarañada, prolija y sorprendente armadura es medular; indica una relación distinta con el espacio y una continuación con lo inicial e iniciático de la práctica artística de Siquier: el dibujo (a mano, luego con programas de computación).

A los costados de la sala central de Cronopios se abren dos recintos más. En el de la izquierda, Siquier reeditó la instalación presentada en Galería Ruth Benzacar en 1995 y 2005, en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, en su consagratoria retrospectiva. Acá presentó el gigantesco relieve blanco, con frisos apilados en poliestireno expandido, que incluso juega con los brillos producidos sobre esta excesiva moldura: ¿es celebración o crítica del ornamento? En el salón de la derecha, el artista concretó una ambientación –pensada en 1987– con paredes en las que el color violeta oscuro predomina, compuesta de piso a techo por 5.000 maderitas de 20 a 30 cm cada una, pintada a mano con 50 puntitos de color, que parecen suspendidos en el espacio, tornándolo festivo.

Siquier es un constructor de atmósferas y de sensaciones cercanas a la libertad, antes que a la severidad de la matemática, aun cuando su obra es de rara perfección y alta precisión. En definitiva, estos cinco proyectos, “estos cinco dibujos en distintos soportes y formatos –tal como señala el curador Elio Kapszuk– son el origen, presente y futuro de un conjunto de obras que se encastran en el tiempo formando un engranaje que avanza en la misma medida en que vuelve a empezar”.

VICTORIA VERLICHAK

Pablo Siquier, por Victoria Verlichak | artnexus